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Vidas privadas

 

VIDAS PRIVADAS


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Título internacional: Private lives.
Dirección:
Fito Páez.
Países:
España, Argentina.
Año: 2001.
Duración: 96 min.
Interpretación: Cecilia Roth (Carmen Uranga), Gael García Bernal (Gustavo), Luis Ziembrowski (Alejandro), Dolores Fonzi (Ana), Chunchuna Villafañe (Sofía), Héctor Alterio (padre), Carola Reyna (Roxana), Lito Cruz (Rodolfo).
Guión: Alan Pauls y Fito Páez.
Música: Rodolfo Gandini y Fito Páez.
Fotografía:
Andrés Mazzon.
Montaje: Fernando Pardo.
Ambientación: Marta Motta.
Dirección artística: Jorge Ferrari.
Vestuario: Ana Markarian.

 

CRÍTICA

Rubén Corral

Veinte años después

Cito a Miguel Marías cuando digo que al cine español le sigue faltando esa La Película de postguerra. Sin embargo, eso no es óbice para que a algunos se nos empiece a agotar la paciencia ante empresas que resultan repetitivas y, ya que la Guerra Civil y la postguerra nos quedan a algunos tan lejos, sólo cabe esperar que algún director de talento sobresaliente pueda ya realizarla (Erice la iba a rodar, según cuentan, y le decapitaron su película). Y si en España no tenemos esa película que sirva de cúspide y cierre, en Argentina sí que van servidos de grandes películas sobre la dictadura militar. Yo tengo un gran recuerdo de "Garage Olimpo" (Marco Bechis, 1999), para el gusto del que escribe, uno de los títulos necesarios del cine de los noventa. Pues bien. Pese a que la competencia en una cinematografía pujante en tiempos de crisis nacional se encuentra a un nivel elevadísimo, continúan lanzándose propuestas tan superfluas como esta "Vidas privadas", del músico y actor Fito Páez, una película rodada con la supuesta óptica alejada, fría y sopesada del argentino que se exilió hace muchos años y que regresa a su país con la mirada límpida sobre los acontecimientos de aquella época de los desaparecidos. Nada más lejos de la realidad.

Fito Páez se presenta como director de largometrajes (en 1994 ya fue guionista y director del mediometraje "La balada de Donna Helana") con una película prescindible y ampulosa, que pretende mostrar situaciones límite provocadas por los desajustes de cuentas con el pasado de una República Argentina con heridas que todavía (según Paez) supuran. Y para su propósito cabalga del melodrama a la tragedia sin solución de continuidad pretendiendo además que se le tome como un adaptador del mito de Edipo cuando en realidad se limita a oscurecer planos vacíos (imita la pintura de Balthus, según el director) y revestir de la chapucera estética del culebrón un argumento trastabillado que vaga entre la apresurada reconstrucción de antecedentes en su arranque y el soporífero alargamiento de los tiempos tras el violento climax. Un desenlace deudor del mito de Edipo y al que sólo se acude una vez se ha terminado el jugo de la historia de los mellizos Reggiardo Tolosa, arrancados de su familia durante la dictadura, y que siguieron una suerte parecida a la del amante de Carmen en la película.

A que su película se tome en serio no ayuda, desde luego, uno de los hipotéticos puntos fuertes del film: una banda sonora musical tremebunda que subraya con histerismo algunos momentos de la historia, reforzando la sensación de que, más que ante una película, nos encontramos ante un capítulo más de una teleserie argentina. Tampoco unos diálogos artificiosos, antinaturales incluso puestos en boca del más hiperbólico de los ciudadanos argentinos, que eluden adaptarse a una realidad concreta (Argentina, veinte años después de la dictadura) para constituirse en pomposos pensamientos verbalizados de manera inverosímil.

La Carmen Uranga que encarna Cecilia Roth es una mujer incapaz de entregarse al amor, atenazada por el recuerdo de un esposo que fue asesinado por los militares y por un hijo que le robaron cuando permanecía en prisión. Su sexualidad es una vía excelente de comprobar su frigidez amorosa: se masturba junto a la puerta que la separa de una pareja a la que paga para que hagan el amor mientras ella escucha. El trabajo de Roth con el acento es comprensible si se tiene en cuenta que lleva tanto tiempo o más en España que su propio personaje. Donde sí que se nota el esfuerzo interpretativo es en el acento argentino del valor más brioso del cine mexicano, Gael García Bernal, que aquí encarna a un modelo que trabaja también como gigoló y que, como todos (subrayaría el "todos") los personajes de la película esconde un esqueleto en su armario. Junto a ellos, destaca la interpretación de Dolores Fonzi (ya vista en la divertida "Esperando al mesías", de Daniel Burman) y la presencia, una vez más testimonial, de Héctor Alterio como el padre de Carmen.


Imágenes de Vidas privadas - Copyright © 2001 Circo Beat. Fotos por Alicia Schemper. Todos los derechos reservados.

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