CRÍTICA
Rubén
Corral
Sobre todo
en el terreno del suspense, no es nada extraño,
a la hora de hacer arrancar una película,
sustraer un personaje para intentar comunicar el
clima de desasosiego que vive el protagonista al
espectador. Es, en cierto modo, el mismo inicio
de la última película de François
Ozon, "Bajo la arena", y es el
mismo también de "La aventura", el
clásico de Antonioni, sólo que
en este último caso nos salimos del acotado
territorio del suspense strictu sensu.
Éste es el
punto de partida de "La pesadilla" (Chasing
sleep, 2000), del debutante Michael
Walker, protagonizada con mucha
convicción por el habitualmente cómico Jeff
Daniels y premiada en algún
festival de cine fantástico de nombre
desconocido. "La pesadilla" merece el
respeto del espectador porque, a esa idea tópica
pero siempre atrayente a poco aficionado que se
sea al género, se une el pulso que mueve la
película, sin duda atribuible al director, que
no tiene miedo a montar planos de más de cinco
segundos o, sólo aparentemente, vacíos de
contenido.
El clima
de desasosiego que surge de la sugerencia de un
delito que queda al descubierto rápidamente
y la adición de otros elementos inquietantes
hacen que la película vaya soltando lastre
conforme avanza la historia, como debe ocurrir en
títulos de este género. Soluciona algunos
misterios a lo largo del metraje y deja siempre
puertas abiertas, incluso al final, que permitan
que el espectador se sitúe en la postura de la
duda razonable.
Pese a la
irregularidad que deriva de la descompensación
de la puesta en escena, que unas veces hace
pensar en M. Night Shyamalan y otras en
Lamberto Bava, "La
pesadilla" es una película que
merece ser vista a pesar del poso amargo que deja.
Quizás porque es una gran historia, el director
parece que se muestra capaz de manejarla, de
llevar los hilos para despertar el interés, y
sin embargo cae en algunas insustancialidades
provocadas por la idea de enseñar en imagen las
fantasías del personaje protagonista, un Jeff
Daniels muy acertado en su papel de profesor
universitario enganchado a los fármacos.
Achacable,
no obstante, es que el rostro sin afeitar y
maltratado por el insomnio del protagonista de "Dos
tontos muy tontos" acabe
recordando al del Bill Pullman antes de
su transformación de la "Carretera
perdida" de David Lynch. La
comparación no es baladí: la idea de la primera
parte de la película de Lynch tiene mucho que
ver con la trama y el desenlace de "La
pesadilla".
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