CRÍTICA
Javier
M. Tarín
En nuestra
sociedad supuestamente abierta escandaliza
todavía la claridad en torno a un tema -la
sexualidad- que sigue siendo básico en la
relación entre los seres humanos. A pesar de la
continua representación del sexo en las
pantallas, ésta se ve continuamente constreñida
por parámetros extremos. Desde la imagen
pornográfica que supone un falseamiento total
del mismo pues obedece en la mayor parte de los
casos a una construcción a medida de sus
consumidores natos: los hombres. Hasta las
puritanas aproximaciones del cine norteamericano
comercial que engaña igualmente con polvos de
diseño o construye hueros discursos sobre el
sexo sin mostrarlo caso emblemático es la
infumable Gigoló,
que trata de la prostitución masculina,
obviamente en clave de comedia.
La última
película de Julio Medem, cuya transparencia en
intención arranca ya en el título, representa
el sexo de forma verídica: con amor o sin
compromiso, con uno mismo o con el otro. Un
sexo explícito que responde a la necesidad de
reflejar la cotidianeidad de la relación de
pareja y que a este autor cinematográfico le
interesa especialmente como un generador de
fantasías, de fábulas y de imágenes.
Pero sobre
todo, destaca la incorporación del punto de
vista femenino en relación con el sexo, tabú
histórico por razones ideológicas que todavía
opera en muchas partes y en casi todas las
pantallas. De ahí las dos masturbaciones
femeninas, restringidas al cine pornográfico
como manera de excitar al hombre, y que en el
filme de Medem, por el contrario, suponen la
aceptación del placer sexual de las mujeres. La
representación pornográfica se incluye en el
propio relato de una manera que trata de romper
el molde tradicional del consumo masculino. El
hecho de que la madre de Belén sea actriz porno
explica su desinhibición sexual y la concreción
del deseo en actitudes placenteras que han sido
tradicionalmente invisibles en el caso de las
mujeres.
Por otra
parte, el director ha declarado que se trata del
trayecto vital inverso al propuesto por su filme
anterior Los
amantes del Circulo Polar. Por eso
la huida de Lucía en el arranque busca la
distancia con la muerte, con la oscuridad de la
ciudad y el viaje hacia la luz mediterránea de
Formentera, y de alguna forma adelanta un final
teñido de cierta felicidad por el posible
reencuentro. Una vez más la historia se articula
con el azar como fuente de encuentros entre unos
personajes ya relacionados sin saberlo y, en
definitiva, al servicio de la historia que se
quiere narrar.
Medem
sigue proporcionando unas imágenes llenas de
textura y admiración estética que le sirven
para desarrollar un relato en torno a las
relaciones humanas, en concreto de pareja, y a su
vez sobre el proceso creativo del escritor y la
relación realidad/ficción. Para ello
huye esta vez del celuloide y experimenta con un
sistema de rodaje en alta definición -el Hdcam-
lo que según el propio director comporta
ventajas de orden económico y por tanto de
libertad creativa: se puede rodar sin miedo al
gasto de película; un equipo de rodaje más
reducido que supone una agilidad e intimidad
mayores para la filmación; y condiciones de
luminosidad escasas. Un experimento que no le ha
salido nada mal a juzgar por el resultado.
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