CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Los ejecutivos de “Lucky
you” deberían haberse muerto de risa ante un proyecto sobre las
apuestas en una industria donde ya no se arriesga casi nada.
Hablar de jugadores, de opciones y alternativas, de la pasión
que impide retirarse de un juego en el que suerte y azar
determinan un alto porcentaje del resultado, se antoja
insustancial e hipócrita, más aún si la idea procede de un
director que confirma el declive creativo: del póquer
profesional en “L.A. Confidential” (1997),
Curtis Hanson acaba
eclipsado por su propio –¿fortuito?– éxito, confinado en las
ligas menores de hand remy con esta sosa película a
caballo entre un episodio de “Las Vegas” y un “Maverick” (1994)
modernizado.
El
conflicto de Huck (Eric Bana)
es tan condensable como un clásico enfrentamiento
paterno-filial, volcado en las mesas de casino, y un resquemor
de conciencia producto del abandono que sufrió su madre ante
la ludopatía de su marido, y que podría ser redimida en la
joven y justa Billie (Drew Barrymore).
Hasta ahí las venas dramáticas del film, que por otra parte
prescinde de toda gota humorística en cuanto cree haber
enganchado al espectador con un largo y graciosete monólogo
introductorio, nada sutil metáfora de las habilidades que Huck
aprovecha para su propio bolsillo mientras descuida el plano
sentimental. La gravitación obsesiva de Hanson en torno al
meditabundo e impasible apostador no sólo perjudica al relleno
argumental, sino que termina provocando cansadas asociaciones
con su causa, la de un hombre prometedor que nunca será más
que una gloria en potencia. Los personajes que dan penita
facilitan la identificación, pero aburren hasta la saciedad
cuando tapan con sus hombros cuadrados a secundarios
interesantes, rostros conocidos a los que sólo se ha pagado
por aparecer y sonreír –Debra Messing,
como hermana de Billie cuyas conexiones con Huck se mantienen
demasiado turbias, y Robert Downey Jr.,
curioso doctor psicológico vía móvil–.
Las
Vegas, con sus tapices verdes y fichas tintineantes como
insignias, es ya un escenario tan familiar como desaprovechado,
reducido a megalópolis de neón, azoteas amorosas y barrios con
palmeras. Sin ningún protagonismo estelar –recordemos la
elegancia frenética de "Casino"
(1995)–, la ciudad no es más que esa lucky town que
cantaba The Boss, otra treta para jugar al despiste con una
cinta vacía de personalidad, de exotismo –para eso tuvimos
“Habana” (1990)–, de los diálogos secos y enjutos que requiere
un juego que lo carga todo al silencio, de la valentía visual
que habría ratificado en parte el porqué de esta historia. Quizá
para huir del tópico lanzado por la saga de Steven Soderbergh,
el director rueda las partidas con una sobriedad pasmosa,
deslizándose de jugador a jugador con lentos travellings
y manteniendo el suspense con los únicos planos detalle de las
cartas de Huck. Un estilo que podría haber extraído toda la
bomba emocional y callada de un ambiente en el que sólo hay
miradas flemáticas, finalmente síntoma de horas bajas y de una
pérdida total del rumbo por el que acercar al público hacia un
personaje cuya insulsez no oculta nada.
Culpa de
ello es un reparto ineficaz sobre el que Hanson pretende
depositar las tareas de simpatía para lavarse las manos al
respecto, de ahí la elección fácil de Eric Bana, actor de
recursos expresivos limitados, Drew Barrymore todavía fingiendo
que tiene quince años menos y un Robert Duvall
derrumbándose en un plató de guión moribundo, un necesario
contrapunto ante el hijo estúpido y que da la vuelta, con
alegría, al refrán de "cría cuervos...". La relación amorosa de
los dos primeros se resume en el mínimo número de escenas,
suficientes para cubrir el cupo de ración sentimentaloide que
ablande la apariencia del protagonista y le permita ofrecer la
esperanza del perdón acerca de su pasado, forzando con
hilarantes reconciliaciones el paso de la simple atracción al
amor verdadero. Tanto este elemento como las demás aperturas
interpersonales –¿qué función cumplen los amigos frikies
de Huck, apostadores viciados que tienen tras los créditos,
atención impacientes, un remate prescindible?– se encadenan con
torpeza para desembocar en las secuencias de casino que parece
anhelar el realizador, apuestas en las que se pierden el honor y
el orgullo –también el pie para una trama inteligente y
armónica, en la línea de “El golpe” (1973)–, partidas de nula
gravedad y distinción –"Casino
Royale" (2006) dejó
el listón muy alto–, repartos de cartas que pretenden
equipararse a la suerte del protagonista, buscador de tesoros en
el terreno equivocado –aunque la moralina se identifique con una
estratagema final blanda y condescendiente–.
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Hanson quería filmar a un perdedor que lo deposita todo en el
tapete, a alguien que ha dado lo máximo sin percibir nada a
cambio, a un Eddie Felson o un Cincinnati Kid con segundas
oportunidades. Y ahí se desestabilizan todas sus intenciones:
las de un melodrama urbano, deshilvanado, que
parlotea sobre la persona antes que sobre el trasfondo de
términos complejos. No le ha salido “El rey del juego” (1965)
porque le falta picardía, sentido del humor y ganas de
destruirse a uno mismo
para confirmar la validez de unos ideales férreos. Justo lo que
le falta a su dispersa y televisiva filmografía, a su mirada
aséptica y a su bien alimentado miedo traducido en películas
convencionales –incluso su celebrada “L.A. Confidential” tiene
algo de ave fénix, de lamento metalingüístico–. Hanson querría
verse en Huck, sin darse cuenta de que su clímax de joven
prodigioso lo explotaron los demás mientras él se iba
convirtiendo poco a poco en una prostituta a la que siempre
confundirán con Lana Turner.
Calificación:
    
Imágenes
de "Lucky you" - Copyright © 2007 Warner
Bros. Pictures, Village Roadshow Pictures, Deuce Three y Di Novi
Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
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