CRÍTICA
Rubén
Corral
La tercera
película como director del excelente actor Sean Penn (las dos
anteriores son The Indian runner, de 1991,
y Crossing guard, de 1995)
parte, por primera vez en su trayectoria como
realizador, de un guión que no firma, y que se
basa en la novela del escritor suizo Friedrich
Dürrenmatt que ya viera una
primera adaptación cinematográfica en 1958 en
la coproducción hispano-suiza El
cebo, dirigida por Ladislao
Vajda y en cuyo guión
participara el propio autor del original. No
obstante, The pledge no es peor película
que su predecesora, arregla algunos de los
desaguisados que, a medio camino entre el
puritanismo europeo de la época y los regates a
la censura, se habían colado en aquel guión, y
desarrolla aspectos menos atrayentes para el
público de su época que en la actualidad cobran
mayor vigencia. En cierto modo, ambas películas
resultan complementarias y, si bien la
versión de Penn es decididamente más atractiva,
actual e introspectiva, la de Vajda es
una sólida, convincente muestra de ese cine
negro a la europea previo a las sacudidas de la Nouvelle
Vague francesa y que tanto se prodigó en la
industria del cine de evasión español.
En The
pledge el protagonismo absoluto corre
a cargo de un soberbio Jack
Nicholson con
opciones de lograr su duodécima candidatura al
Oscar. El protagonista de Chinatown encarna de
nuevo a un detective que, sólo por edad, se
encuentra abocado a la jubilación. Y hay que
dejar claro que sólo es por motivos de edad, ya
que su trabajo como policía es lo único que
tiene este Jerry Black que carece de pareja
sentimental y ninguna otra afición aparente más
allá de la de pescar. En la fiesta de su
despedida, Jerry, a modo de último colofón a su
carrera, se desplaza junto a sus compañeros al
lugar (un helado paraje de Minnesota) donde un
muchacho ha encontrado el cadáver despedazado de
una niña. El veterano policía es el escogido
para comunicar a los padres de la asesinada la
noticia, y ante su madre jura encontrar al
asesino de su hija. Aunque la policía halla
enseguida a un indio al que endosar el crimen,
Jerry, que comienza su retiro alargando sus
investigaciones, no queda convencido y prosigue
por su cuenta con sus pesquisas.
El
trabajo de Sean Penn tras las cámaras en The
pledge resulta convincente,
y aunque el ritmo de la película flojee en
algunos instantes, la óptica que el director
ofrece al espectador de los hechos que está
narrando es muy interesante. Sobretodo enriquece
el resultado final la labor interpretativa del
mejor Jack Nicholson visto en años (¿me
mirarán mal si digo que es su mejor trabajo?).
El actor también colaboró con Penn en la
versión definitiva del guión y la tarea de
asumir su personaje corrió paralela a la del
director en el momento de rodar un libreto ajeno.
El Jerry Black de Nicholson es una variante
enfermiza de buena parte de los personajes de Hawks, esos
hombres que, antes que nada, estaban
comprometidos con llevar a buen puerto sus
misiones, esos personajes que quedaban descritos
por sus objetivos. Así, Black se implica en
cuerpo y alma en su misión de atrapar a un
criminal en cuya existencia sólo él cree, hasta
el punto de hipotecar su propia nueva vida,
formada junto a una mujer, Lori (Robin
Wright Penn), maltratada por su ex marido, que
se instala con él junto a su hija, una niña que
cumple todos los requisitos para convertirla en
víctima propiciatoria ante el asesino. Black
utilizará a su propia hija adoptada como cebo
para tentar al criminal que persigue.
El
carácter casi religioso del trabajo de detective
de Jerry Black queda rápidamente explicitado por
la cámara de Penn en su fiesta de despedida, una
celebración que queda enfocada en segundo plano
tras la expresión de un Nicholson fuera de foco
que sólo se muestra nítido (definido) para el
espectador cuando observa que su jefe y otros de
sus compañeros abandonan los festejos por
motivos de trabajo. El director utiliza de este
modo un recurso fotográfico experimentado por Robert
Frank (de él afirma Penn haberlo tomado,
cuando menos) para definir, de un brochazo, lo
más importante del papel de Nicholson: una
obsesión por su trabajo que cristaliza en el
hecho de que lo que persiga Black no sea tanto
saber quién es el culpable (la presencia física
del verdadero asesino no tiene peso alguno en la
narración) como llegar al final de su misión,
saberse capaz de cumplir su juramento.
El guión firmado por Jerzy
Kromolowski se muestra
agradablemente complejo. De hecho, la
película circula durante un buen trecho de su
parte central mostrando el lado más positivo del
protagonista, pero en ningún momento evita
mostrar sus puntos débiles (como su afición por
el alcohol o su incapacidad para amar). De hecho,
casi todo lo bueno que le acontece con el paso
del tiempo parte de su obsesión por su promesa:
"adoptar" al cebo, Chrissy (la hija de
Lori), y lograr su cariño o compartir su lecho
con Lori. Sin embargo, aquéllo que para
cualquier persona serían hechos con una
indudable carga positiva, para un hombre como
Jerry, con el paso del tiempo, llegan a
provocarle nuevos desvelos. A su miedo a no ser
capaz de cumplir su juramento añade la
interiorización del miedo del padre por el
peligro que corre (o él cree que corre) Chrissy.
La implicación sentimental de Jerry provoca que
su obsesión por el cumplimiento de su juramento
sea todavía más enfermiza y compleja,
contradictoria, humana. Este punto lo aleja, por
ejemplo, de la versión de Vajda, en la que se
elude toda relación sentimental entre la madre y
el inspector.
Otro punto
en el que la película de Penn mejora la de Vajda
es en su desenlace, en el que cobra vital
importancia el proverbio que adjudica a Dios que
"la venganza es sólo mía" y en el que
se pueden encontrar unos amargos recodos de
frialdad que vienen al conjunto del film como
anillo al dedo.
Imágenes
de El juramento - Copyright © 2001 Franchise
Pictures, Warner Bros., Pledge Productions,
Morgan Creek Productions y Clyde Is Hungry
Productions. Todos los derechos reservados.
<<
Página
principal de El juramento
|