
CRÍTICA por
David Garrido
Valoración:





Brillante final de la
mayor aventura de todos los tiempos
“¿Recordáis cuando decíamos que faltaban aún tres años para ver la obra
completa?”. El comentario quedó flotando en el aire en me-dio de un
ambiente extraño de entusiasmo y melancolía. Durante tres largos años,
gran parte de los aficionados al cine y a la obra de Tolkien hemos vivido
pendientes del mes de diciembre, suspirando por que llegara la fecha
esperada en la que al fin se estrenara la si-guiente entrega de una obra
que, ahora más que nunca, una vez vi-sionadas las tres partes, se revela
como un todo unitario indisolu-ble que hace absurda cualquier comparación
entre esta película y las precedentes, por más que nos empeñemos en
señalar que "La Comunidad del Anillo" resultaba más compacta que "Las Dos
To-rres", o que ésta última era mucha más épica que la primera y me-nos fiel
a la novela original, por citar algunos de los comentarios más habituales.
Resulta tarea complicada describir la enorme mezcla de sentimientos que
provoca "El Retorno del Rey", pues detrás de la abrumadora capacidad de
sorprender y entusiasmar del film de Peter Jackson siempre se esconde ese
poso de amargura y melancolía del que sabe que está asistiendo al
brillante cierre de una era. Brillante porque "El Retorno del Rey"
consigue colmar gran parte de las muchas ex-pectativas depositadas en ella,
algo previsible desde la misma concepción de la trilogía concebida como
una obra por entregas, pero en la que Jackson consigue manejar aun con
mayor precisión y sutileza na-rrativa los recursos de los que dispone,
probablemente gracias a la experiencia previa de estos años.
No
entraré en esta crítica a analizar la mayor o menor fidelidad de la
película a la obra de Tolkien (aunque es más que evidente que hay pasajes
en ella que pueden enfurecer a los más puristas) sino que trataré de
centrarme en sus logros puramente cinematográfi-cos. Desde este punto de
vista, nadie puede negar que estamos ante una de las películas más
importantes y disfrutables del año, en la que además de asistir al
impresionante despliegue técnico habitual lleno de emoción, el desarrollo
de la mayor parte de unos personajes que ya nos resultan suficientemente
familiares permite sentir toda la intensidad y el dramatismo de muchos de
los trances por los que éstos pasan en los que por momentos resultan ser
de largo los más duros y oscuros pasajes de la trilogía.
Así,
tras un dramático prólogo que permite relacionar de forma brillante y
concisa al personaje de Gollum con su patológica dependencia del Anillo y
su situación actual conduciendo a Frodo y Sam a Mordor (algo que sirve
para que el espectador sea capaz de prever sus acciones y su motivación
para las mismas), asistimos a los pre-parativos del enfrentamiento
definitivo entre las tropas de Mordor y los hom-bres. Jackson maneja con
habilidad los mecanismos de la tensión dramá-tica y el recurso constante a
la épica y consigue que el ritmo de la película fluya en un crescendo
que apenas concede respiro: ya sea admirando la llegada de Gandalf a Minas
Tirith y su posterior enfrentamiento con Denethor, el senes-cal de la
ciudad (sin duda, el personaje peor perfilado de la trilogía), asistiendo
a las maniobras de Gollum para socavar la confianza en-tre Frodo y Sam, o
siguiendo a Aragorn en su periplo personal que le lleva a superar sus
dudas y asumir su destino, Jackson crea una tensión continua, un ambiente
de calma tensa antes de la batalla que sirve excepcionalmente bien a sus
objetivos.
Porque, digámoslo ya, toda la batalla de los campos de Pelennor es una de
las mejores muestras de cine bélico puro y duro que se han hecho en la
Historia del Cine, donde el dramatismo, el heroís-mo y, sobre todo, un
inconmensurable sentido de la épica se dan la mano con un despliegue
técnico nunca antes alcanzado por el cine, un inteligente uso de los
efectos visuales que permite verda-deramente creer en la enormidad de una
lucha que parece cambiar de signo con cada nueva introducción de un
elemento nuevo en ella, ya sea por un bando u otro. Durante más de una
hora se asis-te boquiabierto a una experiencia brutal que sobrecarga los
senti-dos y que no da tregua alguna. La música de Howard Shore ayuda no
poco al sentimiento de intensidad con el que se vive este sor-prendente
alarde que ofrece mucho al espectador ávido de emocio-nes fuertes.
Pero
Jackson no se queda en el envoltorio: más allá de los inevitables planos
aéreos marca de la casa (qué hermosa secuencia la del incendio de las
almenaras y las posteriores ho-gueras entre Minas Tirith y Rohan), los
efectos visuales capaces de recre-ar de tal forma las más diversas
cria-turas (uno siente en "El Retorno del Rey" el poder de los Nazgûl y sus
ca-balgaduras o el terror que provoca Shelob, sin olvidar el
perfeccionamien-to del ya conocido Gollum) o el apro-vechamiento de las
maquetas en mi-niatura (la recreación de Minas Tirith es tan minuciosa como
brillante), lo mejor de "El Retorno del Rey" reside en su capacidad de
síntesis de todas las constantes demos-tradas en las anteriores entregas y
que aquí alcanzan su máxima expresión, una faceta que Jackson cuida
especialmente, por lo que bien puede presumir de haber sabido captar la
esencia misma de la obra de Tolkien: valores como la amistad o el
heroísmo, la tragedia y la compasión última que inspiran personajes como
Gollum, el sentido del deber, el honor y el sacrificio que impregnan los
com-portamientos de Aragorn o Théoden, la determinación con la que afrontan
sus objetivos, incluso la figura trágica del héroe en última instancia
fracasado... Todo ello está presente en esta obra monu-mental a la que no
resulta fácil hacer justicia en pocas líneas des-de la perspectiva de ver
satisfechas más que notablemente las ex-pectativas depositadas por todos
los aficionados.
Finalmente, el propio Jackson parece en cierto modo contagiarse de ese
sentimiento de pérdida del que hablaba al principio y, con-trariamente a lo
que suele suceder en toda película de aventuras, no culmina la película
poco después del punto álgido de la misma (donde cobra mucha fuerza la
maravillosa interpretación que hace Sean Astin del personaje de Sam, muy
por encima de su pareja Elijah Wood) sino que se resiste a abandonar del
todo a sus cria-turas durante un epílogo que se prolonga más de veinte
minutos y en el que, por muy justificado que esté en la novela, se detiene
mucho más de lo que sería aconsejable, diluyendo en cierta forma la fuerte
impresión que ha conseguido extraer del espectador gra-cias a su
inteligente uso del tiempo dramático antes de que todas las historias
concluyan de forma tan brillante. Pero esto no deja de ser un detalle
menor en una obra magnífica y maravillosa que nos ha hecho soñar de tal
forma durante tres hermosos años. Creo que habrá de pasar mucho tiempo
hasta que alguien sea capaz de al-canzar, en el género de fantasía y
aventuras, el listón que ha deja-do Peter Jackson con esta obra maestra
absoluta.
Ya
no habrá más "El Señor de los Anillos" y sus maravillas el pró-ximo año, es
cierto. No sé que pensarán ustedes, pero yo me sien-to un privilegiado por
haber asistido al nacimiento, desarrollo y cie-rre final de esta obra tan
apabullante como imprescindible, puro ci-ne con mayúsculas. Y las reservas
que tengo sobre las ‘licencias’ de Jackson las dejo para otra ocasión: no
hay que olvidar que es su visión de la obra lo que nos ha regalado.