CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Belleza e
ingenio en el amor y la representación
Hace pocas semanas, veíamos
cómo Julian Jarrold buceaba en la
vida de Jean Austen
para extraer momentos de inspiración
que después se reflejarían en sus novelas románticas. Ahora,
Laurent Tirard
hace lo propio con Molière, y busca también en posibles amores
de juventud —de nuevo, lagunas históricas que la ficción
aprovecha para articular su historia— la fuente que le
impulsaría a transformar la comedia al uso y convertirla en una
verdadera exploración del alma humana. Curiosamente, dos
escritores que marcaron una época y un estilo, y dos películas
que se acercan a sus vidas y amores con el mismo tacto y
planteamiento que ellos después plasmarían en sus obras
literarias.
Por eso, Tirard estructura su largometraje a modo de obra
de teatro, con su prólogo y despedida final de los actores
dirigiéndose al espectador, con un nudo argumental que se
concreta en un largo flashback en el que conoceremos
cómo el ilustre escritor pasó de las farsas que habían llevado
a la bancarrota a su compañía teatral a la representación de
las obras de Corneille, para terminar creando su propia
comedia satírica. Entre medias, amores reales y ficticios,
juegos de seducción e ingenio con la palabra, enredos e
identidades ocultas, chantajes y falsedades, honor y
sacrificio, palabrería hueca y silencios cargados de
sentimiento. Aventuras amorosas en las que el joven Molière (Romain
Duris) representa el
papel de clérigo sin oficio, de maestro del burgués Jourdain (Fabrice
Luchini) en el arte
de la representación y el galanteo, de instructor de una hija
que no entiende de clases sociales pero sí de amor, de amante
de una madame Jourdain (Laura Morante)
en la que despierta sentimientos dormidos, de dramaturgo capaz
tanto de conquistar a la amada con la palabra o la actuación
como de imitar a un caballo nervioso o percherón. Actuaciones
que hablan del teatro y de las identidades prestadas a la hora
de actuar, del amor y de sus engaños o transformaciones en
quien lo padece, de la ceguera que comporta o del sacrificio
que exige, y en definitiva, del amor como motor de la vida y
de la creación artística desde el momento en que impulsa un
alma al artificio mecánico de la comedia vacua.
Pero
Tirard no sólo adopta los modos teatrales como vehículo para
mostrarnos al joven Molière, sino que también construye una
auténtica comedia con su propio estilo irónico y caricaturesco,
y busca retratar tipos que se mueven por apariencias o codicia,
entre la avaricia y el placer sensual, de la misma manera que lo
hiciera el dramaturgo en “Tartufo”, “El misántropo” o “Las
preciosas ridículas”. Sus diálogos están muy cuidados y bien
construidos, sin caer en lo pretencioso ni en el artificio
literario, su puesta en escena es refinada y elegante, con una
ambientación costumbrista que se aprovecha de los entornos
palaciegos de Versalles y alrededores, y de un vestuario de
época preciosista que con el resto del atrezo nos lleva al siglo
XVII francés, con su nobleza ociosa y su burguesía adinerada. La
música sinfónica de Frédéric Talgorn
viene como anillo al dedo para enmarcar esta historia de amores
y enredos, de farsas y simulacros jocosos.
El guión, equilibrado y sin
arritmias, mezcla y conjuga con acierto los momentos cómicos
—como la escena de Jourdain haciendo de caballo, o en tantas
otras en las que muestra su ceguera y torpeza— con los
dramáticos, aunque nunca llega a alcanzar el clímax emotivo ni
la gravedad necesaria: frialdad por tratarse de una
representación del amor y de una tragicomedia que huye de los
excesos, pulcra y precisa, artesanal en su concepción, y con
unas interpretaciones ajustadas a la propia obra del dramaturgo
francés. Espléndida es la secuencia en la que Molière y madame
Jourdain ensayan sus mutuas insinuaciones ante el espejo, o la
posterior y sensible "declaración de amor" que va pareja al
desvelamiento del farsante Tartufo, o la hondura de la escena
final ante la agonizante señora donde se funden trece años de
perdón, amor y agradecimiento. Romain Duris despliega todo su
repertorio interpretativo cómico-dramático, Laura Morante rebosa
naturalidad en un papel a medio caballo entre la época y la
modernidad, mientras que Fabrice Luchini pone el tono divertido
con su patético pero entrañable personaje, y
Ludivine Sagnier
retrata la frivolidad de una clase y época con su breve
aparición.
Historia de amores y de su
representación, de arribistas y ociosos, de genios que buscan
inspiración en la vida y de nuevos ricos que no aciertan a ver
lo que tienen delante. Inteligente y culta en
su construcción, elegante y preciosa en su estética, romántica y
delicada en su desarrollo. Gustará a los amantes del cine
artístico de época y
de ambientes cortesanos, de la comedia francesa y la
representación de qualité, y de las aventuras amorosas de
seducción. Una interesante propuesta sobre quien intentó hacer
reír con lo que haría llorar, sentir el amor con lo que no es
más que su apariencia, o criticar los vicios de una sociedad
caduca con lo que podría quedarse en un mero espectáculo de
entretenimiento.
Calificación:
    
Imágenes de "Las aventuras amorosas del joven Molière" - Copyright © 2007 Fidélité, Wild Bunch,
France 2 Cinéma y France 3 Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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