CÓMO SE HIZO "LÍBRANOS DEL
MAL"
Notas de producción ©
2006 Wide Pictures
Con espacios como 30 Minutes
of Special Assigment, de la CBS, y más tarde para la CNN, la
realizadora Amy Berg llevaba invertidos cuatro años de
investigación en torno a los sacerdotes pedófilos. Había
producido varios informes sobre los escándalos de pedofilia en
el seno de la Archidiócesis de Los Ángeles, y estaba muy
familiarizada con el Cardenal Roger Mahony y con los más de 550
sacerdotes bajo su jurisdicción que habían abusado de niños sin
ser castigados. Sin embargo, nada de ello le había preparado
para el Padre Oliver O’Grady. Los abusos de O’Grady superaban
todos los de sus colegas. Es un hombre que siente escaso
remordimiento, cuya compulsión ha destrozado familia tras
familia. Sus veinte años de servicio en la Iglesia los dedicó a
dos actividades: guiar a su comunidad, y planificar su próximo
abuso. Seducía a los padres para ganarse el acceso a sus hijos.
Violaba a chicos y chicas de todas las edades. Alcanzó a violar
a un bebé de nueve meses. O’Grady fue por fin encarcelado y,
tras cumplir la pena, deportado a Irlanda, donde había nacido.
Pero Berg, que se había documentado acerca de la negativa de la
Iglesia a facilitar documentos privados relativos a los
sacerdotes pedófilos de Mahony, descubrió que ninguno de los
superiores de O’Grady había encarado escándalo público o castigo
alguno. El mismísimo Cardenal Mahony había negado haber
mantenido contacto significativo alguno con O’Grady, pese a que
la documentación más bien demostraba lo contrario. Con el deseo
de escuchar el otro lado de la historia, Berg averiguó el
teléfono de O’Grady en Irlanda y le llamó. Incluso tras
varias conversaciones con O’Grady, Berg seguía perpleja. «Se
mantenía totalmente desvinculado con respecto a los abusos que
había inflingido» —recuerda—. «Le resultaba imposible recordar
todos y casa uno de los hechos. En algunos casos ni siquiera
estaba seguro de haber hecho algo indebido». Finalmente, tras
varias conversaciones telefónicas semanales, O’Grady se avino a
encontrarse con Berg. Ésta voló inmediatamente a Irlanda. «Ni
siquiera era consciente de que estaba haciendo una película
acerca de esto» —admite—. «No estaba realmente asustada. Me
podía más la curiosidad de encontrarme con él. Estaba convencida
de que ‘era lo que debía hacer’».
Empleó cinco horas con
O’Grady en el centro de Dublín. Pese al rechazo que le
provocaban los crímenes de aquel sujeto, Berg se vio sorprendida
al descubrir a un hombre de aspecto recatado y agradable. «Se
hacía fácil adivinar la razón por la que tantos padres nunca
habrían sospechado de él» —comenta la realizadora.
O’Grady se mostraba
abierto a hablar de su enfermedad y expresó su firme deseo de
explicarse ante sus víctimas. E incluso algo más importante,
estaba siendo abiertamente crítico con el Cardenal y las
prácticas mafiosas de perjuro, tergiversación y negación de la
Iglesia. O’Grady aseguraba que sus superiores eligieron ignorar
su condición en lugar de enfrentarse al escándalo y arriesgar la
promoción en sus propias carreras. Siguieron asignándole nuevas
parroquias, una táctica que O’Grady comparó con ofrecer a un
alcohólico más bebidas alcohólicas.
Berg comprendió al
instante que en O’Grady había potencial para una película muy
interesante; sin embargo, no fue hasta cuatro meses después que
éste le llamó para comunicarle que estaba dispuesto a hacer
pública su historia. Tras la llamada, Berg regresó a Dublín para
rodar durante diez fructíferos días una serie de entrevistas con
el otrora sacerdote. Pese a la sensación de náusea que le
embargaba para cuando la semana tocaba a su fin, Berg estaba
convencida de la valía de sus esfuerzos. «Mi objetivo era verter
luz en todo cuanto había permanecido oculto durante tanto
tiempo, y todo eso era una información de valía incalculable»
—comenta la directora.
Berg siguió con su
investigación en los Estados Unidos, acumulando tanta
información como le fue posible acerca de los abusos del clero
californiano. Entre muchos otros testimonios, LÍBRANOS DEL MAL
incluye metraje nunca antes visto de la deposición del Cardenal
Roger Mahony y de su antiguo brazo derecho, Monseñor Cain. Berg
también se acercó a un número de antiguos sacerdotes, abogados,
y psicólogos, incluyendo al especialista en derecho canónico y
medievalista Padre Thomas Doyle, con la intención de entender
mejor la fe católica y la psicología que connota el abuso de
niños.
Mientras se esforzaba por
dar forma a la compleja dinámica de su historia, Berg estaba
segura de una cosa: no habría narrador en este documental.
«Quería que O’Grady y los otros hablaran por ellos mismos. No
parecía justo que yo añadiera mi opinión» —comenta. Y sigue—:
«O’Grady resulta tan chocante y real, que no me hubiera sido
posible imaginar un villano mejor. Parecía redundante abundar en
ese aspecto haciendo uso de la narración».
Como resultado de ese
criterio de Berg, LÍBRANOS DEL MAL ofrece con clarividencia
hechos acerca de muchos aspectos del abuso clerical. Por
ejemplo, ¿por qué se ve la Iglesia Católica dificultada con
tantos pedófilos? «Porque la Iglesia tiende a atraer a niños
pobres, desprovistos de derechos, muchos de los cuales eran ya
víctimas de abusos» —explica Berg. De modo distinto a otros
tipos de sacerdotes, esos hombres crecen en el seno de la
Iglesia en un entorno represor que niega y refrena el desarrollo
sexual normal, por tanto se genera la predisposición a la
pedofilia.
¿Y qué hay acerca de la
preponderancia de pedófilos homosexuales en la Iglesia? «Pura
maniobra de distracción» —comenta Berg—. «No existen informes de
ningún tipo de vínculo entre homosexualidad y pedofilia. Muchos
violadores abusan de ambos sexos, pero la Iglesia recurre a la
propaganda anti-gay para generar un chivo expiatorio.» Y, yendo
un paso más allá, la Iglesia ha admitido abiertamente que ellos
no respondían a las protestas que implicaban a niñas,
mencionando la «lógica curiosidad sexual» de los sacerdotes,
incluso cuando las víctimas eran tan pequeñas como para sólo
sumar cinco años. Las autoridades de la Iglesia siguen engañando
tanto a los parroquianos como al público, haciendo mención de
estudios obsoletos sobre la homosexualidad que se remontan tan
atrás como el año 1973. «Ésa es la misma gente que dice a los
parroquianos de todo el mundo que los condones no evitan la
infección del virus de inmunodeficiencia humana (VIH)» —comenta
Berg.
Mientras las
investigaciones de Berg llevaban a ésta en múltiples
direcciones, halló el núcleo de su película en una reunión de un
grupo de ayuda nacional llamado SNAP, la red de supervivencia
para las víctimas de los sacerdotes. Allí conoció a varias de
las víctimas de O’Grady ahora ya adultas. «En un primer momento,
la mayoría de los supervivientes no me tenían confianza porque
había pasado una semana con O’Grady» —admite Berg—. «Pero
finalmente creyeron en mi objetivo, que consistía en exponer los
problemas sistémicos que contribuyen a esa gran crisis.
Comprendieron que quería mostrar más de un lado de este
conflicto».
Aunque muchas víctimas no
estuvieron preparadas para participar debido a cuestiones de
privacidad, Berg encontró a varios participantes muy
predispuestos, entre ellos, Ann Marie Jyono y Nancy Sloan. Como
la mayoría de víctimas de abuso sexual infantil, Jyono y Sloan
todavía estaban teniéndoselas con las ramificaciones
psicológicas de sus traumas. Pero Berg descubrió que también
estaban trastornados debido a una pérdida adicional: la de su
fe.
Berg nos explica: «Para la
gente cuya fe es profunda, la Iglesia significa toda su
existencia social y espiritual. Su fe es la base de toda su
vida. Cuando los parroquianos sufren abuso, pierden tanto su
sistema de creencias como su comunidad eclesial. El efecto es
devastador. Se ven arrojados, y muchas de sus vidas acaban
respondiendo a patrones de relaciones fracasadas, aislamiento,
vergüenza y, en ocasiones incluso suicidio. Este ciclo de abusos
alcanza una profundidad de calado y deviene más destructivo de
lo que nadie sería capaz de adivinar sólo a partir de los
‘escándalos’ en torno a los abusos sexuales que relatan los
periódicos».
Las víctimas de abusos
sexuales del clero han comenzado a manifestarse ante sus
iglesias; pero los obispos y cardenales han rechazado
sistemáticamente permitirles ser escuchados. «Las autoridades de
la Iglesia están aterrorizadas ante la posibilidad de que se les
pidan cuentas. Más bien ignoran los errores que la Iglesia
comete antes que disponerse a sentarse para conversar mostrando
cierta compasión» —nos dice Berg. Algunos de los momentos más
estremecedores de LÍBRANOS DEL MAL nos muestran a esas
autoridades negando todo relato de las víctimas, tildándolos de
imposibles e inciertos, y ello pese a los montones de evidencias
de lo contrario.
Pese al hecho de que en
muchos de los casos ya ha expirado el periodo en que es posible
emprender acciones legales, se están clasificando montones de
casos de abusos sexuales contra la Archidiócesis de Los Ángeles.
Además, el fiscal del distrito de esa ciudad ha solicitado la
publicación de las «evidencias» de la Archidiócesis en cuestión:
los archivos personales de los sacerdotes que informan de quejas
y malas conductos. La Archidiócesis ha contrarrestado esas
solicitudes con cuatro años de inflexibles apelaciones, y ello
pese a que cada tribunal, llegando a la Corte Suprema de los
Estados Unidos, ha desestimado su caso. «Bajo la administración
de Mahony, la Archidiócesis de Los Ángeles se gasta dos millones
de dólares al mes para cubrir las minutas de los más
prestigiosos abogados para que éstos impidan la publicación de
información incriminatoria» —informa Berg—. «Se trata de
millones de dólares invertidos en su protección en lugar de
hacerlo para el bienestar de las víctimas. Queda claro donde
están las prioridades».
De un modo sistemático, la
Iglesia niega las víctimas de los abusos y las margina más si
cabe, y algunas como Jyono y Sloan siguen siendo traicionadas
por la institución en la que la educación recibida les dijo
confiar por encima de todo. La consecuente sensación de
aislamiento sólo se ve agravada por un público caprichoso y
vergonzante que se deleita con los escándalos pero que resulta
incapaz de escuchar o comprender la perspectiva de las víctimas.
Como Berg subraya: «Si no escuchamos a aquellos que necesitan
ser oídos, entonces estamos acusándoles en silencio».
Berg confía en que
LÍBRANOS DEL MAL sea parte de la solución. «Las víctimas de
abusos sexuales hablan claro cuando se les da la oportunidad de
explicarse y de cicatrizar las heridas» —comenta—. «Comparten
una imperiosa necesidad de creer que el equilibrio es
recuperable y de que es posible que ellos y otros cambien. La
película es un fórum en el que ellos pueden expresarse y
avanzar, y albergar la esperanza de animar a otros a tener el
coraje de hacer lo mismo».
La prueba está en Ann
Marie Jyono. Le llevó veinticinco años poder decirles a sus
padres que fue víctima de abusos en manos de O’Grady. Su padre,
Bob, se había convertido al catolicismo para poder casarse con
su esposa. Actualmente, se niega a poner un pie en una iglesia
católica. A veces, Ann Marie todavía asiste a misa los domingos,
pero llora a lo largo de cada servicio al que asiste. Durante
años, ha sido incapaz de visitar a sus padres sin estallar en
llantos.
Cuando Berg acabó la
realización de LÍBRANOS DEL MAL, recibió una llamada telefónica
del padre de Ann Marie. Bob lleva un aparato auditivo y gritaba
mucho por el auricular del teléfono, pero Berg podía percibir
que estaba en éxtasis: «¡Amy! Te estoy muy agradecido por
incluir a Ann Marie en la película» —gritaba—. «Has cambiado
todo. He recuperado a la familia. Ann Marie ya no llora. Ha
pasado de ser una víctima a ser una superviviente». Berg saborea
ese momento. Y nos comenta: «Entonces supe que habíamos logrado
crear algo de gran valor a partir del algo que olía a podrido».
Imágenes y notas
de cómo se hizo "Líbranos del mal" - Copyright © 2006 Disarming
Films. Distribuida en España por Wide Pictures. Todos los derechos
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