CRÍTICA
por
Manuel Márquez
A todo aquel espectador incauto que, guiado por la literalidad
del título, se acerque a la sala oscura a ver "Las aventuras
amorosas del joven Molière" con la pretensión de encontrar un
film biográfico al uso, le espera un chasco de consideración:
desconozco los detalles de la vida, obra y milagros del inmortal
dramaturgo galo, pero, aun así, mucho me temo que la fidelidad
histórica de los hechos narrados no se acerca ni a un tenue viso
de cercanía. En contrapartida, eso sí, tendrá la oportunidad de
hallar —si olvida sus objetivos iniciales, y, con espíritu de
cinéfago glotón, se abandona a un ejercicio de disfrute
incondicionado— un film que, lejos de constituir ninguna suerte
de obra maestra ni de pretensiones trascendentaloides, sí
que se trata de una comedia romántica ágil, ligera y chispeante.
Una sorprendente nota de frescura en una cartelera poco
habituada a productos de este origen, corte, estilo y tendencia.
He de suponer que en ningún
momento fue intención del equipo de producción de estas
aventuras “molièrescas” el ofrecernos un retrato fidedigno y
documentado —y, mucho menos aún, exhaustivo— de su personaje
central (encarnado por un vehementente apasionado
Romain Duris
que, si bien físicamente —con su delgadez y desaliño— nos puede
recordar en algún momento al Joseph Fiennes de "Shakespeare in
love [Shakespeare enamorado]", ofrece un punto mucho mayor de
desparpajo y naturalidad). Si así hubiera sido, quizá cabría
calificar la película de un fiasco monumental.
Pero lo que sí han hecho, y
con un acierto indudable —a partir también de la disponibilidad
de un generoso soporte económico, necesario para dotar al
producto de la debida solvencia en sus rubros técnicos y
artísticos (no olvidemos que estamos ante una producción de
época, con altas exigencias de corte estético): es una de las
“pequeñas ventajas” de contar con una industria sólida de la que
en otras latitudes no tan lejanas a la francesa carecemos
ostensiblemente…—, es armar, con talento y cariño,
una comedia plena de encanto, en la que el elemento romántico
siempre prevalece sobre el más estrictamente literario
(un tremendo acierto, repito,
salvando una trampa en la que productos de este tenor suelen
caer, olvidando el pobre juego que la materia literaria “pura y
dura” suele dar en pantalla), el ritmo narrativo se mantiene
siempre vivo e intenso (no hay otra fórmula válida para hacer
que casi dos horas de metraje se pasen en un suspiro) y la
arquitectura de las relaciones entre personajes, siempre
cabalgando entre equívocos, enredos, engaños y sentimientos
encontrados —tamizados, eso sí, por un fino y amable sentido del
humor—, demuestra un trabajo de construcción del guión
francamente digno de encomio.
Una película en la que,
también, por qué no decirlo, cabe apreciar influencias,
magníficamente bien aprovechadas, de precedentes tan exitosos y
solventes como el "Cyrano de Bergerac" más reciente (el de la
versión de 1990 a cargo de Jean-Paul Rappeneau) —especialmente,
en lo que se refiere a su apuesta por el poder de la palabra
como elemento de seducción— o ciertos elementos tomados de "Las
amistades peligrosas", de Stephen Frears, en lo que atañe a la
introducción de determinados ambientes y personajes que nos
ofrecen un retrato bastante poco complaciente de determinados
tipos (como esos dos personajes de “villano suave”, Dorante y
Celimena, trasunto refinado de los pícaros más conspicuos de ese
periodo, y a los que ni una visión humorística redime de sus
miserias y mezquindades) y usos cortesanos de la época y lugar
(aunque, en este caso, evidentemente, falta la acidez vitriólica
que recorría el espíritu de la propuesta del inglés).
Para finalizar, no quisiera
dar finiquito a esta reseña sin hacer mención expresa de los dos
intérpretes que, dejando aparte al protagonista —cuyo peso y
presencia son incuestionablemente mayores—, más gratamente han
llamado mi atención: la bellísima y plena de madurez
Laura Morante, capaz
de conciliar en un mismo personaje aspectos tan dispares (y tan
inusuales para la época) como el de mujer culta y sensible,
madre sensata, esposa escéptica y amante apasionada (y hacerlos
creíbles, todos ellos, gracias a una interpretación serena y
equilibrada), y el excelente Fabrice Luchini,
un veterano actor de carácter (con varios premios César en sus
alforjas) que cuaja una creación, la del fatuo y desgraciado
Jourdain —un personaje que me hacía rememorar, por sus
concomitancias argumentales, al que encarnara Agustín González
en la legendaria "El viaje a ninguna parte"—, que no cabría
calificar sino de extraordinaria.
En fin, amigos lectores, me
temo que, una vez más, se me vuelve a ver el plumero. Y es que a
los amantes incondicionales del cine francés siempre nos suelen
terminar pasando cosas como ésta. Pero la culpa no es mía (por
prejuicioso, entreguista, esnob o fascinado a la violeta); es de
ellos, por hacer las películas que hacen: porque saben, porque
quieren y porque pueden. Qué envidia…
Calificación:
    
Imágenes de "Las aventuras amorosas del joven Molière" - Copyright © 2007 Fidélité, Wild Bunch,
France 2 Cinéma y France 3 Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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