

Crítica
por
Tònia
Pallejà
Comienza
El Espectáculo
I M P R E S I O
N A N T E. Casi tres horas de proyección, sentado en
tu butaca aunque levitando en estado de gracia, y
cuando la película llega a su fin, aún quieres más
y más y más; ansías ver las tres partes de esta
epopeya fantástica de un sólo tirón.
El Señor de
los Anillos ha sido, desde el momento de su
concepción, un ambicioso y faraónico proyecto que
corría el riesgo de desmoronarse como un inestable
castillo de naipes sobre Peter Jackson. Por suerte, el
realizador neozelandés ha sabido desarrollar este
relato con mano firme y soberbia maestría,
convirtiéndolo en un colosal espectáculo épico sin
precedentes. La Comunidad del Anillo,
en su condición de monumental, no se limita a
exhibir la beldad estética de su atractivo
tratamiento visual, sino que además posee una
inquebrantable consistencia corpórea, algo inusitado
en otras mayúsculas producciones del género.
Tras una breve
introducción en la que una voz en off ubica al
espectador en el tiempo y el espacio, se suceden sin
descanso peleas, persecuciones, sorpresas, aventuras,
viajes, misterios por descubrir ... Ritmo trepidante
que no te deja ni respirar y la deslumbrante belleza
de unas imágenes, ya sean paisajes naturales o
escenarios digitales, que acompañan a la
grandiosidad de esta historia. Amor, humor, magia,
traición, duelo, codicia, ... conducidos con un
equilibrio casi perfecto sin apenas disminuir la
intensidad narrativa. Una cinta apasionante,
que cautiva y sobresalta, capaz de disparar tus
niveles de adrenalina y mantenerlos en la cumbre más
allá de su conclusión.
En esta
ocasión, resulta imprescindible elogiar el brillante
trabajo del equipo artístico, desde los responsables
de los fastuosos efectos digitales hasta los de
aquellos aspectos más artesanales realizados con
celoso esmero y gran detallismo. Puesta en escena,
diseño de personajes, vestuarios y decorados,
fotografía y sonido en armónica comunión.
A ello se suma
un espléndido reparto que sabe transmitir la fuerza
dramática de unos personajes que, aunque hijos del
fantástico, resultan sumamente cercanos y
accesibles, aspecto descuidado a menudo en otros
films de tamaña envergadura, por lo que resulta
doblemente meritorio. En general, la mayor
parte de actores realizan un trabajo notable que
consigue efectivas cuotas de empatía, sin
embargo la labor de algunos merece ser destacada por
encima del resto. Ian McKellen como Gandalf ofrece
otra de las magistrales lecciones interpretativas a
las que nos tiene acostumbrados. Elijah Wood no sólo
soporta con gran dignidad su protagonismo en el
difícil papel del hobbit Frodo, sino que aborda su
ejecución de manera excepcional. Ver a ambos en las
escenas que propician este mano a mano
intergeneracional es un auténtico deleite. Viggo
Mortensen como el oscuro y fiel Aragorn, Sean Bean
como el atormentado Boromir o Ian Holm como Bilbo,
también deben ser mencionados.
Y por si me
hubiera quedado corta en mis entusiastas comentarios
sobre esta película, aún añadiré unos cuantos
puntos más a su favor, decisivos por cuestiones
personales. Lectora incansable, abordé hace ya
algunos años la novela de J.R.R. Tolkien,
abandonando su lectura al cabo de unas cuantas
páginas presa del aburrimiento y una inevitable
sensación de ridículo. Las místicas medievales,
los mundos poblados por seres imaginarios -ya sean
elfitos amanerados, rudos enanos o pizpiretos
hobbits-, y la literatura fantástica en general
nunca han conseguido seducir mi imaginación, tal vez
mejor abonada para otras semillas de ficción. A esta
premisa, cabría añadir una cierta reactancia
negativa hacia la fiebre originada por la obra del
escritor y esos universos que algunos fanáticos
parecen haber convertido en una especie de
pseudoreligión incluso en su vida cotidiana. Que por
primera vez esta historia haya conseguido atraparme y
que mi paciencia no haya sucumbido ante los absurdos
postulados de los que parte, resulta para mí un
valor adicional. Y si a mí me ha fascinado, supongo
que difícilmente habrá defraudado a los seguidores
del libro.
¿Defectos?
Haberlos haylos, pero quedan engullidos por el magma
de esta mole incandescente. Ciertos excesos en el
volumen e insistencia de la partitura, totalmente
innecesarios cuando se trata de un film con la
suficiente carga emotiva y sobradas dosis de acción.
Cierto abuso de la tecnología generada por
ordenador, que en ocasiones resulta demasiado
ostensible y artificial. Ciertos sobrentendidos que
pueden obligar al espectador que desconozca el relato
original a deducir la magnitud de aquéllo de lo que
se le está hablando. En definitiva, nada
significativo si se compara con el extraordinario
resultado final.
La Comunidad
del Anillo de Peter Jackson llega a donde no
pudieron llegar ni Burton con sus simios, ni Lucas
con su fantasmal amenaza, ni Spielberg con sus
androides, ni Columbus con su hijo Potter. Un diez
rotundo y sin apenas fisuras para este eterno
adolescente, que ha levantado un escultural episodio
cinematográfico sobre unos cimientos que siempre
había demostrado controlar. La espera no ha
sido en vano, y aguardaremos con saludable anhelo la
prometedora segunda entrega de esta saga.
