CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
Si
usted es de los que no soporta el cine de
David Lynch,
sea la versión que sea, manténgase al menos a 250 metros de
cualquier sala que proyecte esta película. Si es de los que sólo
admiran su vertiente “clásica” (“Una historia verdadera”, “El
hombre elefante”), pueden reducir esa distancia a 100 metros. Si
es de los que aprecian obras más arriesgadas como “Terciopelo
azul” o
"Mulholland Drive"), aunque
se sienten molestos por las secuencias más oníricas o las
digresiones surrealistas que las recorren, quizá puedan
detenerse delante del cine a mirar con curiosidad el cartel.
Finalmente, si usted pertenece a la exigua minoría que
verdaderamente disfruta y degusta lo que para otros muchos no
son más que pomposos excesos autorales, quizá pueda atreverse a
comprar una entrada y sentarse en la sala. Y observen bien que
hemos utilizado el “quizá”, porque ante una dosis tan elevada,
extensa y concentrada de un estilo que sólo podemos calificar
como “Lynch reloaded”, tres horas de universo propio ajeno a
cualquier convención no ya narrativa sino de construcción del
relato, lo más probable es que ni remotamente esté preparado
para lo que se le avecina.
“Inland empire” es, posiblemente,
y con la quizá única excepción del marciano Apichatpong, la
propuesta más radical y contundente, la mayor aventura visual y
conceptual que ha llegado a nuestras pantallas en años.
De hecho, sólo cabe alabar la valentía de su distribuidora al
aceptar la apuesta lanzada por un creador que ha conseguido el
envidiable estatus de hacer, literalmente, lo que le da la gana.
Y que, para colmo, cuando ha tenido que pagar peaje, lo ha hecho
con maravillas como “Una historia verdadera” (porque, ¿y de
cuántos se puede decir eso?, Lynch no hace películas “clásicas”
no porque no sepa hacerlas, sino porque no le apetece). Quizá
por eso sus aventuras fílmicas, logradas o no, tienen siempre el
poso del verdadero experimentador, de quien cree de verdad en lo
que hace, más allá de la pose intelectualoide de tantos de sus
imitadores.
Como el
avión que remolca al planeador hasta una altura determinada para
luego abandonarlo y que éste vuele por sí mismo, Lynch inicia su
largometraje con un leve y extraño hilo argumental, el inicio
del rodaje de una película que supondrá el regreso a la gran
pantalla de Nikki Grace (interpretada por
Laura Dern),
una estrella de Hollywood casada con un absorbente millonario
que la ha apartado del cine, y que busca volver a lo grande con
este proyecto. Lo que ni ella ni Devon Berk (el galán de la
película interpretado por
Justin Theroux)
saben, es que este proyecto es, en realidad, el remake de
una obra maldita que nunca llegó a terminarse, pues sus dos
protagonistas murieron en extrañas circunstancias.
Inteligible, ¿no? Y sí, es verdad que hasta aquí, más o menos,
puede seguirse la historia. Pero a partir de un punto situado en
torno a los 30-45 minutos, todo se disloca: la avioneta que nos
ha remolcado se desengancha y nos deja solos, a merced de las
corrientes ascendentes y descendentes. De repente, perdemos
cualquier asidero espacial o temporal, y de la misma manera que
un planeador puede terminar abruptamente su vuelo o prolongarlo
durante horas, más por las combinaciones de corrientes que por
la voluntad de su piloto, el film se desparrama durante dos
horas más, en un viaje en el que vamos atravesando diversas
capas, de la película que se está rondando a la maldita, a otras
realidades que ni siquiera sabemos de dónde salen, con
personajes que se transmutan, otros que aparecen, planos
inquietantes y la siempre ominosa y sugerente banda sonora marca
de la casa… es el Lynch desencadenado, y nadie puede quedar
indiferente cuando penetra en su mundo sin nada que le proteja:
una historia, unos personajes, un guión… estamos desnudos y
totalmente desprotegidos ante su furia creadora.
Quizá la
clave resida en esas escenas en las que el personaje de Laura
Dern, sentado en una silla, mira hacia un sofá y se ve a sí
misma, íntimamente transformada, en un encadenado de planos
fijos que inevitablemente recuerda al polémico y mítico tramo
final de "2001: Una odisea del espacio". Pero
lo que Kubrick se atrevió a hacer durante sólo 20-30 minutos,
aquí ocupa la mayor parte del metraje de esta larga, extenuante
y descolocadora propuesta.
Quizá su talón de Aquiles sea,
precisamente, esa avalancha experimental: a lo largo de sus
escenas desquiciadas, asistiremos a momentos hermosos,
inquietantes, potentes… pero también a meandros aburridos,
gratuitos, enervantes.
Para cuando aparezcan los títulos de crédito, que los que queden
en la sala presenciarán con el alivio y las ganas de hacerse una
camiseta donde ponga «Yo vi entera "Inland Empire"» en la
primera tienda que encuentren, el número musical que los
acompaña le deja a uno la eterna duda ante este tipo de cine:
«¿esto va en serio o me han estado tomando el pelo?» (pregunta
que, curiosamente, a uno no le abandona cuando se enfrenta a
nombres fascinantes como éste, Tarkovski o, de nuevo, Kubrick).
En su
contra pesa que quizá sea el compendio de muchas ideas sueltas y
pretéritas de Lynch, como su peculiar sitcom conejil,
que, lejos de enriquecer, entorpecen el libre vuelo de su
propuesta. De todas formas, pase lo que pase, cuando la gente
salga de la sala (no necesariamente cuando haya terminado la
proyección), unos, la mayoría, irán echando pestes de la cinta y
del pobre crítico que se la haya recomendado. Otros, muy pocos,
pensarán que han presenciado algo irrepetible, único y
fascinante. Y lo más curioso es que ambos, a su manera, tendrán
razón.
Calificación:
    
Imágenes
de "Inland empire" - Copyright © 2006
Studiocanal, Camerimage y Asymmetrical Productions. Distribida
en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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