CRÍTICA
Tònia
Pallejà
La
irregularidad y el sexo
Intimista,
hermético, introspectivo, onírico,
atmosférico, hipnótico, visualmente poético,
metafísico, idiosincráticamente autosuficiente.
El cine de Julio Medem (Vacas, La
ardilla roja, Tierra, Los amantes del círculo
polar) siempre se había
caracterizado por su marcada personalidad, una
inconfundible caligrafía capaz de dibujar y dar
color a las obsesiones humanas con su hermoso
trazo. Pero desengañémonos, esta marca de la
casa también puede ser -y de hecho se ha
convertido en ello- una forma de vender, una
manera de justificar desaciertos, de esconder o
de contagiar con su halo cualquier subproducto. Lucía
y el sexo, último trabajo del director que
ahora se presenta en nuestras carteleras, ha sido
el más publicitado de sus estrenos, y
precisamente por ello el más decepcionante. Tal
vez sea su apuesta más arriesgada y transgresora
hasta el momento, pero también se trata
del menos notable de los films del autor.
Así como
en otras ocasiones el realizador donostiarra era
capaz de tomar una historia cualquiera y,
dotándola con su particularísimo estilo,
convertirla en una fábula preciosista sobre sus
fantasmas personales, en Lucía y el sexo,
Medem trata de explotar la vena poética de una
historia excesiva y desequilibrada usando unos
versos gastados y sin que nada acabe de rimar
demasiado bien.
En Lucía y el sexo, el menos
medem de los trabajos del director, su perfume no
deja de estar presente, pero demasiado a menudo
resulta irreconocible, desplazado por vientos
poco favorables, confundido entre un caos
aromático de origen incierto, con referencias
insospechadas. El entorno mediterráneo, la
gastronomía y un erotismo patente nos remiten al
Bigas Luna de Son de
Mar. Unos personajes con pasados
rocambolescos, tragedias sacadas de la letra de
una copla urbana y unos diálogos ridículos, nos
recuerdan demasiado a menudo al cine de Almodóvar, aunque
sin su "petardeo" habitual.
En
una película en que la creación literaria juega
un papel fundamental a nivel temático, nos
encontramos ante un guión, escrito por el propio
Medem, cuya irregularidad resulta alarmante.
Tan pronto sumerge a sus personajes en el más
elevado de los trances metafóricos, como
contiene frases -pretendidamente de una
profundidad rotunda- que rozan la absurdidad y
provocan la risa. Amén de algunos diálogos a
los que no se puede calificar con otro apelativo
que el de estúpidos, y que sorprende que hayan
salido de la misma pluma. Este desequilibrio, que
ya se dejaba entrever en anteriores trabajos del
autor, se hace aquí mucho más evidente.
Dicha
carencia literaria no consigue verse compensada
por el trabajo, en líneas generales bastante
deficiente, de un grupo de actores surgidos en su
mayoría de la pequeña pantalla (Paz Vega, Tristán
Ulloa, Javier Cámara...), y
que, aunque correctos para el nivel exigible en
una comedia familiar, denotan demasiado a menudo
una falta de recursos interpretativos.
Precisamente esto se acusa por el hecho de que
mientras en las escenas menos comprometidas salen
airosos, es a la hora de afrontar registros más
dramáticos cuando no dan la talla. A éstos se
suma Najwa Nimri, actriz
que repite a las órdenes de Medem tras Los
amantes del círculo polar, y que se
reinterpreta en cada nuevo papel, es decir, se
limita a hacer de sí misma. Únicamente
salvaría el trabajo de Elena Anaya, que a
pesar de la marginalidad inherente de su
personaje, consigue salvarlo del tópico gracias
a su frescura y su inocente perversidad.
Nos
encontramos ante una película de estructura
inconsistente que pasa de la comedia al drama,
del pasado al presente, con una brusquedad y una
torpeza faltas de toda conciencia. La historia
misma, si uno la despoja de todo su artificio
literario y estético, de todo su arsenal
metafórico y de juegos lingüísticos, ya está
plagada suficientemente de excesos argumentales,
como para que además se la sobrecargue en el
pulso de la narración. Es una historia de
amores, pasiones, dolor y muerte, de personas que
se encuentran, se desencuentran y se vuelven a
encontrar, y que al final, sea cual sea su
procedencia, acaban confluyendo de una manera u
otra en la isla. Un azar forzado por los hilos de
Medem, gran amante de las casualidades y los
guiños del destino, pero que en esta ocasión no
acaba de resultar convincente. Se trata de una
historia mal contada, que no invita al espectador
a entrar en su entramado, a disfrutar con sus
trampas y giros, que te deja más bien pasivo.
El montaje de la cinta debió de ser un proceso
complicado, ya que Medem contaba con gran
cantidad de material que de antemano sabía que
no podría aprovechar, y tal vez por ello la
elección del resultado final no haya sido la
más brillante.
En cuanto a
los personajes que nos presenta el film, ya sea
por lo expuesto anteriormente o por la propia
forma en que han sido construidos, no consiguen
enganchar al espectador, no tienen la más
mínima transcendencia. No entendemos qué los
mueve, y hemos de creer en sus sentimientos
únicamente a través de las palabras con que
ellos mismos los expresan -transmisión a veces
poco afortunada-. Se enfrentan a los
acontecimientos con un estoicismo pasmoso, o bien
se desesperan de una forma poco convincente que
por eso mismo resulta desproporcionada. Si a esto
le añadimos unas interpretaciones sin fuerza,
sus dimensiones psicológicas nos llegan tan
debilitadas y confusas, que parecen descolocados
y borrosos.
Como en
anteriores films, Medem explora -y explota- el
mundo mental de sus personajes, un universo
ilimitado, de difícil acceso, con unas reglas
propias, que frecuentemente choca con la vida
real o se confunde con ella. En Lucía y el
sexo, Lorenzo, como escritor -también como
reflejo del propio director-, recoge lo que le
sucede en sus libros y acaba confundiendo
realidad y ficción. Lucía, como lectora
apasionada de sus novelas -lectura que la llevó
a enamorarse antes del escritor que del hombre-,
se sumerge en sus fantasías literarias, y
también acaba siendo presa del desconcierto.
Huye para releer un libro aún sin final, para
revivir algo que ya ha conocido a través de la
letra impresa. Pero la forma en que todos estos
elementos están tratados y se relacionan,
resulta tan compleja y poco natural, tan poco
transparente y creíble, que a la confusión de
los personajes se añade la del propio
espectador, que debe hacer un esfuerzo extra para
autoconvencerse de la magnitud que tiene para
ellos aquello que se le intenta explicar.
La
fotografía, en sus diferentes facetas, permite a
Medem operativizar su particular tratamiento
visual, exhibir su poética mental, dar ese tinte
sentimental a sus historias, como una pista sobre
el tono en que debe ser leída la partitura. Así
encontramos el blanco glaciar de Los amantes
del círculo polar, o los marrones y ocres de
Tierra. En Lucía
y el sexo, el realizador
donostiarra optó por rodar con una cámara
digital, que por una parte le permitía
trabajar con un equipo más reducido y mucho más
ligero, y por otra retocar las imágenes por
ordenador para conseguir los resultados deseados.
El resultado ha sido una composición menos
impactante que en anteriores trabajos, adaptada a
los diferentes momentos emocionales de la
película, pero que al igual que desaprovecha
muchas oportunidades de lucimiento que el
paisaje, tanto humano como natural, le rinde,
recoge otras de forma desacertada. En el pasado
urbano, oscura, críptica y febril en los
momentos de desesperación, más cálida en los
instantes de felicidad. En el presente isleño,
asume los colores del mediterráneo, no sólo en
los exteriores, inundándose de luz, quemándose
por el sol. Esta sobreexposición intencionada y
ambigua arrasa unos perfiles que ya de por sí no
estaban demasiado bien trazados.
Por
último, un pequeño apunte en referencia al
sexo, coprotagonista del título del film, y arma
de doble filo, que empaña y hasta consigue
eclipsar esta historia. Es obvio que el sexo
vende, no en vano ha atraído a otro tipo de
público poco habitual hasta el momento entre las
filas de seguidores del cine de Medem. Se trata
de una sexualidad sin tapujos,
acariciando la pornografía, pero que no
escandaliza por la forma abierta con que nos es
mostrada, sino que más bien aburre porque salvo
en contadas ocasiones apenas aporta algo a la
historia, y demasiado a menudo resulta
incluso contraproducente. Cuando se supone
natural, resulta artificioso y ridículo, y
cuando se pretende enfermizo y obsesivo, resulta
mucho más espontáneo. Medem ha forzado este
elemento hasta convertirlo en un personaje más,
y pesa como un lastre en esta historia ya de por
sí débil, que se doblega fácilmente.
En
resumidas cuentas, una isla que, como la
película, flota a la deriva en aguas poco
seguras. Un faro, y unas estrellas, que no han
servido a Medem de mucha guía para llegar a buen
puerto. Lucía y el sexo, film que, por su
inmadurez conceptual y de desarrollo, sorprende
encontrar a estas alturas de la carrera de un
director, parece el esbozo incompleto de otra
película que hubiera tenido que realizarse con
posterioridad. El problema es que no se trata de
los apuntes, sino de la tesis final.
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