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THE SCORE (UN GOLPE MAESTRO)


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Dirección: Frank Oz.
País:
USA.
Año: 2001.
Duración: 123 min.
Interpretación: Robert de Niro (Nick), Edward Norton (Jack Teller / Brian), Marlon Brando (Max), Angela Bassett (Diane), Gary Farmer (Burt), Jamie Harrold (Steven), Paul Soles (Danny), Serge Houde (Laurent), Jean-René Ouellet (Andre), Martin Drainville (Jean-Claude), Claude Despins (Albert).
Guión: Kario Salem, Lem Dobbs y Scott Marshall Smith; basado en una historia de Daniel E. Taylor y Kario Salem.
Producción: Gary Foster y Lee Rich.
Música: Howard Shore.
Fotografía:
Rob Hahn.
Montaje: Richard Pearson.
Diseño de producción: Jackson De Govia.
Dirección artística: Claude Paré y Tom Reta.
Vestuario: Aude Bronson-Howard.
Decorados: K.C. Fox y Bruno Sorel.

 

CRÍTICA

Leandro Marques
Argentina

La cuenta no deja un saldo redondo

Después de otra exitosa operación -el robo de unas carísimas joyas- Nick decide poner fin a su impecable carrera en el mundo del delito. Es hora, para él, de dedicar su tiempo a la mujer que ama y al club de jazz del que es dueño. Sin embargo -como suele suceder en estos casos-, surge una nueva posibilidad que por distintas razones le es imposible rechazar. Un último golpe. Con una línea argumental tan elemental y previsible como ésta, Cuenta Final (título en Argentina de The score)*, la película que marca el ingreso de un especialista en comedias como es Frank Oz (¿Qué tal, Bob?, Bowfinger) al género de suspenso, nunca logra trascender la función por la cual fue concebida: brindar el marco para el desenvolvimiento de notables actores como Robert de Niro (Nick), Marlon Brando y Edward Norton (La verdad desnuda, El club de la pelea). Y no sólo eso, muchas veces deja la impresión, por la poca solidez del guión y las carencias creativas del realizador -evidentemente resultó cuesta arriba su debut en el género-, de que en lugar de propiciar las virtudes actorales de sus protagonistas, no hace más que acotarlas y limitarlas.

No hace falta esperar demasiado para advertir que el único sostén de la película recaerá en los actores mencionados -a los que puede sumarse el correcto aporte de Angela Bassett-, quienes a fuerza de su inmensurable talento regalan los únicos instantes placenteros del filme (varios diálogos exquisitos entre Brando y De Niro, la conocida destreza de Norton para interpretar papeles que le exigen repartirse en dos personajes distintos), en medio de la livianita historia que los reunió. Porque no hay dudas de que el nivel de impacto de cualquier interpretación está íntimamente ligado, por un lado, al peso específico del personaje a interpretar, y por otro, a la densitud narrativa en la que ese personaje debe desarrollarse.

Cuando la decisión de su retiro estaba tomada, un serio problema de deudas de su amigo y jefe Max (Brando, que se luce con su papel de mentor del robo y carismático vendedor de obras de arte) llevan a Nick a modificar su postura. El plan es robar una antiquísima pieza de valor inestimable que está guardada en la Casa de Aduana de Montreal, la ciudad en que se desarrolla la historia. Para llevarlo a cabo sin riesgos, Nick debe aceptar modificar su rutina de siempre: trabajar solo. Y es ahí donde aparece la figura de Jack Teller (Norton), quien por haber conseguido empleo dentro del imponente edificio donde se guarda el botín conoce secretos que permitirán simplificar la tarea.

La mayor parte de la trama está abocada a explorar la relación entre esos dos personajes tan distintos que resultan ser Nick y Jack. Uno, ya veterano y experto, sabe sus límites y hasta donde es conveniente arriesgarse para llegar al éxito. El otro, audaz y ambicioso, admira a su compañero, pero al mismo tiempo se desvive por demostrar que es tan bueno y talentoso como él. En esa cruza, no demasiada original, Oz ofrece sin recabar demasiado hondo, algunos tenues esbozos de los que, a la larga, son los principales tópicos del filme: la traición, la sabiduría, la desconfianza, la lucha por el poder.

Sería injusto decir que Cuenta Final es una mala película. Pero más injusto sería decir que es buena. Sí puede señalarse la ineludible realidad de que la historia que se cuenta queda demasiado pequeña en consideración de aquello que actores de semejante envergadura son capaces de contar. Al final de la cinta, mientras se desarrolla casi sin peso, sin espacios para la emoción o la tensión y agotándose en situaciones demasiado forzadas y poco creíbles, sólo pueden rescatarse la performance de sus talentosos intérpretes y las deliciosas piezas de jazz que conforman la banda de sonido. Pero eso no alcanza, a la hora de la cuenta total, para revertir un saldo apenas soportable e insulso.


* Nota del editor.


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