

Crítica
por Joaquín
R. Fernández
Puntuación:
9
Banda Sonora Original: *****
Dicen que tan
peligrosa misión, aquélla que supuso el comienzo de
un largo viaje a las entrañas de Mordor, la llevaron
a cabo nueve valerosos seres de la Tierra Media. Un
mago, cuatro hobbits, dos humanos, un elfo y un
enano; me atrevo a negar semejantes patrañas, ¡pues
diez fueron los caminantes! A todos ellos, escondido
en la oscuridad de un amplio aposento, se les
añadió uno más. No, no era Gollum; se trataba de
un simple espectador, aquél que se dejó embriagar
por la magnificencia de una historia que ha dejado su
justa huella en la Literatura del siglo XX.
El Señor
de los Anillos: La Comunidad del Anillo es una
epopeya enclavada en un hermoso mundo de fantasía y,
como tal, la aventura, el coraje, la amistad y las
penurias han de marcar a aquéllos que se ven
inmersos en ella. Olvidemos por un instante el libro.
Dejemos a un lado las discusiones acerca de si falta
tal fragmento o se han añadido estos otros. Cierto,
todo eso sucede, pero no ayuda a esclarecer la
pregunta que en verdad resulta más importante: ¿ha
conservado Peter Jackson el verdadero espíritu de
Tolkien? Sí, la película posee el alma que tanto
temían que se perdiera los entusiastas de la
trilogía. Si la obra de Tolkien conjugaba
magistralmente un envoltorio preciosista con un
entretenimiento de primera magnitud, la película ha
sabido ofrecernos lo mismo.
Y, a falta de
poder emplear las bellas palabras que el escritor
utilizó para describirnos los incomparables mundos
que brotaron de su imaginación, los artistas
encargados de trabajar en esta espectacular
producción nos brindan preciosas estampas que
recrean con esplendor tan míticos lugares. Resulta
todo un acierto que Peter Jackson insista en
mostrarnos paisajes y escenarios, cuando cualquier
otro hubiera hecho lo posible por alejarse de
semejante esfuerzo. Pero vayamos por partes:
Como todo el
mundo sabe, "El Señor de los Anillos"
comenzaba con una larga introducción en la que se
nos explicaba cómo se forjaron los anillos y cuál
era su cometido. Se acorta acertadamente en el filme
el pasaje que explica las desventuras de Bilbo
Bolsón en "El Hobbit", pues sería
demasiado tedioso para el espectador no iniciado el
recibir tanta información de golpe. Rápidamente nos
trasladamos a La Comarca, lugar en el que viven los
apacibles hobbits. La visualización de su forma de
vida es todo un acierto, siendo esta parte la más
festiva y alegre de todo el filme. Esta introducción
es crucial para que el espectador se introduzca en la
historia. Si acepta el desafío, si cree en este
mundo de fantasía, se dejará cautivar por la
película. Si no, está perdido. Entre tanto color
comienzan a asomarse las primeras sombras de la
historia; Bilbo conversa con Gandalf sobre el anillo,
manifestándose con crudeza la dependencia del hobbit
con tan preciado objeto. Sin embargo, sabe que ha de
ser otro el portador de su tesoro... Frodo, que
había deseado partir algún día de su hogar para
conocer otras tierras, observa con temor cómo la
posesión del anillo de Bilbo sólo le causa
problemas.
Alentado por
Gandalf, huye de La Comarca con sus amigos, sabedor
de que Sauron desea recuperar lo que es suyo.
Perseguidos por los Espectros (cuya primera
aparición es impactante), los hobbits no pueden
evitar encontrarse en su camino con tan maléficos
seres (atención a cómo la cámara se acerca a Frodo
mientras el viento hace su aparición). Las sombras que
cubren desde este momento la narración de la
historia llenan al espectador de ansiedad. Cualquier
otro hubiera preferido suavizar su dureza, pero Peter
Jackson sólo nos presenta leves oasis de
tranquilidad en Rivendel (lugar al que llegan algunos
de los protagonistas tras una agobiante persecución
por parte de las huestes de Sauron). Y aun allí, las
disensiones entre razas se hacen presentes, pues
todos tienen opiniones diversas sobre qué hacer con
el anillo.
No es El
Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo
una película de acción continua; sus mejores
momentos se hallan precisamente en las situaciones de
relativa calma y tranquilidad. Atención,
por ejemplo, a la conversación de Elrond con Gandalf
(el anillo no puede permanecer en Rivendel, pues
Sauron lo buscará, destruyendo con ello a los
elfos), o a los primeros deseos que muestra Boromir
de controlar el poder del anillo.
No obstante, el
verdadero plato fuerte de la cinta, aparte de las
apariciones de Saruman (ver el instante en que el
mago intenta destruir a la compañía en las
montañas nevadas), se halla en la siniestra mina de
Moria, donde la fotografía se vuelve fría,
transmitiendo al espectador la necesaria oscuridad de
un lugar únicamente habitado por la maldad. La
acción se sucede aquí sin tregua, acompañada por
momentos de auténtico terror (no obstante, quizás
se podría haber abusado más de los efectos sonoros
para indicar la llegada de los enemigos). El
enfrentamiento con los orcos y un troll es realmente
espectacular, al igual que la posterior y desigual
lucha con el demonio de luz.
Lo que no me
acaba de convencer es la presencia de Galadriel, pues
esperaba a alguien mucho más majestuosa, pero
Jackson ha preferido recalcar su lado oscuro, algo
que me ha dejado un tanto desconcertado. En todo caso,
es un buen síntoma de la diabólica influencia del
anillo, que incluso puede afectar a los seres más
poderosos.
La
parte final es fabulosa. La intensidad se
apodera de la pantalla sin necesidad de grandes
fuegos de artificio; basta sólo contemplar el
dramático desarrollo de los acontecimientos para que
uno sienta la desesperanza en su interior.
Aunque Peter
Jackson se ha saltado fragmentos importantes de la
novela o ha simplificado otros, hay que reconocer que
ha sabido contentar a todos los que nos consideramos
seguidores de esta magna obra literaria. Bien es
cierto que su realización a veces abusa de los
movimientos de cámara frenéticos o de la cámara
lenta, hubiendo deseado al respecto que las imágenes
discurrieran con un estilo más clásico, pero hay
que reconocer que logra con ello momentos ciertamente
espectaculares (el troll en Moria).
También es un
acierto que los orcos no sean criaturas por
ordenador, ya que las batallas permiten exhibir una
necesaria crueldad. Por último, reseñar el talento
de Jackson a la hora de mostrar los instantes en los
que Frodo introduce el anillo en sus dedos,
haciéndose invisible con ello a ojos de los demás.
Son escenas que sorprenden gratamente, pues se alejan
por completo de los cánones establecidos por la
habitual comercialidad de Hollywood.
Hablando ya de los
efectos especiales, hay que reseñar que su eficacia
es indiscutible, aunque tampoco suponen una mejora
con lo que ya conocemos. Aplaudo
vívamente la perfecta integración de hobbits y
enanos con el resto de seres que los superan en
tamaño, pero también me sorprendo al comprobar que
hay secuencias en las que se nota que todo (hasta los
protagonistas) está hecho por ordenador.
El reparto es,
en conjunto, muy adecuado. Es variado y está formado
por actores de conocido prestigio y otros
completamente nuevos en estas lides. Eso sí, no
terminaron de convencerme Billy Boyd y Dominic
Monaghan como Pippin y Merry. Me quedo, por este
orden, con Christopher Lee (soberbio como Saruman),
Ian McKellen, Elijah Wood (está estupendo cuando
llora la muerte de Gandalf), Ian Holm, Viggo
Mortensen y Sean Bean (un perfecto Boromir).
Para terminar,
un breve apunte sobre la música de Howard
Shore, un autor en principio discutido para hacerse
cargo de tan importante composición. No obstante, ha
salido airoso del asunto, creando un precioso tema
para los hobbits, aunque se echa en falta una pieza
que sirva de nexo para toda la historia (la
hay, pero no tiene la contundencia suficiente y su
uso es muy limitado). No me entusiasmó la música
que describe los preciosos paisajes del filme, está
mucho mejor la parte intimista que escuchamos cuando
los personajes dialogan, no molesta en absoluto e
incluso contribuye a realzar esos momentos.