CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
No estamos ante cine; esto es
otra cosa. ¿Cómo aplicar unos innecesarios criterios cuando se
separan brutalmente la imagen y el contenido? ¿Cómo abarcar en
una mirada de 180º todo el trayecto recorrido desde finales del
s. XIX hasta este momento, que de manera abrupta zarandea la
Historia? Tampoco basta la simplista categorización del
espectáculo porque sí, del argumento sin segundos ni terceros
visos. Ni es válido sacar trescientos pies al gato y elevar
ilusionismos volátiles. Si espartanos y persas se enfrentan a
muerte en una batalla de consabida desigualdad, otras dos
centurias –perdónenme el término romano, pero es que la
cinefilia tiene mucho más de invasora que de revolucionaria
cultural– se tiran las lanzas a los ojos: quienes repudian sólo
por el lejano olor cualquier producto asociado a las palabras
videojuego, cómic, novela gráfica, y quienes los acogen en sus
brazos sin nunca cuestionárselos. Tan peligroso es un esnobismo
como el otro, tan empapada del deseo de la sangre del otro está
una mirada como la otra. Al fin y al cabo, esto es la guerra.
Las
contradicciones en la naturaleza del análisis de “300”
alcanzan unas cotas altísimas. Que los viejos pergaminos ya no
nos sirvan para abordar un episodio clásico y tengamos todavía
que esperar a que se formule un lenguaje aún desconocido y
embrionario. Y, sin embargo, la propia película se debate
entre la facilidad de continuar donde estamos y el riesgo de
lanzarse hacia delante. Puede decirse que la poesía salvaje
que desprende el filme se encuentra perdida en un mundo de
intereses a los que no se adecua. La sucesión
de medidos –excesivamente medidos– planos responde a un fin
dramático, pero no sigue ninguna estela narrativa. Es la
muerte del clasicismo, de los sentimientos para dar paso a las
emociones, del
recorte de las ideas por el escaso hueco que ocupan los
ideales. Por otra parte, un panegírico ya anunciado en
anteriores objetos de culto para el amante de un errado
postmodernismo, aunque en esta ocasión la fuerza de las
imágenes termine usurpando el trono.
Bajo un
nubarrón de flechas que oculta el sol, los espartanos se ríen. Y
van dirigidas a ellos. En esta socarronería castrense no se
oculta el discurso de desprecio interracial que algunos se han
extraído de la manga, sino una dolorosa transposición del
espíritu de la película: el acuse de cobardía por la utilización
de medios distantes, lejanos y fríos se extiende a la propia
armadura de la historia, rodada en no menos frías pantallas
azules. ¿Es un chiste de
Zack Snyder? En
todo caso, se trata de una conmovedora toma de conciencia, por
encima de los resultados inestables que alcanza la cinta. El
razonamiento que trenza a los “300” se vuelve más metonímico si
cabe porque su situación es la misma que la del director,
atrapado sin remordimientos a la fidelidad de las viñetas.
¿Puede existir libertad en esas condiciones, puede alumbrarse
una obra auténticamente novedosa junto al mantenimiento del
punto de vista de Frank
Miller? Otro
paso más que "Frank
Miller's Sin City: Ciudad del Pecado"
(2005), sonriente cual Jessica Alba coreografiada, desde el
momento en que dentro de esos encuadres-calco palpita una duda.
Y las contradicciones siguen extendiéndose: el delicado
equilibrio de una épica que puede despertar tanto exacerbadas
sensaciones risibles como bellas acerca de algo despreciable. El
propio público, al que se ha rebajado hasta el punto de venderle
con aromas míticos una Historia que ya no traga, empieza a
cansarse de los recursos que solicitaba con ímpetu. De ahí la
furia de los historiadores que no se dan cuenta de que este
relato se circunscribe en unas coordenadas heroicas y populares,
no académicas, y el carcajeo del espectador medio saturado por
una galería de monstruos más feos que el jabalí de Erimanto.
|
 |
Los espartanos se definen
como hijos de Heracles, si bien las pruebas que van a superar en
el paso de las Termópilas tienen jueces más duros que los dioses
olímpicos. Un ataque elitista que va mal encaminado, pues los
fallos de “300” no provienen de donde apuntan sus dedos
acusadores, a saber: la violencia, no mayor que en una de
Tarantino ni en el debut del propio Snyder; ahora se llama
violencia a cualquier cosa explícita, obviando con reglas
hipócritas terrorismos igual de duros ejercidos desde el cine.
La estética videoclipera, a veces tan cargante como un anuncio
de perfume –el éxtasis del Oráculo–, pero que se renueva
mediante complejos bullet time combinados con zooms
y desaceleraciones. Y, por supuesto, la lectura política, tan
ingenua como inevitable desde que cualquier espectador puede
cuestionarse el presente cuando se pone ante sus ojos el pasado.
Una Grecia en absoluto fiel o fidedigna a las enciclopedias,
pero que tampoco persigue actualizar conflictos actuales para
inyectar moralinas de rápido caducado. Si hay alguna
coincidencia –o muchas– se debe al repetitivo esquema que ha
regido las acciones humanas: el escepticismo ante la religión en
medio de los avatares –el dios persa es un rey que sangra, los
dioses helénicos regalan espectáculos futboleros a su masa
ferviente–; la lucha por la construcción de un mundo que será
recordado por sus ruinas, veneradas en montes y museos; y el
choque cultural, representado en el propio enclave de las
Termópilas, un estrecho desfiladero con el que Occidente
pretendía ahogar la penetración oriental –y no falta la parodia
de un mundo persa libidinoso que sólo atrae la deformidad del
bando contrario–.
Con ese material,
acompañado de tanta ambigüedad, de tantas miradas como
espectadores, es muy fácil que surjan lecturas de todo tipo,
fascistas, homófobas y homosexuales, seguramente todas con su
punto de razón. Pero en cualquier caso la verdadera herida se
abre en el sentido artístico de “300”. Al margen de la novela
gráfica, sumida en el respeto –pueden encontrarse hasta los más
ínfimos detalles, como el Leónidas que muerde una manzana,
también con hercúlea predestinación–, la película
escarcea por la hipérbole, las muertes exageradas, los ejércitos
imposibles, la política del ‘más difícil todavía’, sin que los
ojos se topen con algo decididamente nuevo.
Incluso el imaginario de "Gladiator
(El gladiador)" (2000)
se repite en los lemas de honor –esa hermosa palabra olvidada– y
los trigales de connotaciones fúnebres, el símbolo griego de una
extensión sin horizontes, como la eternidad y la muerte. Las
palabras que explicitan todo esto –sin contar la poderosa voz en
off de David
Wenham– recaen
en unos diálogos endebles, resultado de una cinta no concebida
para el desarrollo tradicionalista en el que terminan sumiéndose
sus tramas secundarias.
Basten unos planos que
resuman todo esto: un joven Leónidas mata a un lobo en fuera de
campo, mientras la sombra del animal se proyecta en el muro. Es
la quiebra definitiva de un recurso clásico, mientras al mismo
tiempo el filme anuncia el punto débil del rey y de sí mismo: la
retaguardia. Y, para tomar la determinación de ir a la guerra,
Leónidas mira consecutivamente a la tierra, al pueblo, a su hijo
y a su mujer. En esta bravura no hay falsas egolatrías o defensa
a ultranza del belicismo inoperante. Sólo valores que ya no
recogen nuestras democracias, pero que pertenecen a lo que
fuimos. Y en esa diatriba se rinde Snyder: la irremediable
herencia del cine que nos precede y el apunte de lo que, con
algo más de voluntad, llegaría a ser.
Calificación:
    
Imágenes
de "300" - Copyright © 2006 Warner Bros.
Pictures, Legendary Pictures y Virtual Studios. Distribuida en
España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "300"
Añade "300" a tus películas favoritas
Opina
sobre "300" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"300" a un amigo
|