CRÍTICA
Javier
M. Tarín
 En los tiempos del
fin de la historia preconizado por los voceros de
las políticas neoliberales, muy lejanos parecen
los momentos de convulsión social en los que
desde dentro se propusieron modelos de relación
alternativos. Pocos recuerdan los años de
movilización en contra de la Guerra del Vietnam
y de mayo del 68, aunque ambos hayan tenido una
repercusión directa en lo que hoy entendemos por
sociedades modernas y diversas. No se trata en
ningún caso de mitificar el movimiento de los
años sesenta, sino de reconocer el impacto de
dichos momentos históricos -los últimos hasta
hace bien poco- para reflexionar si todavía es
posible trasformar la sociedad desde la
movilización social, tal y como de alguna manera
está haciendo el movimiento que lucha contra el
globalismo.
La película de Lukas
Moodysson goza de plena actualidad como
revisión de unas propuestas ideológicas llenas
de contradicciones pero que permitían albergar
la esperanza de crear una sociedad diferente a la
que últimamente se nos ha venido proponiendo
como la única posible. La cinta es
atractiva no sólo por el contenido sino porque
formalmente recoge sin excesos los planteamientos
del Dogma -de Lars von Trier y no del marxismo-
para alcanzar un textura documental de
autenticidad en el retrato de una comuna.
Se trata de una mirada hacia atrás sin ira con
unas dosis de ironía que sirven para subrayar la
ingenuidad de aquellos movimientos de izquierda
que en un momento determinado llegaron a
plantearse si fregar era burgués o si era
revolucionario no depilarse. Además, el filme
trata uno de los problemas fundamentales en la
sociedad moderna en las que el riesgo de quedarse
aislado y desocializarse es muy alto e implica,
en último término, un empobrecimiento de los
sistemas democráticos.
 El director acierta
de pleno en su apuesta por mostrar la
multiplicidad de discursos progresistas de los
setenta situando la acción en una comuna, lo que
le permite incorporar a diferentes representantes
de esos movimientos: feministas, lesbianas,
homosexuales, comunistas, pacifistas,
vegetarianos. En dicho contexto, para que las
situaciones cómicas funcionen, se integra un
elemento ajeno: la incorporación a la comuna de
Elisabeth, ama de casa y madre de clase media,
separada de su marido alcohólico. Harta de ser
un burro de carga asume rápidamente aquellas
ideas que suponen una liberación para ella como
mujer y que a partir de ese momento considera
irrenunciables.
La burguesía está
representada por los vecinos que vigilan
morbosamente los acontecimientos de la comuna.
Son, en apariencia, el modelo de lo correcto, de
la familia seria y tradicional adaptada a la
sociedad y a sus convenciones. En realidad, el
matrimonio hace aguas porque está basado en la
rutina y el engaño. La doble moral y la
hipocresía social presiden sus relaciones,
mantenidas por aburrimiento y que en lo sexual
han dejado de existir.
 Al igual que en el brillante y
desolador filme de Ang Lee La tormenta de
hielo -que plantea cuestiones conectadas
con aquellos años en Norteamérica- los niños y
adolescentes son los testigos de la confusión de
los adultos y directos sufridores de sus neuras
ideológicas: desde la ausencia de televisión al
rechazo de la carne en la alimentación. El
dogmatismo en lo referente a la televisión roza
el absurdo con el debate en torno a Pipi
Calzaslargas, icono de rebeldía para una
generación de televidentes, y que algunos
miembros de la comuna consideran representante
del capitalismo y el materialismo. Queda en
evidencia la inutilidad de las posturas extremas
cuya consecuencia directa es el empobrecimiento
intelectual.
Juntos es un
filme coral de sencilla realización pero cuyo
trasfondo apunta hacia la necesidad de recuperar
los discursos de izquierdas -aquellos valores
positivos tamizados por la razón- y sobre todo,
como indica el título, de la política como
participación ciudadana.
Imágenes
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