

Crítica
por
David
Navarro
Larga
vida al cine fantástico
La esperada
adaptación cinematográfica de las aventuras de
Frodo, Gandalf y Aragorn ha conseguido un hito:
unificar al clan de los cinéfilos, tan arrogantes
como sabios, y al de los aficionados, más numerosos,
menos expertos, pero de un espíritu muy fresco
igualmente exigente. Ambos clanes han podido
mezclarse en una sala de cine y no sólo eso, han
celebrado al unísono la victoria de El señor de
los Anillos.
En la sombra,
un grupo de adictos al clan Tolkien medra
insatisfecho porque el caballero Peter Jackson no ha podido
incrustar todo el libro en casi tres horas de
película. El caballero neozelandés ha entendido
bien la contienda y ha participado en la escritura
del guión de un film, no aceptando la mera copia de
una obra literaria. De versiones fieles sabemos que
no funcionan; ya hace algunos años el venerado Francis Ford
Coppola adaptó el Gran Gastby a la pantalla.
Aquello era el libro, ¿pero dónde estaba la
película?
Un cúmulo de
aciertos ha hecho posible una maravilla como El
Señor de los Anillos, comenzando por sus
espectaculares paisajes -gracias a su espléndida
fotografía, claro- de Nueva Zelanda.
El casting ha
combinado actores contrastados pero sin la aureola de
estrellas para los papeles principales y secundarios
con caché o solera como Christopher Lee o Liv Tyler.
El ritmo del
film es asimismo una hazaña: ni un respiro para un
camino lleno de sorpresas y peligros sin que por ello
se resienta el desarrollo dramático de la historia. La intensidad
en la acción está muy bien graduada hasta el punto
que el espectador, paradójicamente, acaba
decepcionado a la hora del final: "¿Y ahora
qué?" Pues se acabó, muchacho, el libro
termina así; pero ¿no habíamos quedado en que era
una adaptación libre de la primera parte de El
Señor de los Anillos? No, es una adaptación
fidedigna pero no exacta al libro.
En el aspecto
técnico, cabe destacar la minuciosidad con la que se
ha cuidado cada plano, retocado para rebajar la
estatura de los protagonistas. Y no sólo eso: el
diseño de vestuario, el maquillaje y el cuidado tono
épico de cada secuencia.
El único
aspecto negativo lo encuentro quizá en la
desaprovechada presencia de dos inspiradísimas
actrices como son Cate Blanchett y Liv Tyler.
Se trata, en
fin, de una buena excusa para que Tim Burton se arrepienta
de su último y simiesco espectáculo y, por qué no,
de una prueba a favor de que se avance el estreno de
la segunda entrega de la trilogía.