CRÍTICA
Tònia
Pallejà
Mucho
ruido, pocas nueces
 El último trabajo de
Andy García es, como
su propio título indica (The unsaid), una
película sobre aquello que se calla, sobre lo
que se mantiene enterrado en la memoria sin
ánimo de sacarlo a la luz; sobre aquellos
secretos inconfesables que se esconden o se evita
recordar, por miedo o por pudor, o bien que
nuestros mecanismos psicológicos de
autoprotección reprimen de forma inconsciente
con la finalidad de poder llevar una vida
"normal" en sociedad.
Los límites del
silencio es un film que arranca como un drama
familiar como consecuencia del suicidio de Kyle,
el hijo adolescente de los Hunter, y que acaba
perfilándose como un thriller psicológico a
partir de la aparición de otro adolescente,
Tommy, en las vidas de la familia protagonista.
 Y ciertamente, esta
película tiene mucho de psicológico. Porque no
sólo la llamada "psicología de los
personajes" cobra un papel fundamental, por
no decir decisivo, en ella, sino que además
parte de su trama tiene lugar en el marco de una
terapia -o pseudoterapia- llevada a cabo por
Michael Hunter, el psicólogo al que interpreta
Andy García. Salvando la enorme distancia que
las separa, en este sentido Los límites del
silencio puede hacernos pensar en Recuerda de Hitchcock. En ambas
cintas existe una doble intriga cuyo origen se
halla en un traumático hecho del pasado de sus
protagonistas, y es necesario saber qué les
ocurrió entonces para comprender su forma actual
de comportarse. También coinciden en que, a
pesar de que hay un acto delictivo por medio -en The
unsaid acontecen varios asesinatos-, sigue
tratándose de un thriller puramente psicológico
más que policíaco.
El problema de Los
límites del silencio es que toda esta carga
emocional que se nos va presentando a lo largo de
la película, todo el misterio alrededor de ese
terrible suceso del pasado, acaba resolviéndose
de forma precipitada y algo predecible con la
visita de Michael Tucker a la prisión donde
cumple condena el padre de Tommy, y con una
persecución automovilística cuyo desenlace es
harto autocomplaciente. El film desaprovecha la
oportunidad de jugar más con el espectador y con
sus propios personajes, y es inocentemente
retorcido.
 Los límites del
silencio no puede evitar caer en el
estereotipo, tanto a nivel de los caracteres
humanos que presenta como de las situaciones
habituales en las películas de este género, a
pesar de su notable realización y del encomiable
trabajo interpretativo de su reparto, uno de sus
puntos fuertes a destacar. Tampoco
faltan los flashbacks ni las escenas oníricas en
los momentos en que Michael confunde realidad con
imaginación. Así tenemos al típico psicólogo,
talentoso en el terreno profesional pero incapaz
de resolver los problemas que surgen en su propio
seno familiar. Tras el suicidio de su hijo se
aisla del mundo, es abandonado por su esposa y ve
como la relación con su otra hija se va
enfriando cada vez más. La joven en cuestión,
también desorientada por la muerte de su
hermano, intenta desconectar de la tragedia
sumergiéndose en ambientes de fiesta en los que
las drogas y el alcohol son habituales, pero como
es buena chica no cae en más error que en el de
tener un novio cretino. Teri Polo es la
ex-alumna de Michael, y obviamente siente por él
una admiración que roza el enamoramiento, aunque
al final entre ellos dos no acaba sucediendo
nada, porque de sexo explícito en esta película
hay más bien poco, y el poco que se nos señala
-más que se nos muestra- se inscribe entre los
delitos penados por la ley. En cuanto al
personaje de Tommy, recuerda al de aquel joven Edward
Norton de Las dos caras de la
verdad pero bastante menos perverso
y maquiavélico. Porque en definitiva, ésta es
una película de buenazos, y si alguno de ellos
lleva a cabo un acto criminal es porque está
psicológicamente perturbado, pero se le ofrece
todo el apoyo y la comprensión posibles.
Al final, Tom
McLoughlin se contenta con ofrecernos un happy
end, le basta con desvelarnos la raíz de los
problemas mentales de Michael y Tommy, pero en el
plano argumental a uno le queda más de un cabo
por atar.
Se trata de
un film entretenido, incluso correctamente
conducido hasta el momento de su desenlace, pero
sin la capacidad de sorprendernos con el
contundente final que parecía prometer.
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