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Especial El Señor de los Anillos

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El Retorno del Rey

 

CRÍTICA por
Julio Rodríguez Chico

Valoración:

Una luz para los hombres

  La historia ha terminado. El Anillo ha sido destruido, el Bien ha triunfado sobre el Mal, y la Luz ha disipado las Tinieblas. La Paz ha vuelto a la Tierra Media, Frodo y Gandalf han cumplido su misión, y los Elfos dejan paso a los Hombres. Después de sangrientas gue-rras, de ambiciones sin cuartel y de odios intestinos entre los dis-tintos reinos, la lealtad y la generosidad, junto con el sacrificio y el amor, han llevado a buen puerto una aventura que nació sin espe-ranza alguna.

  Han sido siete años de la vida del director, que ha contado con un gran equipo técnico y artístico –los títulos de crédito de esta tercera parte ocu-pan hasta diez minutos– y un presu-puesto considerable. El riesgo de ro-dar las tres partes a un mismo tiempo ha resultado un acierto, y nadie puede criticar a la productora que se sirviese de un primer éxito de taquilla para moldear las entregas posteriores a conveniencia. Peter Jackson tiene ya su obra maestra y el mérito de haber logrado reflejar en el celuloide el es-píritu que Tolkien imprimió a su libro, algo que es de agradecer y que habla de su honestidad. No era na-da fácil esta tarea, y ha sido necesario prescindir de algunos episo-dios, sin que por ello se perdiera el hilo y el núcleo de la historia, e introducir algunos toques emotivos y cómicos en favor de la audien-cia. Pero, con todo, conserva su carácter épico, los personajes quedan bien definidos –cada uno con las virtudes y defectos pro-pios de su raza–, y los parajes ofrecidos deslumbran por su belle-za.

  Los efectos especiales están ahí y resultan admirables, pero no son lo más importante. Por encima de ellos está la recreación de todo un mundo –nuestro mundo–, con sus luchas interiores –no só-lo Sméagol las tiene–, sus ambiciones desmedidas, su crueldad... y también con sus momentos de felicidad, de amistad, de lucha. El mundo de Tolkien –y el de Jackson– es ficticio, pero es real; es el de la Tierra Media, pero también el de cada uno de los que se sien-tan en la butaca para contemplar las gestas de unos personajes con quienes se identifican. Y sucede esto porque en el interior de cada uno están esos deseos por hacer algo bueno en la vida, de servir para algo, de no fallar al amigo, de tener alguien que a uno le quiera. Por eso –aparte lógicamente de la perfección técnica– ha triunfado cada una de las partes de "El Señor de los Anillos". La ra-zón radica en que cada uno de los que en ella han trabajado, desde el director hasta el último encargado de las miniaturas o de la mú-sica –fantástica, aunque esto no es ya una novedad–, han sabido contar una historia sin quedarse en narrar unos hechos heroicos: han llegado al espíritu de los personajes y lo han reflejado a través de sus acciones, con los matices que hablan de héroes frágiles co-mo Frodo o Boromir, o de seres patéticos como Gollum y el senes-cal.

  Esta tercera parte es la más épica de todas, con tensión creciente en los campos de batalla de Pelennor, en Minas Tirith, en presencia de Ella-la-Araña o en el mismo reino de Mordor; en todo momento se consigue mante-ner la atención del espectador, aun conociendo éste el desenlace. Y es cierto que éste se prolonga durante casi tres cuartos de hora, pero lo es tanto como resulta necesario cerrar cada una de las historias y despedir-se de cada personaje, y es seguro que a esas alturas el público está ya entregado, con lo que, lejos de cansar, lo que se consigue es pro-longar el disfrute. Las batallas ocupan buena parte del metraje, y aunque en algunos momentos parecen repetirse en el modo de ha-ber sido rodadas, siempre se introduce algún nuevo aliciente, y no deja de sorprender, por ejemplo, ver a los olifantes o a los espíritus de los muertos entrar en acción. Especial cuidado ha tenido Jack-son en filmar el momento culminante en que el Anillo es destruido en la Montaña del Destino y el posterior derrumbe de la Torre de Sauron, quizá lo más espectacular de esta tercera entrega. Y entre las interpretaciones, justo es destacar la de Sean Astin, pletórico en el papel de Sam, personaje con el que el espectador se identifi-ca de principio a fin.

  Como decía, se trata de una obra maestra bajo muchos aspectos, pletórica de humanidad –quizá hubiese que decir de humanismo– y que enseña a mirar al futuro con la esperanza puesta en los hom-bres, en cuyas manos queda la felicidad de esta nueva Tierra Me-dia. No importan tanto algunas de las interpretaciones hechas acer-ca del sentido bíblico que puede aletear en el mundo de Tolkien –aunque el flash-back en torno al origen y degradación de Gollum con que se inicia esta entrega nos lleva directamente a Caín–, por-que estamos tanto ante un escritor como a un cineasta que nos han dado toda una lección de ética y antropología, y eso enriquece aún más una película que ya era redonda teniendo en cuenta sólo sus aspectos formales.

 

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La Butaca © 1999 Ángel Castillo Moreno. Valencia (España)
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