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Dirección: Peter Webber.
Países: USA, Reino Unido y Francia.
Año:
2007.
Duración: 117 min.
Género:
Drama, thriller,
terror.
Interpretación: Gaspard Ulliel
(Hannibal Lecter), Gong Li (Lady Murasaki), Rhys Ifans (Grutas),
Kevin McKidd (Kolnas), Dominic West (inspector Popil), Richard
Brake (Dortlich), Stephen Walters (Milko), Ivan Marevich
(Grentz), Charles Maquignon (Paul Momund).
Guión: Thomas Harris; basado
en su novela.
Producción: Martha De Laurentiis,
Dino De Laurentiis y Tarak Ben Ammar.
Música: Ilan Eshkeri y Shigeru
Umebayashi.
Fotografía: Ben Davis.
Montaje: Pietro Scalia y Valerio
Bonelli.
Diseño de producción: Allan Starski.
Vestuario: Anna Sheppard.
Estreno en USA: 9 Febrero 2007.
Estreno en España: 16 Marzo 2007. |
CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Cada vez más lejos de Hannibal
Imposible imaginar a un
Hannibal Lecter con unos rasgos distintos a los de Anthony
Hopkins, al menos de momento. Hasta que pasen suficientes años y
se saquen de la manga una especie de "Hannibal return" que trate
de hacer olvidar al intérprete británico, cabe la posibilidad de
seguir explotando la franquicia dando marcha atrás, remontándose
a sus orígenes. Una saga que se ha sostenido gracias a la
todavía impactante irrupción en la pantalla del célebre
personaje en la extraordinaria "El silencio de los corderos"
–aquellos magnéticos interrogatorios entre Jodie Foster y
Hopkins permanecen suspendidos en la memoria y se extienden como
una sombra sobre el resto de las entregas–. Tras su indigna
secuela, la demencial
"Hannibal",
y una correcta precuela
"El dragón rojo",
“Hannibal: El origen del mal” se descuelga definitivamente de
los signos distintivos del punto de partida.
El director
Peter Webber
se hace cargo del proyecto,
siguiente trabajo a su prometedor debut con
"La joven de la perla".
Trata de sacar adelante un guión del propio creador de la saga,
el novelista Thomas
Harris, que
narra la niñez y juventud de Hannibal, rastreando las posibles
causas que le llevaron a convertirse en uno de los psicópatas
más refinados de la ficción. El escritor se
permite imbuir tal cantidad de elementos tomados de distintos
sitios, que llega un momento en el que dejan de sorprender las
lagunas e incongruencias de la historia.
Personajes que se cruzan media Europa en plena Guerra Fría y se
encuentran y desencuentran con una facilidad pasmosa, similar
con la que aparecen y desaparecen de los operísticos escenarios,
la extraña inclusión de una misteriosa mujer oriental en el
asunto y la consiguiente iniciación en las artes marciales, y
así un largo etcétera. Unos diálogos rutinarios y
pretendidamente profundos no contribuyen a dar forma a unos
personajes de plana psicología. Todo ello deja al descubierto
una escasa capacidad como guionista que empuja a recordar a Ted
Tally como responsable de las dos partes más estimables, “El
silencio de los corderos” y "El dragón rojo".
Al margen de esta
deshilvanada narración, se percibe una cuestión de fondo todavía
más objetable, directamente relacionada con el planteamiento
básico de la esencia del protagonista. El film traiciona una
figura que producía una increíble mezcla de repulsión y
atracción, el psicópata aristocrático, seductor, que parecía
disfrutar imprimiendo un arte a sus crímenes, y cuyas causas por
este placer en el mal se desconocían. Pasa muy por encima de los
aspectos patológicos en la difícil determinación del origen de
la psicopatía, y se decanta por señalar como motivo de esta
alteración unos traumas de su niñez que le empujan a la
venganza, dejando al margen la exploración de los laberínticos
enigmas de la mente. El primer Hannibal producía un sordo miedo,
inquietud acentuada por hecho de que sus acciones entraban
dentro de lo factible, y podían engrosar la lista de los
crímenes que día a día recogen los periódicos.
El joven Hannibal, convertido en una mera caricatura del asesino
en serie, impone una distancia insalvable que impide olvidar en
ningún momento que lo que se está viendo es una guiñolesca
ficción, en forma de
mera sucesión de secuencias sangrientas.
Webber
logra al menos dotar a la propuesta de cierto estilo visual,
mediante su fina percepción de las atmósferas, la composición de
las imágenes y los elegantes movimientos de cámara.
Parece que también fue el responsable de confiar el protagonismo
a Gaspard Ulliel,
actor francés que tras despuntar con "Fugitivos" de
André Téchiné y que Jean-Pierre Jeunet emparejó con Audrey
Tautou en "Largo domingo de noviazgo",
realiza aquí un trabajo ajustado, esforzándose por mimetizar el
porte y algunos gestos y expresiones de Hopkins. Junto a él,
resulta estimulante la presencia de
Gong Li,
aunque su participación sea uno de los hechos insólitos del film
y su discreto cometido no le permita demasiado margen de
actuación.
Si algo tiene de positivo
también “Hannibal: El origen del mal”, es el saludable hecho de
no intentar pasar por una obra de presunta calidad, tal y como
sucedió con la primera secuela firmada por un Ridley Scott en
sus horas más bajas. Resulta revelador que la distribuidora
oriente la explotación de la cinta de tal forma que en Madrid no
exhiba ni una sola copia en versión original, y la disemine por
multitud de multisalas de centros comerciales: un asumido
subproducto de consumo rápido que no puede llevar a la
decepción. Del desasosiego de sus inicios ha logrado pasar a
provocar las carcajadas en el patio de butacas, reacción ante
los ejercicios de sadismo de un nuevo Hannibal que podría llevar
cualquier otro nombre.
Calificación:
    
Imágenes
de "Hannibal: El origen del mal" -
Copyright © 2007 Dino De Laurentiis Company, Quinta
Communications e Ingenious Film Partners.
Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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