CRÍTICA
Rubén
Corral
Veinte
años después
Cito a Miguel
Marías cuando digo que al cine español le
sigue faltando esa La Película de postguerra.
Sin embargo, eso no es óbice para que a algunos
se nos empiece a agotar la paciencia ante
empresas que resultan repetitivas y, ya que la
Guerra Civil y la postguerra nos quedan a algunos
tan lejos, sólo cabe esperar que algún director
de talento sobresaliente pueda ya realizarla (Erice la iba a
rodar, según cuentan, y le decapitaron su
película). Y si en España no tenemos esa
película que sirva de cúspide y cierre, en
Argentina sí que van servidos de grandes
películas sobre la dictadura militar. Yo tengo
un gran recuerdo de "Garage
Olimpo" (Marco
Bechis, 1999), para el gusto del que
escribe, uno de los títulos necesarios del cine
de los noventa. Pues bien. Pese a que la
competencia en una cinematografía pujante en
tiempos de crisis nacional se encuentra a un
nivel elevadísimo, continúan lanzándose
propuestas tan superfluas como esta "Vidas
privadas", del músico y actor Fito Páez, una
película rodada con la supuesta óptica alejada,
fría y sopesada del argentino que se exilió
hace muchos años y que regresa a su país con la
mirada límpida sobre los acontecimientos de
aquella época de los desaparecidos. Nada más
lejos de la realidad.
Fito Páez
se presenta como director de largometrajes (en
1994 ya fue guionista y director del mediometraje
"La balada de Donna
Helana") con una película
prescindible y ampulosa, que pretende
mostrar situaciones límite provocadas por los
desajustes de cuentas con el pasado de una
República Argentina con heridas que todavía
(según Paez) supuran. Y para su propósito
cabalga del melodrama a la tragedia sin solución
de continuidad pretendiendo además que se le
tome como un adaptador del mito de Edipo cuando
en realidad se limita a oscurecer planos vacíos
(imita la pintura de Balthus, según el
director) y revestir de la chapucera estética
del culebrón un argumento trastabillado
que vaga entre la apresurada reconstrucción de
antecedentes en su arranque y el soporífero
alargamiento de los tiempos tras el violento
climax. Un desenlace deudor del mito de
Edipo y al que sólo se acude una vez se ha
terminado el jugo de la historia de los mellizos
Reggiardo Tolosa, arrancados de su familia
durante la dictadura, y que siguieron una suerte
parecida a la del amante de Carmen en la
película.
A que su
película se tome en serio no ayuda, desde luego,
uno de los hipotéticos puntos fuertes del film: una
banda sonora musical tremebunda que subraya con
histerismo algunos momentos de la historia,
reforzando la sensación de que, más que ante
una película, nos encontramos ante un capítulo
más de una teleserie argentina. Tampoco unos
diálogos artificiosos, antinaturales incluso
puestos en boca del más hiperbólico de los
ciudadanos argentinos, que eluden adaptarse a una
realidad concreta (Argentina, veinte años
después de la dictadura) para constituirse en
pomposos pensamientos verbalizados de manera
inverosímil.
La Carmen
Uranga que encarna Cecilia Roth es una
mujer incapaz de entregarse al amor, atenazada
por el recuerdo de un esposo que fue asesinado
por los militares y por un hijo que le robaron
cuando permanecía en prisión. Su sexualidad es
una vía excelente de comprobar su frigidez
amorosa: se masturba junto a la puerta que la
separa de una pareja a la que paga para que hagan
el amor mientras ella escucha. El trabajo de Roth
con el acento es comprensible si se tiene en
cuenta que lleva tanto tiempo o más en España
que su propio personaje. Donde sí que se nota el
esfuerzo interpretativo es en el acento argentino
del valor más brioso del cine mexicano, Gael
García Bernal, que aquí encarna a un
modelo que trabaja también como gigoló y que,
como todos (subrayaría el "todos") los
personajes de la película esconde un esqueleto
en su armario. Junto a ellos, destaca la
interpretación de Dolores Fonzi (ya vista
en la divertida "Esperando al mesías", de Daniel
Burman) y la presencia, una vez más
testimonial, de Héctor Alterio como el
padre de Carmen.
Imágenes
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