CRÍTICA
Leandro
Marques
Una
fábula de amor y glamour en París
Todos
alguna vez, unos seguramente con mayor
convicción que otros, añoraron vivir un amor
así. La pregunta, entonces, sería: ¿eso fue
antes o después de haber visto una película por
primera ocación? Moulin Rouge, la última
apuesta cinematográfica de Baz
Luhrmann, el audaz realizador de la Romeo+Julieta
interpretada por Leonardo Di
Caprio, sobrevuela, casi siempre con
eficacia, por todo el mundo de fantasías,
colores y sueños que es capaz de recrear el
cine.
Al
igual que en su taquillera película anterior,
Luhrmann revela en su nueva obra su interés por
los tintes de tragedia y su simpatía por
coquetear con la estética y costumbres de una
época y combinarlas con las prácticas
habituales de otra. Situado en el París
de 1900, en pleno auge del movimiento cultural,
sexual y artístico de esos años, el célebre Moulin
Rouge se convierte rápidamente en el máximo
referente de los famosos centros nocturnos en el
que desfilan eufóricos, exultantes, las mujeres
más hermosas y los hombres más acaudalados.
Allí, en medio de todo ese esplendoroso festival
del glamour, el director se regocija
introduciendo canciones pop absolutamente fuera
de época, que utiliza para hilvanar algunos
diálogos desopilantes. El repertorio es tan
amplio y variado como divertido su uso: va desde
fragmentos de temas de Queen, The Beatles hasta David Bowie, pasando
por U2 y Madonna, entre
varios otros.
Ella es la
más bella cortesana de todas. Él, un pobre
escritor con sueños de amor y libertad. Una
noche, gracias al azar y a una serie de malos
entendidos, el destino los cruza. Él la enamora
con su poesía, ella lo hechiza con la luz que
irradian sus ojos. Vuelan. Pero todo se termina
abruptamente, cuando la dulce Satine (Nicole
Kidman, linda como siempre pero no
demasiada expresiva) advierte la confusión: no
era él el millonario Duque al que estaba
predispuesta a convencer de financiar una obra de
teatro. Un rato después, una vez utilizados
todos sus encantos para atrapar al poderoso
inversor, la trama queda definida. Christian
(correcto Ewan McGregor), el joven
escritor enamorado, se transforma en el director
de la obra que le permitiría a su amada
concretar, por fin, sus aspiraciones de dejar de
ser una simple bailarina de can can y convertirse
en una actriz de verdad.
Como
una fábula, la película gira en torno al poder
del amor ideal, capaz de superar todos los
obstáculos que se le crucen por el camino.
La bella y el muchacho se aman, pero malvados
intereses se interponen en su felicidad: los
comerciales del exorbitante dueño del burdel
-excelente interpretación de Jim
Broadbent, quien también brillara en Topsy
Turvy de Mike Leigh-, para
quien, como para muchos otros, "el show debe
continuar" pase lo que pase, y del Duque,
capaz de cualquier cosa por adueñarse del
corazón de Satine.
Atravesada
por amplios destellos de humor, romance, y
también de tragedia, la cinta, sin embargo,
responde a todas las características del género
musical. Así también lo siente Luhrmann, quien
explica que "Moulin Rouge es una
historia narrada a través de la canción".
Además, pese a lo encantador -efímeramente
encantador- de su argumento, el verdadero
poder del film se centra en su impactante
despliegue visual. Desde su puesta en escena, sus
coreografías, la ambientación y el vestuario
hasta los efectos especiales, todos los
recursos que reúne el realizador están
focalizados en la composición de imágenes
rebalzantes de colores, de magia y de fantasía.
Que recrean la sensación de un viaje a través
de un cuento de hadas.
Muchas veces, introducirse en estos
mundos ideales, de amores heroicos e invencibles,
implica la construcción en el imaginario de las
personas reales, las que están del otro lado de
la pantalla, de una concepción sobre la vida que
tal vez no sea la más cercana a la verdad.
Películas como ésta son las que alimentan la
falsa noción de súper hombres, de sueños
inalcanzables, de héroes irreales, y crean
necesidades que, como imposibles de ser
satisfechas, producen frustración y parálisis.
También es
posible amar siendo un hombre común, miedoso y
real. También se pueden vivir historias
increíbles siendo una persona normal, lo único
es que hay que estar dispuesto a vivirlas pese a
no ser más que un ser humano simple y corriente.
Igualmente, películas como Moulin Rouge,
capaces de regalar un buen rato de
entretenimiento, no tienen la culpa de nada. La
culpa es de todos, los que tanto tardamos en
advertir que, para soñar, no hace falta vivir en
ningún cuento de hadas.
Imágenes
de Moulin Rouge - Copyright © 2001 Bazmark Films
y 20th Century Fox. Fotos por Sue Adler. Todos
los derechos reservados.
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