CRÍTICA
Rubén
Corral
Ínfulas
para un telefilme
Hay
películas necesarias. Películas que, por sus
valores, por el tema que tratan o por su candente
actualidad deben ser aplaudidas. Por desgracia,
también hay películas necesarias cuyos valores
cinematográficos son totalmente nulos. Éste es
el caso del debut en la dirección de Javier
Balaguer, "Sólo mía", una
película que toca el escabroso tema de los malos
tratos en la pareja en la España de hoy mismo.
Una opera prima que peca de querer
abarcar absolutamente este problema social y que
comete el error (de debutante) de preñar todos y
cada uno de sus planos de frases representativas
y cargadas de significado que no hacen sino
restar credibilidad y aturullar el ritmo de
una trama tan apegada a la realidad. No obstante,
la descompensada cadencia con que tiene lugar la
acción queda todavía más quebrada por un découpage
que hace que la película se inicie con un plano
subjetivo (técnicamente el más conseguido del
film, aunque su utilidad sea más bien dudosa) en
el que descubrimos a Ángela (excepcional Paz Vega
imponiéndose a unos diálogos hechos contra la
actriz), una mujer que ha atado a alguien a una
silla a través de cuyos ojos vivimos la acción.
Por los reproches que ésta le hace inferimos que
se trata de Joaquín, su marido (Sergi
López), un maltratador que ahora se
encuentra en la tesitura contraria.
De no ser
por estas licencias estructurales, que quizás
puedan calificarse como de ínfulas, las
diferencias de la película con un telefilme de
sobremesa son más bien mínimas. La
película, que tiene (legítima) prisa por llegar
al meollo de la cuestión, renquea por todos los
flancos de un guión (escrito al alimón por el
director y Álvaro García Mohedano tomando
algunas experiencias reales de víctimas de
violencia conyugal) que no escatima proclamas mal
incluidas o situaciones forzadas que siempre, de
manera mecánica, se limitan a poner en tela de
juicio los "motivos" de la violencia
del marido o la violencia de manera explícita en
algunos casos (para peor) o implícita. Y es que
Balaguer no mantiene ningún criterio a
la hora de encarar el punto fuerte y más
doloroso de su película: unas veces lo muestra y
otras no; cuando lo muestra tampoco sostiene un
punto de vista constante, lo que queda
claro por la planificación de los mismos. En
ocasiones son planos sostenidos que vienen y se
van, se alejan y se acercan, en otras plano y
contraplano, en otras una mezcla de ambos (como
en la secuencia de la primera vejación sexual a
que somete Joaquín a su esposa).
También la estética visual
de la película carece, como tantas veces en
nuestro cine, de criterio: el momento
culminante de la trama, ese ajuste de cuentas
entre los dos protagonistas cuyos fragmentos se
insertan entre los recuerdos de su vida juntos,
posee un formato más ancho y una iluminación
más fría (amén de una dominante de color
diferente a la del resto del film). Una
separación estética que no hace sino subrayar
(¡ay, qué vicio!) una disociación temporal que
queda comprendida al primer bote (ha quedado
comprendida al primer bote desde Griffith, pero se
sigue insistiendo) y que provoca, además, esas
interrupciones de todo atisbo de ritmo en la
narración.
Y
al final -un desenlace torpón, improvisado,
culminación al cúmulo de despropósitos- no
llegamos a comprender las razones que la
película se empecina en esgrimir como
motivos (evidentemente no los presenta como
excusas) para la violencia del marido y el
espectador termina instalado en el cómodo
terreno de considerar a Joaquín, como a los
maridos maltratadores, como "malas
personas". Esa ambigüedad que sí tenía el
padre de "El Bola" (película
con la que comparte compromiso social además del
actor -y el personaje, si se me permite- Alberto
Jiménez) es la que le falta al cojo
personaje de un Joaquín encarnado con escasa
convicción por un actor que cada vez parece más
creíble en sus trabajos en francés que en los
que realiza en castellano o catalán.
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