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LUCÍA Y EL SEXO


cartel Dirección y guión: Julio Medem.
País:
España.
Año: 2000.
Duración: 127 min.
Interpretación: Paz vega (Lucía), Tristán Ulloa (Lorenzo), Najwa Nimri (Elena), Daniel Freire (Carlos / Antonio), Elena Anaya (Belén), Silvia Llanos (Luna), Javier Cámara (Pepe).
Producción: Fernando Bovaira y Enrique López Lavigne.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía:
Kiko de la Rica.
Montaje: Iván Aledo.
Dirección artística: Montse Sanz.

 

CRÍTICA

Tònia Pallejà

La irregularidad y el sexo

Intimista, hermético, introspectivo, onírico, atmosférico, hipnótico, visualmente poético, metafísico, idiosincráticamente autosuficiente. El cine de Julio Medem (Vacas, La ardilla roja, Tierra, Los amantes del círculo polar) siempre se había caracterizado por su marcada personalidad, una inconfundible caligrafía capaz de dibujar y dar color a las obsesiones humanas con su hermoso trazo. Pero desengañémonos, esta marca de la casa también puede ser -y de hecho se ha convertido en ello- una forma de vender, una manera de justificar desaciertos, de esconder o de contagiar con su halo cualquier subproducto. Lucía y el sexo, último trabajo del director que ahora se presenta en nuestras carteleras, ha sido el más publicitado de sus estrenos, y precisamente por ello el más decepcionante. Tal vez sea su apuesta más arriesgada y transgresora hasta el momento, pero también se trata del menos notable de los films del autor.

Así como en otras ocasiones el realizador donostiarra era capaz de tomar una historia cualquiera y, dotándola con su particularísimo estilo, convertirla en una fábula preciosista sobre sus fantasmas personales, en Lucía y el sexo, Medem trata de explotar la vena poética de una historia excesiva y desequilibrada usando unos versos gastados y sin que nada acabe de rimar demasiado bien.

En Lucía y el sexo, el menos medem de los trabajos del director, su perfume no deja de estar presente, pero demasiado a menudo resulta irreconocible, desplazado por vientos poco favorables, confundido entre un caos aromático de origen incierto, con referencias insospechadas. El entorno mediterráneo, la gastronomía y un erotismo patente nos remiten al Bigas Luna de Son de Mar. Unos personajes con pasados rocambolescos, tragedias sacadas de la letra de una copla urbana y unos diálogos ridículos, nos recuerdan demasiado a menudo al cine de Almodóvar, aunque sin su "petardeo" habitual.

En una película en que la creación literaria juega un papel fundamental a nivel temático, nos encontramos ante un guión, escrito por el propio Medem, cuya irregularidad resulta alarmante. Tan pronto sumerge a sus personajes en el más elevado de los trances metafóricos, como contiene frases -pretendidamente de una profundidad rotunda- que rozan la absurdidad y provocan la risa. Amén de algunos diálogos a los que no se puede calificar con otro apelativo que el de estúpidos, y que sorprende que hayan salido de la misma pluma. Este desequilibrio, que ya se dejaba entrever en anteriores trabajos del autor, se hace aquí mucho más evidente.

Dicha carencia literaria no consigue verse compensada por el trabajo, en líneas generales bastante deficiente, de un grupo de actores surgidos en su mayoría de la pequeña pantalla (Paz Vega, Tristán Ulloa, Javier Cámara...), y que, aunque correctos para el nivel exigible en una comedia familiar, denotan demasiado a menudo una falta de recursos interpretativos. Precisamente esto se acusa por el hecho de que mientras en las escenas menos comprometidas salen airosos, es a la hora de afrontar registros más dramáticos cuando no dan la talla. A éstos se suma Najwa Nimri, actriz que repite a las órdenes de Medem tras Los amantes del círculo polar, y que se reinterpreta en cada nuevo papel, es decir, se limita a hacer de sí misma. Únicamente salvaría el trabajo de Elena Anaya, que a pesar de la marginalidad inherente de su personaje, consigue salvarlo del tópico gracias a su frescura y su inocente perversidad.

Nos encontramos ante una película de estructura inconsistente que pasa de la comedia al drama, del pasado al presente, con una brusquedad y una torpeza faltas de toda conciencia. La historia misma, si uno la despoja de todo su artificio literario y estético, de todo su arsenal metafórico y de juegos lingüísticos, ya está plagada suficientemente de excesos argumentales, como para que además se la sobrecargue en el pulso de la narración. Es una historia de amores, pasiones, dolor y muerte, de personas que se encuentran, se desencuentran y se vuelven a encontrar, y que al final, sea cual sea su procedencia, acaban confluyendo de una manera u otra en la isla. Un azar forzado por los hilos de Medem, gran amante de las casualidades y los guiños del destino, pero que en esta ocasión no acaba de resultar convincente. Se trata de una historia mal contada, que no invita al espectador a entrar en su entramado, a disfrutar con sus trampas y giros, que te deja más bien pasivo. El montaje de la cinta debió de ser un proceso complicado, ya que Medem contaba con gran cantidad de material que de antemano sabía que no podría aprovechar, y tal vez por ello la elección del resultado final no haya sido la más brillante.

En cuanto a los personajes que nos presenta el film, ya sea por lo expuesto anteriormente o por la propia forma en que han sido construidos, no consiguen enganchar al espectador, no tienen la más mínima transcendencia. No entendemos qué los mueve, y hemos de creer en sus sentimientos únicamente a través de las palabras con que ellos mismos los expresan -transmisión a veces poco afortunada-. Se enfrentan a los acontecimientos con un estoicismo pasmoso, o bien se desesperan de una forma poco convincente que por eso mismo resulta desproporcionada. Si a esto le añadimos unas interpretaciones sin fuerza, sus dimensiones psicológicas nos llegan tan debilitadas y confusas, que parecen descolocados y borrosos.

Como en anteriores films, Medem explora -y explota- el mundo mental de sus personajes, un universo ilimitado, de difícil acceso, con unas reglas propias, que frecuentemente choca con la vida real o se confunde con ella. En Lucía y el sexo, Lorenzo, como escritor -también como reflejo del propio director-, recoge lo que le sucede en sus libros y acaba confundiendo realidad y ficción. Lucía, como lectora apasionada de sus novelas -lectura que la llevó a enamorarse antes del escritor que del hombre-, se sumerge en sus fantasías literarias, y también acaba siendo presa del desconcierto. Huye para releer un libro aún sin final, para revivir algo que ya ha conocido a través de la letra impresa. Pero la forma en que todos estos elementos están tratados y se relacionan, resulta tan compleja y poco natural, tan poco transparente y creíble, que a la confusión de los personajes se añade la del propio espectador, que debe hacer un esfuerzo extra para autoconvencerse de la magnitud que tiene para ellos aquello que se le intenta explicar.

La fotografía, en sus diferentes facetas, permite a Medem operativizar su particular tratamiento visual, exhibir su poética mental, dar ese tinte sentimental a sus historias, como una pista sobre el tono en que debe ser leída la partitura. Así encontramos el blanco glaciar de Los amantes del círculo polar, o los marrones y ocres de Tierra. En Lucía y el sexo, el realizador donostiarra optó por rodar con una cámara digital, que por una parte le permitía trabajar con un equipo más reducido y mucho más ligero, y por otra retocar las imágenes por ordenador para conseguir los resultados deseados. El resultado ha sido una composición menos impactante que en anteriores trabajos, adaptada a los diferentes momentos emocionales de la película, pero que al igual que desaprovecha muchas oportunidades de lucimiento que el paisaje, tanto humano como natural, le rinde, recoge otras de forma desacertada. En el pasado urbano, oscura, críptica y febril en los momentos de desesperación, más cálida en los instantes de felicidad. En el presente isleño, asume los colores del mediterráneo, no sólo en los exteriores, inundándose de luz, quemándose por el sol. Esta sobreexposición intencionada y ambigua arrasa unos perfiles que ya de por sí no estaban demasiado bien trazados.

Por último, un pequeño apunte en referencia al sexo, coprotagonista del título del film, y arma de doble filo, que empaña y hasta consigue eclipsar esta historia. Es obvio que el sexo vende, no en vano ha atraído a otro tipo de público poco habitual hasta el momento entre las filas de seguidores del cine de Medem. Se trata de una sexualidad sin tapujos, acariciando la pornografía, pero que no escandaliza por la forma abierta con que nos es mostrada, sino que más bien aburre porque salvo en contadas ocasiones apenas aporta algo a la historia, y demasiado a menudo resulta incluso contraproducente. Cuando se supone natural, resulta artificioso y ridículo, y cuando se pretende enfermizo y obsesivo, resulta mucho más espontáneo. Medem ha forzado este elemento hasta convertirlo en un personaje más, y pesa como un lastre en esta historia ya de por sí débil, que se doblega fácilmente.

En resumidas cuentas, una isla que, como la película, flota a la deriva en aguas poco seguras. Un faro, y unas estrellas, que no han servido a Medem de mucha guía para llegar a buen puerto. Lucía y el sexo, film que, por su inmadurez conceptual y de desarrollo, sorprende encontrar a estas alturas de la carrera de un director, parece el esbozo incompleto de otra película que hubiera tenido que realizarse con posterioridad. El problema es que no se trata de los apuntes, sino de la tesis final.


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