CRÍTICA
Fernando
Bernal
Arriba
y abajo
La última
vez, hace tres años, Julio Medem dejó al
espectador congelado con un plano de Otto
capturado por las pupilas sin vida de Ana, un
final triste para dos jóvenes que representaban
la parte idílica del amor, el romanticismo
trasladado a terrenos de devoción y de
sacrificio a las puertas del Círculo Polar. El
director de "Tierra" y "La
ardilla roja" ha esperado hasta su
quinto trabajo para subrayar la parte física del
amor, los roces, las caricias, el contacto carnal
y el sexo explícito. "Lucía y el
sexo" avanza a través de escenas tórridas
de sexo filmadas por el nuevo ojo digital de
Medem que busca los ángulos más recónditos e
inusuales y que no elude lo explícito. El
sexo en primer plano, libre y realista, se
presenta siempre como preludio inevitable de la
catarsis emocional -de la búsqueda del
corazón del otro para comerlo a bocados y vivir
en él- y nunca como una forma de redundar en un
planteamiento estético vacío, provocar que la
temperatura del patio de butacas se eleve o
escandalizar a través de lo evidente.
Julio Medem
comienza su filme con un plano de algas que se
mueven anunciando cambios en el fondo del mar,
pero inmediatamente el director traslada la
narración a la superficie anunciando cuál va a
ser la dinámica de la obra: ascensos y descensos
emocionales, parejas, agujeros y faros, una Isla
que se mueve por no estar agarrada a la tierra y
un farero que la puede guiar, amor y sexo, muerte
y reencuentro, algas y tierra, creador y
personajes, padre e hija, arriba y abajo...
El
director donostiarra ahonda en su particular
investigación sobre la estructura del relato
cinematográfico y plantea una historia
que se mueve entre el pasado y el presente, en
unas coordenadas horizontales, y entre la
realidad y la ficción, en su eje vertical, para
regresar al punto de partida y remarcar la
condición de circularidad de la historia. La
conjunción de coordenadas permite al director
salpicar de poesía las imágenes de la vida
cotidiana de sus personajes y explicar los hechos
irreales que se intercalan como una constante en
su existencia... en palabras de Lorenzo (Tristán
Ulloa), el escritor protagonista de
"Lucía y el sexo" en el que Medem
parece prolongar algo de su propia condición de
creador, «la primera ventaja es que cuando el
cuento llega al final no se acaba, sino que se
cae por un agujero... y el cuento reaparece en la
mitad del cuento. La segunda ventaja, y la más
grande: que desde aquí se le puede cambiar el
rumbo».
El título
de la película, si se analiza gramaticalmente,
contiene parte de las claves que permiten
desgranar, poco a poco, este complejo filme. Por
un lado, está Lucía (Paz Vega), sujeto y
protagonista absoluta de la historia, una mujer
inocente e impulsiva que quiere a Lorenzo («me
voy a morir de tanto amor») y que huye cuando se
entera de que él ha sufrido un accidente mortal
con la intención de reencontrarse con su pasado
y, de paso, con la Isla que cautivó y marcó
definitivamente la existencia de su amado. La
conjunción "y" coordina al resto de
personajes que circulan alrededor de la vida de
Lucía -o, como apunta poéticamente Medem, lo
que hay entre el Sol y la Luna-. Lorenzo,
escritor enfermo de amor y de recuerdos, que no
se cree merecedor del amor de Lucía -«es mejor
que no me esperes»- al que ha llegado casi de
casualidad, aislado de la vida real por la
incapacidad de convivir con su pasado. Sin rumbo,
se encuentra Elena (Najwa Nimri), sin su
hija, sin Luna, recluida en la Isla, la mejor
cocinera, la mejor amante no es feliz y se tiene
que conformar con intentar hacer satisfacer a los
demás; no puede llorar y es una sirena que ha
perdido su cola. Belén (Elena Anaya) es la
conexión de Lorenzo con el universo literario,
el nexo que utiliza Medem para rebasar la
frontera entre realidad y ficción a su antojo,
según sus conveniencias, y colocar a su
protagonista ante la angustia creativa que siente
el creador; Belén es una mujer que representa la
parte destructiva y fatal del deseo.
Ellos
componen los cuatro lados de una historia de amor
y pasión aderezada con la inevitable mirada
poética sobre la realidad de un director que ha
conseguido sumergirse en el siempre complejo
concepto del estilo pero sin perder nunca el
rumbo de sus historias y sus identificables
personajes. Medem deja su sello en otra
magnífica obra en la que las cosas se resuelven
al ritmo que impone la fuerza del relato
y en la dirección que marca el timón narrativo
de un director que acompaña a sus protagonistas
en un viaje en el que primero son sombras
proyectadas entre la espuma del mar, luego
consiguen apariencia física y, finalmente,
entidad propia. El mismo proceso al que tiene que
hacer frente un creador ante un folio en
blanco..., el trayecto que separa la realidad de
la ficción.
Imágenes
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