CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
¡Que
viene el lobo!
De todos los subgéneros
enmarcados dentro del cine de terror, probablemente sea el del
slasher el que, por definición, menos posibilidades ha
tenido de evolucionar. De hecho, casi podríamos hablar más bien
de una “involución”, habida cuenta de los ilustres antecedentes
que tuvo allá por los años 60 en películas como “Psicosis” y “El
fotógrafo del miedo”. Sin embargo, con el transcurso de los
años, el slasher ha ido perdiendo enteros en mordiente e
interés, para acabar perpetuando un circulo vicioso de clichés
del que parece incapaz de salir: psicópatas enmascarados y, por
lo general, tan unidimensionales como las atractivas chicas a
las que asesinan, una y otra vez volviendo a las mismas
situaciones y los mismos escenarios para repetir las mismas
persecuciones y, a la postre, los mismos desenlaces. Si a ello
añadimos que el llamado “terror adolescente” prácticamente se ha
adueñado de (y se ha relegado a) dicho subgénero, el cliché anda
doblemente servido. Pues hemos de reconocer que, desde que John
Carpenter abriera la veda con “La noche de Halloween”, muy pocos
han sido los pasos evolutivos dados por el slasher. Es
más, de hecho podríamos reducirlos a dos: la inquietante
revisión onírica del hombre del saco perpetrada por Wes Craven
en “Pesadilla en Elm Street” y, de nuevo Craven, el
revitalizante juego postmoderno sobre el propio subgénero que
supuso la trilogía de “Scream”, con mención especial a las dos
primeras entregas.
Por
nuestra parte, sería bastante exagerado (por no decir
estúpido) sentenciar que “Cry Wolf” va a suponer un nuevo paso
evolutivo en la renqueante trayectoria del cine de psicópatas
robóticos y adolescentes descerebrados. Y sería exagerado (o,
una vez más, estúpido) porque, si bien la
película de Jeff Wadlow tiene
algunos logros bastante interesantes, es obvio que hay bien
poco de premeditado y, en cambio, sí mucho de accidental,
de meramente circunstancial, en la consecución de tales
logros. Pocas veces, si no ninguna, hemos tenido ocasión de
ver una cinta en la que, durante casi la primera hora de
metraje, nadie, ni siquiera los propios protagonistas, toman
en serio al psicópata acosador. Pocas veces nos hemos topado
con unos protagonistas adolescentes que, aunque aún muy lejos
de gozar de una dimensión rica y compleja, delaten una
vertiente tan marcadamente oscura y perversa (quizás se pueda
pensar en “Rumores que matan”, que, en todo caso, ni siquiera
encajaría dentro de la misma clasificación genérica). Y, en lo
que sería el giro más refrescante y, a su vez, el más
arriesgado, pocas veces el cine de slashers ha
renunciado a esa explicitud y esos toques gore que son
prácticamente condición “sine qua non” del género, para
decantarse más bien por la sutileza y la mera sugestión,
dejando así los asesinatos en un fuera de cámara que, sin la
menor duda, decepcionará a los asiduos de este tipo de
películas.
Claro
que, como comentábamos antes, y por razones que no podemos aquí
desvelar, parece improbable que el rupturismo y la subversión de
convenciones se encontraran entre las motivaciones conscientes
de Jeff Wadlow y Beau
Bauman durante
la escritura del guión. Lo cual no resta interés a las bondades
previamente mencionadas pero, en cambio, sí las devalúa un tanto
y, en cierta medida, las relega a un segundo plano, poniendo así
de relieve las debilidades de la propuesta. Debilidades que van
desde la indefinición en que cae el tono de la cinta, que muy
posiblemente no satisfaga a los adolescentes que buscan algo un
tanto menos sofisticado, ni tampoco al público adulto (que, en
principio más experimentado, se ve venir a la legua los giros y
requiebros argumentales que se exponen de manera insultantemente
gráfica hacia el tercio final), hasta el desaprovechamiento de
determinados hallazgos, como el del juego de luces en la
biblioteca del instituto, que por desgracia nunca llega a dar
lugar a la que podría haber sido una de las escenas más
escalofriantemente memorables del género. Eso por no hablar de
las interpretaciones, simplemente correctas, como era de esperar
de acuerdo con los cánones del subgénero, aunque no por
esperadas menos insatisfactorias (y ya no nos referimos
únicamente a los intérpretes más jóvenes, porque es que
Jon Bon Jovi
haciendo de maestro no deja de ser... Jon Bon Jovi haciendo de
maestro).
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En
definitiva, una cinta que pretende ofrecer un entretenimiento
digno e inteligente para el espectador adolescente, pero que sin
duda dejará a medio gas a otros públicos más experimentados,
capaces de detectar sin mayor dificultad las múltiples costuras
del invento: reelaboración inacabada de la fábula de “Pedro y el
lobo”, película de terror sin terror y, en el mejor de los
casos, de suspense sin suspense. Juguete subversivo por
accidente, con final-sorpresa sin sorpresa. Y, aun con todo,
recomendable ya sólo por su loable deseo de no caer en lo mismo
de siempre y elaborar algo distinto... aunque no lo consiga del
todo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Cry Wolf" - Copyright © 2005 Rogue
Pictures e Hypnotic.
Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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