CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
La ment(e)ira de
Hollywood
Una nueva vuelta de tuerca en el universo de
David Lynch,
que reincide en su deambular por los recovecos de la mente
humana y en su particular cruzada contra Hollywood, fábrica de
sueños pero también de engaños. Y nunca una historia tan
complicada como ésta, estructurada a modo de cajas chinas, con
numerosos planos narrativos, de interpretación y de
verosimilitud, que incluye algunos de los últimos trabajos
elaborados para su propia web. Con todo eso y una factura visual
agresiva y radical, es lógico que sorprenda y desconcierte este
cineasta tan ilógico, tan alejado de los parámetros racionales
del tiempo y del espacio como de lo políticamente correcto.
Controvertido e idolatrado a partes iguales, en esta ocasión el
director de
"Mulholland Drive"
prolonga el descenso a los infiernos cotidianos de su
protagonista durante tres horas, sin un hilo narrativo aparente
que conduzca esta pesadilla laberíntica, emocional y obsesiva.
Con
esos presupuestos e intenciones “desquiciantes”, nada mejor
que aprovechar las posibilidades que el propio cine ofrece
para tomar “carreteras perdidas”, como representación ficticia
de una realidad, a veces compleja y siempre llena de
ambigüedades. Su carácter de metacine ha permitido a Lynch
centrar su film en una actriz, Nikki Grace, que va a rodar una
película “maldita”, pues su trama de infidelidad conyugal y
muerte han impedido que pudiese concluirse en otras ocasiones.
El poder de sugestión del imaginario o la implicación
emocional de la actriz hacen que pronto se borren las
fronteras entre su persona y su personaje, que se confundan y
alimenten sus pulsiones hasta arrastrar consigo a la ficticia
Susan Blue (atención a la escena y comentarios de la
inoportuna e inquietante vecina de Nikki). Pero, en realidad,
ambas mujeres no son sino una creación ficticia de una serie
televisiva, vista a su vez por otra que sufre y padece
similares temores, angustias y quizá remordimientos. En este
sentido, el cine se convierte en medio
catárquico por el que aflora todo un mundo soterrado en el
subconsciente, con sentimientos ocultados por la hipocresía
social, el orgullo personal o la superficialidad imperante,
y que necesitan el aire fresco de la autenticidad y valentía,
de la confrontación con la verdad de uno mismo. Sólo así se
explica ese final tan complaciente y esperanzador que concede
Lynch al espectador, después de una travesía sórdida y
agónica. Es, una vez más, su obsesión por encontrar la propia
identidad lo que le lleva a enfrentar a la protagonista
consigo misma, con una doble en quien se pueda reconocer –aquí
son muchas las mujeres que se reflejan en el espejo, incluso
desde la lejana Polonia–, momento clave del film que provoca
su caída al abismo y el descubrimiento de otras realidades.
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En
una cebolla de tantas capas superpuestas –hay más de las
comentadas, tanto de la realidad adulterada, como oníricas
o de la ficción cinematográfica– y un variante punto de
vista del relato (la mayor parte desde la subjetividad de
Nikki), el espectador nunca sabe por dónde va a ser
conducido, qué habrá tras esa puerta de pomos misteriosos
o al final de este pasillo claustrofóbico, o qué sentido
tienen esos tres individuos con cabeza de asno en una
habitación hopperiana que transpira soledad y
angustia por sus cuatro paredes. Al final, en caso de que
se puedan sacar algunas conclusiones ciertas, éstas
discurren por la vena crítica hacia el
cine de Hollywood, hacia el mundo de mentira que crean en
nuestro imaginario, sin matices entre el héroe y el
villano, donde las cosas son como nos lo pintan y donde la
realidad queda oculta por una imagen de felicidad falseada
e hipócrita. La
televisión también se llevaría su parte de dardos
envenenados “made in Lynch”, como causante de la
irreflexión, impersonalidad y progresiva conversión hacia
el género equino en su variante “asnal” (pobres burros,
con lo simpáticos que son), en unas estampas que quedan
grabadas en la memoria para siempre. Así, el director de
“Una historia verdadera” parece querer decirnos que nos
hemos olvidado de la verdad de la persona, sumidos en el
individualismo y en una vida cara a la galería, que el
encefalograma plano de nuestra modernidad necesita un
shock que le despierte (algo semejante busca el
también provocador Michael Haneke), que dentro de cada uno
hay un poco de ángel y otro de diablo que hace que uno se
sienta capaz de cualquier infidelidad, celos, venganza,
temor o incluso asesinato.... sea cual sea el tiempo,
lugar o estamento social al que pertenezca.
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Pero si
interesante es su mensaje y desconcertante su narrativa, lo más
llamativo en Lynch es la fuerza visual de sus imágenes, capaces
de cargar de inquietud, misterio y hasta de miedo unos espacios
angustiosos y opresivos.
Ambientes surrealistas, fríos y
perturbadores, recogidos por un gran angular que amplía con una
gran profundidad de campo una habitación en la que se pierden
sus personajes, con abundancia de primerísimos planos en que los
rostros quedan deformados (como la realidad manipulada por los
grandes estudios de Hollywood), y con el recurso del zoom
o de una cámara inestable que se cuestiona nuestra visión de la
realidad. Los efectos de sonido resultan también esenciales y
eficaces en su intento de sugestión, sin efectismos huecos,
mientras que el variadísimo tratamiento fotográfico que emplea
para cada “mundo” se convierte en un ejercicio magistral de cómo
una sobreexposición de luz, un filtrado, la luz desprendida por
una lámpara, los fuertes claroscuros o el empleo de la “sucia”
imagen digital pueden lograr texturas que respondan a distintas
realidades exteriores y a la vez a estados anímicos. A todo eso
hay que añadir la modélica interpretación de
Laura Dern,
con un registro interpretativo admirable, tan variado como los
distintos personajes a los que da vida en cada plano
existencial, desde la exquisita y refinada actriz a la
desesperada mujer que cuenta sus penas a un enigmático
confidente; no estuvo nominada para los Oscars®,
pero durante tres horas el espectador nunca se acostumbra a
verla en la pantalla ni llega a saber cuál será su reacción o
quién es en realidad esa mujer atormentada, y si lo está por la
vida o por la ficción.
Dejando de lado sus posibles
excentricidades y provocaciones, no cabe duda de que Lynch
conserva su coherencia en la incoherencia, su estilo propio y
sus obsesiones, una enorme capacidad visual para fascinar e
impactar, y su libertad para experimentar y decir lo que quiere,
aunque esto sea de manera complicada y críptica. Esta nueva
película no es aconsejable para los amantes del
clasicismo y de la narrativa clara y lineal, ni tampoco para
quienes sólo hayan visto su “El hombre elefante” o “Una historia
verdadera”. En cambio, sí encantará a sus incondicionales,
que experimentarán sensaciones de inquietud e incertidumbre, de
rebeldía frente al mundo de “mentira” que puebla la “mente” de
Hollywood.
Calificación:
    
Imágenes
de "Inland empire" - Copyright © 2006
Studiocanal, Camerimage y Asymmetrical Productions. Distribida
en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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