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Crítica por Julio Rodríguez Chico

Valoración: *****

Una historia humana entre la luz y las tinieblas

Impresionante epopeya y conmovedora historia. Fantástica y a la vez con un tratamiento realista. Fiel a la letra y al espíritu del texto literario, se trata de un ejercicio de imaginación y saber hacer cinematográfico que acabamos de recibir en las pantallas. Eran muchas las dudas y suspicacias con que se esperaba el estreno de la primera parte de El Señor de los Anillos, precedida por un largo rodaje de la saga completa y unas cifras escalofriantes, por una promoción excepcional y, sobre todo, por la envergadura y la fama de la obra de Tolkien. Pero no sólo no ha defraudado, sino que ha entusiasmado a todos, a los fans y a quienes desconocían la trilogía.

La puesta en escena no se aleja del mundo imaginario que cada uno se había forjado: la Comarca y sus hobbits descalzos y de vida rutinaria; elfos elegantes y señoriales, y orcos torpes y malvados siempre en grupo, como sendas encarnaciones de los más altos y bajos ideales; hombres como Aragorn o Boromir, valerosos y débiles a la vez; magos misteriosos y todopoderosos, que libran una batalla paralela que se pierde en tiempos remotos. La película recrea con maestría esas razas de Tierra Media, y también sus parajes tan dispares: de la tranquilidad de la Comarca nos adentramos en las cavernas de Saruman, respiramos la armonía de Rivendel o viajamos a través de las minas de Moria. El ritmo de la película va intercalando momentos de lucha y tensión ante el peligro de los caballeros oscuros, de los orcos o del troll, con otros de paz y armonía, de belleza y amistad entre los miembros de la Compañía, oxigenando así al espectador. Durante tres horas atravesamos los territorios de Tierra Media, acompañando a Frodo, como si fueramos otro Gandalf que le ayudase a llevar a cabo su misión: llevar el Anillo Único a Mordor para destruirlo en el mismo lugar en que se fundió, y evitar que Saruman, Sauron, Gollum o cualquiera de los mortales se hagan con él.

En los años 60 y 70 se habló mucho del trasfondo que Tolkien había querido dar a la historia: si tenía un espíritu cristiano o si respondía a los aires mágico-fantásticos propios de las leyendas nórdicas. Sin entrar ahora en tan prolija discusión, lo que sí parece claro es que se abordan realidades humanas con gran profundidad y sensibilidad, eternas en el tiempo y en el espacio: la lucha por hacer el bien y no ser arrastrado por el mal, la ambición de poder y el egoísmo, la capacidad de sacrificio o de lealtad, los ideales por los que luchar o la degradación de los seres más sublimes, la misión de cada uno en la vida o cómo aprovechar el tiempo que a cada uno le ha tocado vivir. Detrás de todo hay una rica antropología, positiva y optimista, a la vez que un análisis esperanzador de nuestro mundo y nuestra sociedad. El escritor inglés más de una vez dijo que lo que a la gente le interesaban eran "historias humanas", y eso es lo que él escribió.

Que Tolkien fuese un católico consecuente, que en su libro se refleje una moral y unas virtudes cristianas, eso es otro asunto; algunos echan en falta referencias más explícitas al respecto -personajes que recen o una simbología religiosa más clara-, pero no se trataba de eso. Todos sabemos que Frodo ha sido el elegido para una misión que le supera y para la que no está preparado: no es más que un personaje ordinario, sin historia y sin cualidades; todo eso no es necesario, porque basta el corazón y la fidelidad, la responsabilidad y la conciencia generosa para afrontar los peligros que le esperan. Tolkien no escribió la obra pensando en una moraleja, aunque en su revisión reconoció que se le había "escapado" un planteamiento ante la vida en el que todos podíamos y deberíamos ser un poco héroes, y asumir nuestra misión sacrificándonos por las demás "razas" de Tierra Media. Hoy todo esto resulta muy actual, y tendríamos que hablar de solidaridad, tolerancia y libertad.

Esa coherencia en el guión hace que todos los personajes aparezcan bien caracterizados y formando parte de un universo cerrado, completo y armónico; en este sentido hay que elogiar la labor de casting hecha. Están perfectamente encarnados por unos actores bien dirigidos por Peter Jackson: disfrutan y viven sus personajes, que siendo seres fantásticos no dejan de ser realistas y creíbles; soberbia es la interpretación de Elijah Wood como Frodo, o de Ian Mckellen como Gandalf, por citar algunos-. Los efectos especiales, los decorados, los exteriores -todos ellos rodados en Nueva Zelanda, para abaratar el presupuesto-, y la música contribuyen a crear una atmósfera mágica y de aventura en la que permanecemos durante toda la proyección. Esperamos que tenga su continuación en las otras dos partes, que se estrenarán en las Navidades de los próximos años.



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Imágenes de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo - Copyright
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La Butaca © 1999 Ángel Castillo Moreno. Valencia (España)
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