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Las Dos Torres

Crítica por Leandro Marques

La misma fascinación con lenguaje propio

  Una frase harto escuchada y acepta-da señala  que siempre, y sin dudas, el libro es infinitamente superior a la película que surge como su conse-cuencia. Algo extraño, por lo inusual, es capaz de lograr entonces esta se-gunda parte de "El señor de los ani-llos", subtitulada "Las dos torres", al-go que ya se había insinuado en la primera de las películas basadas en la novela de J.J.R. Tolkien pero quizás había quedado un poco neutralizado por ciertos aspectos  narrativos  introductorios obliga-dos para insertar en la historia a los espectadores no lectores de los libros. Lo cierto es que en esta oportunidad, "Las dos torres" consigue un hecho casi inédito pero al mismo tiempo no carente de cierta lógica: se concibe como una obra con autonomía propia, autosuficiente, capaz de sostenerse con sus propias fuerzas. Esto no quiere decir que cuenta una historia diferente a la de la novela original, sino que puede y está concebida de manera tal que la comparación obvia con los escritos de Tolkien queda relegada a una segunda instancia. La película de Jackson logra hacer entender que el cine, como discurso visual, forma parte de un lenguaje que no es el escrito, por más entrelazado que uno esté con el otro. En síntesis, el libro, maravilloso, inmortal, mágico, es una cosa. El film, como muy  pocas veces sucede, con sus propios recursos, se transforma en otra, igualmente mágica y maravillosa, probablemen-te también inmortal.

  La cinta se propone sumergir al es-pectador en una experiencia visual arrolladora. Desde los increíbles pai-sajes neozelandeses donde se desa-rrolla la historia, la impecable fotogra-fía, los impactantes efectos especia-les y de animación, hasta la configu-ración estética de cada plano, el trabajo de los realizadores, encabeza-do por el director –fanático de la trilo-gía de Tolkien– no deja de sorprender. Cada tramo de la película deja brotar una atmósfera de colores y esencias que sin duda atraviesa la pantalla, interpela al espectador y lo incluye en la travesía colosal que llevan a cabo sus protagonistas. Jack-son maneja con maestría las potencialidades de la imagen como lenguaje, y le saca el máximo provecho al suculento presupuesto que tenía a su disposición para iniciar el rodaje. Por eso, no esca-tima en el despliegue de toda la artillería disponible, material y creativa, para hacer visible y creíble el fascinante mundo que tan bien supieron describir las palabras del escritor británico. Los ojos no pueden pedir más: efectos de todo tipo y color, variados ángulos y disposición de la cámara, excelente banda de sonido para acom-pañar cada escena, diversidad de nuevos personajes, monstruosas batallas entre miles de guerreros. O sí, porque también hay lugar para lo que no se ve, texturas, esencias y fundamentalmente, una sensación, oscura, turbulenta, indefinida, que parece indicar que el mísmisimo Mal está rondando por los aires.

  "Las dos torres" es una película de búsquedas y desencuentros. Los per-sonajes principales están a lo largo de todo el film divididos en tres grupos, desde los cuales se proponen alcan-zar el mismo objetivo: mantener a res-guardo el anillo hasta su destrucción, y poder así asegurar el triunfo del Bien sobre el Mal. El gran protagonista, Frodo (Elijah Wood), guardián del anillo, marcha junto a su inseparable amigo Sam hacia las tene-brosas Puertas Negras de Mordor, los dominios del principal ene-migo, el Señor Sauron. Por su parte, el trío formado por Aragorn (Viggo Mortensen), el elfo Legolas y el enano Gimli, apoyado por la mística luminosidad del mago Gandalf (el gran Ian Mckellen) deberán sortear un sinfín de peligros en su travesía por Rohan, junto a Gondor uno de los últimos bastiones de la civilización humana resistente a los embates del malvado mago Saruman (Christopher Lee). Hacia allí los llevó la pista de los dos hobbits capturados, Merry y Pippin, que también tendrán bastantes aventuras que sor-tear para poder mantenerse con vida.

  Con estas tres historias paralelas pero a la vez conectadas entre sí, Jackson se encarga de otorgarle a la cinta un ritmo sumamente intenso y vertiginoso, que alterna consecu-tivamente lo que sucede en cada uno de los tres puntos de acción de la película. Pese a la vorágine in-terminable de personajes nuevos que se agregan a los conocidos, y de información necesaria para seguir el hilo de la trama, el director organiza muy bien cada secuencia de film y cuenta el relato con orden y elegancia. Siendo además la segunda de la trilogía, "Las dos torres" no deja nada concluido, su esencia es la dinámica, el viaje hacia un lugar todavía no definido, con resultado incierto; su motor, en tanto, son los lazos invisibles entre sus protagonistas, el amor que los une, la fuerza de su amistad, la idea de la esperanza, la idea de la oscuridad destructiva que en todos, y en cualquier momento, puede aparecerse. Todo esto, vale aclarar, queda ron-dando por el aire, no se impone desde la pantalla, y esa sutileza del director para querer decir algo tiene mucho de aquello que dejaban traslucir las páginas de la novela de Tolkien. No hace falta, igualmente, haber leído a Tolkien para ver y apreciar esta versión cinematográfica de "El señor de los anillos: Las dos torres". Éste es uno de los grandes méritos del realizador Jackson ("Criaturas celestiales"): concebir una obra en sí misma, que probablemente quede inmortalizada como la obra que le puso forma, color y con-tenido al mundo que supo concebir la mente del gran escritor.

 

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