
CRÍTICA por
Joaquín R. Fernández
Valoración:





Hay
viajes que nada más terminarlos nos provocan una extraña sensación de
nostalgia y abatimiento. Decenas de recuerdos se agolpan vívidos en
nuestras mentes, acompañados a su vez de múltiples sentimientos, bien sean
éstos de gozo o de pesadumbre, de esplendor o de agonía... Visionar una
película, al igual que leer un libro o incluso observar un cuadro, un
monumento o una fotogra-fía, también puede convertirse en una irrepetible
travesía. Eso es lo que precisamente nos ha sucedido a muchos con la
excelente tras-lación cinematográfica que ha hecho Peter Jackson del vasto
uni-verso de gentes, criaturas, localizaciones y culturas que un día
bro-taron de la imaginación de J. R. R. Tolkien, verdadero hacedor de la
mitología de "El Señor de los Anillos".
Pocos filmes habrán podido avivar en el espectador un cúmulo de emocio-nes
tan variadas como esta magna historia en la que un tenebroso mal amenaza
con extenderse sobre los dominios y las tierras de unas perso-nas que,
antaño, ya habían conocido el significado de la palabra «sufrimien-to». En
"El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo" asistimos a una
espléndida presentación de per-sonajes en la que el reinado de la paz se
iba derrumbando a cada paso que daban los protagonistas. Más que sus
hazañas y heroicidades, lo verdadera-mente importante era su mundo
interior, aquello que en realidad conformaba su ser. Gandalf, un guía
sabio y poderoso capaz de sa-crificar su vida para salvar una misión que,
en principio, parece con-denada al fracaso; Aragorn, un montaraz que ha de
afrontar un des-tino que lo une a los hombres como rey; Frodo, un pequeño
e insig-nificante hobbit que se convertirá en la última esperanza de la
Tierra Media; Sam, Merry y Pippin, indiscutibles representantes de la
sin-cera y generosa amistad; Gimli y Legolas, o un evidente ejemplo de
cómo individuos pertenecientes a distintas razas pueden respetarse
mutuamente una vez han dejado a un lado los prejuicios para cen-trarse
únicamente en aquello que los une; o Boromir, hijo de una tentación que
luego se convertirá en una desdicha para, finalmente, transformarse en una
necesaria redención.
"El
Señor de los Anillos: Las Dos Torres" continuaba profundizan-do en el
intimismo de sus personajes, presentando además como novedad la
incorporación de uno nuevo, Gollum, la encarnación vi-viente de la feroz
lucha que aún habrá de afrontar la disuelta comu-nidad. Un día, un simple
hobbit dejó que la codicia le hiciera olvidar su añeja alma, presentándose
en su mente una doble y esquizofré-nica personalidad que a muchos nos
abatió por la tragedía que escondía. Y además, padres que pierden a sus
hijos y lloran ante su tumba, mujeres recias e idealistas que desean
ayudar a su pue-blo, necios de palabras sibilinas pero astutamente
dirigidos por una inteligencia superior y hermanos que redimen los pecados
de su propia sangre se mezclaban con la épica de unas colosales bata-llas,
gestas de gloria que cantan el triunfo de la esperanza sobre la villanía.
Todo ello conformaba el tramo central de un inmenso relato en el que la
luz aún intentaba hacerse paso con desespero entre las tinieblas.
Ahora, la valentía y los esfuerzos de los hombres de bien se dirimen en
"El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey", el culmen de una trilogía
y, sin duda, su pieza más esperada. Peter Jackson fue muy astuto al
otorgarle a la anterior entrega de la saga el final que todos conocemos:
un triunfante Gollum consigue derrotar a Sméagol, convenciéndole de que
Ella se encar-gará de liquidar a los hobbits para que él pueda así
recuperar por fin su teso-ro. El espectador que no haya leído el libro de
Tolkien se habrá quedado in-trigado por semejante revelación, y sentirá
irrefrenables deseos de conocer cómo termina tan agitado periplo. Por
supuesto, entre aquellos que sí hemos disfrutado de sus palabras surgirán
voces encrespadas a causa de los supuestos atropellos que Jackson y sus
colaboradores hayan podido cometer contra la obra de tan ido-latrado
literato. Mas, ¿acaso no se respeta nuevamente el espíritu de "El Señor de
los Anillos" en este filme? Obviamente, sí. El len-guaje literario y el
cinematográfico pueden caminar parejos, cierto, pero a veces ello es
imposible, pues sus formas narrativas son en ocasiones muy diferentes. Sin
embargo, lo que ante todo percibo en esta brillante culminación de tan
admirable saga es la venera-ción y la admiración de un artista hacia otro
artista. Ciegos están los que no lo vean, y sordos los que no escuchen la
vibrante de-clamación que el director de "Criaturas Celestiales" ha hecho
de esta inmemorial historia.
"El
Señor de los Anillos: El Retorno del Rey" es una obra que no puede decirse
que sea mejor o peor que sus antecedentes, siendo en realidad un coherente
broche de oro de una trilogía que ahora podemos valorar en su conjunto y
no como admirables piezas de cine que han de separarse una de la otra. Al
igual que en los ante-riores filmes, sus responsables no han querido crear
únicamente un deslumbrante espectáculo de acción, sino que han cuidado el
guión con esmero, preocupándose de que los personajes tengan entidad y
profundizando en los lazos que los atan o los separan. Así, du-rante la
primera mitad del metraje Peter Jackson opta por tomarse su tiempo antes
de que dé comienzo la batalla de los Campos de Pelennor, mostrándonos
escenas tan portentosas como su breve introducción, aquella en la que se
nos narra cómo Sméagol se fue transformando poco a poco en el repulsivo
Gollum a causa del ma-léfico influjo del Anillo Único. Aparte, se
resuelven de forma enco-miable pasajes tan peliagudos como la decisión de
Arwen de no partir con los elfos hacia los mares o el caballeroso rechazo
de Aragorn hacia Éowyn, que ni siquiera puede declarar su amor a un hombre
por el que siente un hondo aprecio.
En medio, los paisajes de Nueva Zelanda vuelven a transformarse en
entusiastas actores de la película, al-go que se puede comprobar, por
ejemplo, cuando se enciende la llama de Minas Tirith que marca el
comien-zo de una serie de hogueras que lle-gan incluso hasta las tierras
de Ro-han, señal inequívoca de que Gondor desea la ayuda de sus antiguos
alia-dos. Antes, Gandalf y Pippin cabalgan por tan hermosa ciudadela,
mostrán-dosela al espectador en todo su es-plendor y conformando una de
las mu-chas delicias visuales que se reparten a lo largo del filme. El
drama prosigue con el encuentro de Gandalf con un abatido y solitario
De-nethor (atención a su morada, una espaciosa estancia en la que sólo lo
hallamos a él sentado en su aciago trono), quedando su ca-rácter
perfectamente definido cuando observamos su compulsivo yantar al tiempo
que escucha con indiferencia la triste canción de Pippin mientras su hijo
Faramir parte con sus hombres hacia Osgi-liath para complacer los
designios de su padre: recuperar la ciudad que ha sucumbido ante el poder
de los orcos.
Mientras tanto, Frodo y Sam, acompañados por el traicionero Go-llum,
prosiguen su peligrosa misión. Éste, que ya ha derrotado ple-namente a
Sméagol, usa todo tipo de artimañas para que Frodo desconfíe de su buen
amigo. Atentos a la secuencia en la que el portador del anillo reniega de
su fiel compañero de aventuras, viéndose Sam repudiado y humillado por sus
palabras (es precisa-mente en este momento cuando se produce una sublime
interpreta-ción de Sean Astin, arañando sus sinceras lágrimas el ánimo del
público, que presencia con un nudo en la garganta su terrible do-lor).
Una
vez llega la acción, ésta sobrepasa todo lo imaginado por el espectador,
que contempla extasiado el asedio al que se ve some-tido Minas Tirith. En
medio aún hay tiempo para el intimismo –Gan-dalf explicándole a Pippin
que, aunque hallen la muerte en ese lu-gar, hay algo que les reconfortará
más allá de este mundo terrenal, llenando así de júbilo el corazón del
mediano– o la tragedia –el comportamiento de un enloquecido Denethor–, mas
el ataque de los orcos a la ciudadela es asombroso, al igual que la
posterior lle-gada de los Eorlingas y su acometida contra las tropas de
Sauron, incluidos los gigantescos olifantes.
¿Qué
se puede decir del tenebroso escenario que ha de atravesar Frodo para
alcanzar las tierras de Mordor? La aparición de Ella nos causa una
indeseada congoja, un pánico y un terror indescriptibles que nos sumen en
la angustia. Peter Jackson le da aquí más de una lección a aquellos que no
cesan de pergeñar supuestas pelícu-las de terror que sólo producen
indiferencia y no perturbación. La oscuridad es la mayor aliada de tan
repugnante criatura, siendo sus movimientos ágiles y sus acometidas
rápidas e inesperadas.
La llegada de Aragorn, Gimli y Lego-las con inesperados refuerzos se
vi-sualiza con tal fervor que uno en ver-dad cree estar presenciando el
regre-so del auténtico soberano de Gondor. Mas Sauron posee un temible Ojo
que no cesa de observarlo todo, impidien-do a los verdaderos protagonistas
de la historia acceder al Monte del Des-tino. Confianza y desesperanza se
en-trecruzan durante estos minutos, sa-bedores todos de que su destino
de-pende de un par de pequeños hobbits que tal vez tengan que sacrificar
sus vidas por el bien de la Tierra Media. Es un nuevo clímax y un acto de
fe de acertada resolución, pues en él nuevamente se intercalan los
instantes minimalistas –Sam alentando a Frodo e intentando que no se
olvide de La Comarca– con el fragor de la batalla (la apertura de la
Puerta Negra).
Nuevamente nos adentramos en un mundo de ensueños y fanta-sía en el que lo
imposible se introduce en nuestros ojos como si en verdad estuviera
sucediendo, haciéndonos partícipes de una épica lucha entre el Bien y el
Mal que habrá de dirimirse no sólo en su vertiente más colosal, sino
también en la que a priori bien pudiera parecer la más ínfima de todas.
Frodo arrastra una carga pesada y letal que consume toda su esencia,
transformándole en un ser dis-tinto a quien era cuando partió de su hogar
hacia Rivendel. Sin em-bargo, en sus manos se encuentra la única
posibilidad de que la paz llegue a los distintos lugares que conforman la
Tierra Media, evi-denciando así la importancia del devenir de su conflicto
interno.
El
final, ese largo epílogo que a muchos les parecerá excesivo, es sin
embargo un hermoso cántico de alabanza a las proezas de to-dos los
protagonistas de esta historia. La emoción vuelve a salpicar nuestros ojos
cuando contemplamos con entusiasmo escenas que nos hacen recordar algunos
de los buenos momentos vividos en "El Señor de los Anillos: La Comunidad
del Anillo", sucediéndose en-tonces un cúmulo de necesarios homenajes a
aquellos que han participado en una gesta que será contada de generación
en gene-ración. Observar las cómplices miradas de los hobbits, de nuevo en
la taberna de La Comarca, es una delicia para quienes hemos esta-do a su
lado, pues pocos conocen a su alrededor cuán apasionante y a la vez crudo
ha sido su periplo. Define, además, los cambios que se han producido en
los personajes tras su odisea y cómo se-rá el futuro de aquellos que han
sobrevivido a la misma. Qué ade-cuada conclusión para tan venusto relato,
a pesar de la añoranza que nos deja, pues sabemos que ya no volveremos a
ver a tan esti-mados amigos... Ojalá "El Hobbit" se haga algún día
realidad en una pantalla de cine...
Si bien los efectos visuales de "El Señor de los Anillos: La Comunidad del
Anillo" no supusieron ningún ade-lanto con respecto a otras películas
estrenadas en las mismas fechas, no se puede decir lo mismo de sus
con-tinuaciones. En "El Señor de los Ani-llos: Las Dos Torres" se logró
crear a un personaje virtual, Gollum, que pare-cía de carne y hueso,
utilizándose además las maquetas y las masas generadas por ordenador con
una pe-ricia admirable. Sobre todo ello se profundiza ahora en la tercera
entrega de la trilogía, con la dificultad de que las más vastas contiendas
se realizan con la luz del día, mitigada, eso sí, por una fotografía que
nos permite percibir las sombras que sobre los cielos genera la tierra de
Mordor. El ataque con las catapultas, la aparición de los olifantes o la
embestida de los jinetes de Rohan son impresionan-tes, al igual que los
excelsos decorados, como el interior de la mo-rada de Denethor.
La
realización de Peter Jackson sigue siendo, como era de espe-rar,
excesivamente brusca en las batallas que observamos de cer-ca, pero éstas
se mezclan con amplias panorámicas que nos des-lumbran por su inmensidad.
Ahora bien, la importancia de los acto-res sigue siendo crucial para él,
volviendo a retomar Ian McKellen un protagonismo que perdió en la segunda
entrega. Tanto en las re-friegas como en las declamaciones su rostro y sus
ademanes no es que sean adecuados, sino perfectos. Ya hablé anteriormente
del excelente trabajo de Sean Astin, algo que no debería restar méritos al
joven Elijah Wood, cuyo eterno pesar se distingue en su afligida mirada y
en su penoso caminar. Andy Serkis, a quien esta vez sí vemos con su
apariencia real, vuelve a estar encomiable en su pa-pel de Gollum, al
igual que Vigo Mortensen (impecable cuando de-cide lanzarse el primero
contra los siervos de Sauron que atravie-san la Puerta Negra), Orlando
Bloom (nuevamente demostrando su distinción a la hora de combatir), John
Rhys-Davies (consiguiendo que su comicidad, más sutil que la de "El Señor
de los Anillos: Las Dos Torres, no se vuelva demasiado histriónica),
Miranda Otto (creí-ble en su armoniosa composición de belleza y arrojo),
Bernard Hill (espléndido cuando tiene que dar ánimos a sus tropas o a
Éowyn), Liv Tyler –maravillosa en el momento en el que elige su destino– y
David Wenham (atención al instante en el que escucha las hirien-tes
palabras de su padre, aceptándolas y conteniendo su amargura en el
camuflado brillo de sus ojos). Cabe alabar también la interpre-tación de
John Noble como Denethor, pues no siempre es fácil ex-teriorizar la locura
que produce la pérdida de un ser amado en un personaje de tan irascible
carácter.
Por último, quisiera hacer referencia a la banda sonora de Howard Shore,
quien retoma todos los temas con los que ya nos había deleitado en
anterio-res entregas, arreglándolos de forma magistral para que se adapten
con ar-monía a las imágenes de Peter Jack-son y su equipo. Citar, por
ejemplo, la llegada de Gandalf a Minas Tirith o la agónica ascensión de
Frodo y Sam al Monte del Destino mientras sus ami-gos intentan distraer a
Sauron, sonan-do entonces la música de la Comuni-dad del Anillo en forma
de coros. Se-guramente muchos dirán que el com-pacto no es tan novedoso
como el de "El Señor de los Anillos: Las Dos Torres", pero una partitura
para cine hay que valorarla según lo que aporta a lo que sucede ante
nuestras retinas y no por cómo la escuchemos en los equipos de alta
fidelidad de nuestras casas. Por otra parte, si bien es cierto que no se
emplean las notas que sirvieron de base para la triste canción que
escuchábamos en los títulos de crédito finales de la segunda entrega de la
trilogía y que hacían referencia a Gollum, sí aparece al menos un nuevo y
pode-roso motivo, «Into the West», que Shore dosifica con destreza y que
se convierte en uno de los inolvidables referentes musicales de esta
inmortal saga.
Dejamos atrás un cúmulo de sentimientos que pocas veces se pueden percibir
ante una pantalla. "El Señor de los Anillos" –creo que puede hablarse
sencillamente de una única película dividida en tres– es una obra cumbre
de la Historia del Cine, una de esas ex-periencias cinematográficas que
nadie querrá olvidar. Existe un al-ma en su interior, una credibilidad y
una conexión con el especta-dor. Muchos años han de pasar antes de que
nuestros corazones se aferren con tal fuerza a las penurias de unos
personajes que nos han colmado con lo mejor y lo peor que puede brotar de
un ser hu-mano. Es un reflejo, a través de la fantasía, de lo que es este
mun-do. Gracias a los que han participado en esta magna empresa por haber
llenado nuestro espíritu con tan variadas sensaciones.