

Crítica
por
Manuel Martínez March
Hace unos
cuarenta y siete años, un profesor de filología de
origen sudafricano llamado John Ronald Ruelen Tolkien
dejó asombrado a medio mundo con una obra -compuesta
por tres libros- llamada El señor de los Anillos.
Continuación de El hobbit (1937) la novela
se situaba en aquel mismo mundo fantástico que
Tolkien había imaginado: un auténtico derroche de
fantasía que había creado una historia, lenguajes
extraños y diversas razas para un lugar mítico e
inexistente. A su vez, hace unos años un tipo
llamado Peter Jackson decidió que quería llevar al
cine su novela favorita y, con un alarde de
valentía, se puso manos a la obra. Emular todo lo
que Tolkien había creado, llevarlo a imágenes, era
una tarea cara y ardua.
Ahora por
fin se estrena la primera de las tres películas (una
por libro) de la que está llamada a convertirse en
la saga más importante de la historia de cine desde La
guerra de las galaxias, a cuyas
siguientes entregas superará en expectativa sin
duda. Porque toda esa tarea sobrehumana que Jackson
se propuso ha sabido llevarla a buen puerto. A tan
buen puerto que reconozco, una vez vista La
comunidad del anillo, que estoy aguardando con
impaciencia las dos siguientes entregas.
Derroche de
puesta en escena del mundo de Tolkien, La
comunidad del anillo es, simplemente, una de las
mejores películas de aventuras que he visto nunca. Con
unos efectos especiales abrumadores, unos decorados
que plasman a la perfección el espíritu de su
original y unos personajes estupendamente perfilados;
con una labor titánica de dirección y una banda
sonora de quitarse el sombrero; con una historia muy
compleja francamente bien narrada en las tres horas
de cinta; con todo esto, esta película
tiene un olor a clásico que tira de espaldas.
La
comunidad del anillo tiene un comienzo
trepidante, un desenlace trepidante y un final
trepidante. Es una película llena de acción y
fantasía, perfectamente facturada, con un ritmo
envidiable, que no decae ni un solo minuto. Partiendo
de una base tan adecuada para el cine como la
imaginación de Tolkien, Jackson no defrauda más que
a algunos pocos raros puristas que se dedican a
criticar sin más, metidos como están en la fiebre
de la negación de la llegada al cine de su mito
literario. Pero, al margen de ellos, el primer
episodio de El señor de los anillos dejará
con la boca abierta a muchos millones de personas del
mundo entero. La recreación de La Tierra
Media (absolutamente maravillosa y detallista) vuelve
a traer a las salas un tipo de cine que hacía unos
veinte años que nadie facturaba de esta manera.
Quien se la pierda no tiene perdón.