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INLAND EMPIRE


Dirección y guión: David Lynch.
Países:
USA, Polonia y Francia.
Año: 2006.
Duración: 178 min.
Género: Drama, suspense.
Interpretación: Laura Dern (Nikki Grace/Susan Blue), Jeremy Irons (Kingsley Stewart), Justin Theroux (Devon Berk/Billy Side), Harry Dean Stanton (Freddie Howard), William H. Macy (anunciador), Jan Hench (Janek), Bellina Logan (Linda), Amanda Foreman (Tracy), Diane Ladd (Marilyn Levens), Kristen Kerr (Lori), Julia Ormond (Doris Side).
Producción: David Lynch y Mary Sweeney.
Fotografía: Odd-Geir Saether.
Montaje: David Lynch.
Dirección artística: Christina Wilson y Wojciech Wolniak.
Vestuario: Heidi Bivens y Karen Baird.
Estreno en USA: 6 Diciembre 2006.
Estreno en España: 23 Febrero 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

La ment(e)ira de Hollywood

  Una nueva vuelta de tuerca en el universo de David Lynch, que reincide en su deambular por los recovecos de la mente humana y en su particular cruzada contra Hollywood, fábrica de sueños pero también de engaños. Y nunca una historia tan complicada como ésta, estructurada a modo de cajas chinas, con numerosos planos narrativos, de interpretación y de verosimilitud, que incluye algunos de los últimos trabajos elaborados para su propia web. Con todo eso y una factura visual agresiva y radical, es lógico que sorprenda y desconcierte este cineasta tan ilógico, tan alejado de los parámetros racionales del tiempo y del espacio como de lo políticamente correcto. Controvertido e idolatrado a partes iguales, en esta ocasión el director de "Mulholland Drive" prolonga el descenso a los infiernos cotidianos de su protagonista durante tres horas, sin un hilo narrativo aparente que conduzca esta pesadilla laberíntica, emocional y obsesiva.

 

  Con esos presupuestos e intenciones “desquiciantes”, nada mejor que aprovechar las posibilidades que el propio cine ofrece para tomar “carreteras perdidas”, como representación ficticia de una realidad, a veces compleja y siempre llena de ambigüedades. Su carácter de metacine ha permitido a Lynch centrar su film en una actriz, Nikki Grace, que va a rodar una película “maldita”, pues su trama de infidelidad conyugal y muerte han impedido que pudiese concluirse en otras ocasiones. El poder de sugestión del imaginario o la implicación emocional de la actriz hacen que pronto se borren las fronteras entre su persona y su personaje, que se confundan y alimenten sus pulsiones hasta arrastrar consigo a la ficticia Susan Blue (atención a la escena y comentarios de la inoportuna e inquietante vecina de Nikki). Pero, en realidad, ambas mujeres no son sino una creación ficticia de una serie televisiva, vista a su vez por otra que sufre y padece similares temores, angustias y quizá remordimientos. En este sentido, el cine se convierte en medio catárquico por el que aflora todo un mundo soterrado en el subconsciente, con sentimientos ocultados por la hipocresía social, el orgullo personal o la superficialidad imperante, y que necesitan el aire fresco de la autenticidad y valentía, de la confrontación con la verdad de uno mismo. Sólo así se explica ese final tan complaciente y esperanzador que concede Lynch al espectador, después de una travesía sórdida y agónica. Es, una vez más, su obsesión por encontrar la propia identidad lo que le lleva a enfrentar a la protagonista consigo misma, con una doble en quien se pueda reconocer –aquí son muchas las mujeres que se reflejan en el espejo, incluso desde la lejana Polonia–, momento clave del film que provoca su caída al abismo y el descubrimiento de otras realidades.

  En una cebolla de tantas capas superpuestas –hay más de las comentadas, tanto de la realidad adulterada, como oníricas o de la ficción cinematográfica– y un variante punto de vista del relato (la mayor parte desde la subjetividad de Nikki), el espectador nunca sabe por dónde va a ser conducido, qué habrá tras esa puerta de pomos misteriosos o al final de este pasillo claustrofóbico, o qué sentido tienen esos tres individuos con cabeza de asno en una habitación hopperiana que transpira soledad y angustia por sus cuatro paredes. Al final, en caso de que se puedan sacar algunas conclusiones ciertas, éstas discurren por la vena crítica hacia el cine de Hollywood, hacia el mundo de mentira que crean en nuestro imaginario, sin matices entre el héroe y el villano, donde las cosas son como nos lo pintan y donde la realidad queda oculta por una imagen de felicidad falseada e hipócrita. La televisión también se llevaría su parte de dardos envenenados “made in Lynch”, como causante de la irreflexión, impersonalidad y progresiva conversión hacia el género equino en su variante “asnal” (pobres burros, con lo simpáticos que son), en unas estampas que quedan grabadas en la memoria para siempre. Así, el director de “Una historia verdadera” parece querer decirnos que nos hemos olvidado de la verdad de la persona, sumidos en el individualismo y en una vida cara a la galería, que el encefalograma plano de nuestra modernidad necesita un shock que le despierte (algo semejante busca el también provocador Michael Haneke), que dentro de cada uno hay un poco de ángel y otro de diablo que hace que uno se sienta capaz de cualquier infidelidad, celos, venganza, temor o incluso asesinato.... sea cual sea el tiempo, lugar o estamento social al que pertenezca.

  Pero si interesante es su mensaje y desconcertante su narrativa, lo más llamativo en Lynch es la fuerza visual de sus imágenes, capaces de cargar de inquietud, misterio y hasta de miedo unos espacios angustiosos y opresivos. Ambientes surrealistas, fríos y perturbadores, recogidos por un gran angular que amplía con una gran profundidad de campo una habitación en la que se pierden sus personajes, con abundancia de primerísimos planos en que los rostros quedan deformados (como la realidad manipulada por los grandes estudios de Hollywood), y con el recurso del zoom o de una cámara inestable que se cuestiona nuestra visión de la realidad. Los efectos de sonido resultan también esenciales y eficaces en su intento de sugestión, sin efectismos huecos, mientras que el variadísimo tratamiento fotográfico que emplea para cada “mundo” se convierte en un ejercicio magistral de cómo una sobreexposición de luz, un filtrado, la luz desprendida por una lámpara, los fuertes claroscuros o el empleo de la “sucia” imagen digital pueden lograr texturas que respondan a distintas realidades exteriores y a la vez a estados anímicos. A todo eso hay que añadir la modélica interpretación de Laura Dern, con un registro interpretativo admirable, tan variado como los distintos personajes a los que da vida en cada plano existencial, desde la exquisita y refinada actriz a la desesperada mujer que cuenta sus penas a un enigmático confidente; no estuvo nominada para los Oscars®, pero durante tres horas el espectador nunca se acostumbra a verla en la pantalla ni llega a saber cuál será su reacción o quién es en realidad esa mujer atormentada, y si lo está por la vida o por la ficción.

  Dejando de lado sus posibles excentricidades y provocaciones, no cabe duda de que Lynch conserva su coherencia en la incoherencia, su estilo propio y sus obsesiones, una enorme capacidad visual para fascinar e impactar, y su libertad para experimentar y decir lo que quiere, aunque esto sea de manera complicada y críptica. Esta nueva película no es aconsejable para los amantes del clasicismo y de la narrativa clara y lineal, ni tampoco para quienes sólo hayan visto su “El hombre elefante” o “Una historia verdadera”. En cambio, sí encantará a sus incondicionales, que experimentarán sensaciones de inquietud e incertidumbre, de rebeldía frente al mundo de “mentira” que puebla la “mente” de Hollywood.

Calificación:


Imágenes de "Inland empire" - Copyright © 2006 Studiocanal, Camerimage y Asymmetrical Productions. Distribida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

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