CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El eterno galán
La nueva película de
Marc Lawrence
("Amor con preaviso")
no defraudará a nadie porque tiene todo lo que se espera de
ella, y nada más. No hay engaño alguno entre sus fotogramas ni
tampoco previamente habrá generado grandes expectativas. El
potencial espectador sabe que encontrará romanticismo de cabo a
rabo, abundantes toques de comedia ligera y unas cuantas
canciones melódicas y pegadizas, y así sucede. Su director
vuelve a contar con el británico
Hugh Grant
para sacar adelante esta nueva historia de (sabor) amor
americano, tan alejada de la vida real como próxima a los sueños
adolescentes. Y es que Grant se ha perpetuado en papeles de
eterno romántico, con un tono ligero y amable, y algún apunte
frívolo y desenfadado. Su media naranja es
Drew Barrymore,
de la mítica familia hollywodiense, que sustituye a Sandra
Bullock en el reparto para poner su arte interpretativo al
servicio de los rígidos códigos del género. Por lo tanto, nada
nuevo bajo el sol: todo resulta previsible, para bien y para
mal, porque a lo que se va cuando se saca la entrada de una
cinta como ésta es a olvidarse de todo y pasar un buen rato. Y
eso, más o menos, lo consigue.
En
esta ocasión, vemos cómo una estrella de música que triunfó a
finales de los ochenta, Alex Fletcher, ha caído en desgracia
tras disolverse su grupo Pop!. Su declinar artístico ha ido
parejo a la pérdida de atractivo entre las mujeres, y ahora
sólo se rodea de antiguas fans que ya han entrado en los
cuarenta. Un día, su representante le consigue la oportunidad
de componer una canción para la joven estrella del momento
Cora Corman, que poco después comenzará una gira. La necesidad
y Cupido hacen que ese mismo día conozca a Sophie, que
casualmente ha ido a su apartamento a regar las plantas en
sustitución de una amiga, y que, también por casualidad,
descubra en ella a una letrista en ciernes. Canción y
enamoramiento se irán construyendo al unísono, no sin los
habituales traspiés, dudas, suspicacias y equívocos que, por
supuesto, se resolverán en aras de una vida feliz.
La historia y su desarrollo no son nada originales, y
habrá quien se pregunte si esa película no la ha visto ya
–algo que sucedió entre el público en la primera sesión de su
estreno a la que acudió quien escribe–, pero eso no importa
demasiado. El género exige una presentación rápida y esbozada de
los personajes, perdidos en su rutina existencial por traumas
profesionales y afectivos, y con una autoestima por los suelos.
El azar, la suerte o la buena mano del guionista harán que sus
vidas se crucen para consuelo, ayuda y solución en sus
infortunios. Su historia pasará ante la miradas de unos
secundarios que no hacen sino rellenar un largometraje hasta los
cien minutos, sin función narrativa necesaria, y cuyas subtramas
son aún más planas y sin desarrollo que la central. El guión de
Lawrence respeta punto por punto el esquema, por otra parte
correctamente escrito y equilibrado –peor hubiera sido si se
precipitase hacia el exceso dulzón–, que avanza a buen ritmo
sobre un montaje que prima el plano-contraplano, una
planificación a base de planos medios y americanos, y una puesta
en escena sin pretensiones ni voluntad de estilo. Todo va
encaminado a dar al film la fluidez y trasparencia narrativa que
exige una historia sencilla dirigida al corazón, sin diálogos
rebuscados ni enjundiosos, pero con mensajes y letras de
canciones que sí caen en lo redicho y en el
“tópico-adolescente”, cercanos a los eslóganes que Sophie
escribe en el centro de adelgazamiento en el que trabaja.
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Estamos ante una cinta de Hugh Grant –como si fuera un
Cary Grant posmoderno– más que de Marc Lawrence, pues el
actor es el alma de cada plano en una interpretación
idéntica a las anteriores.
Quizá haya que preguntarse si será capaz de hacer papeles
distintos, o si el espectador podrá verle en otros que no
sea el de galán y que encierren algún peso dramático.
Porque aquí, hasta el mayor de los fracasos se suaviza y
pierde fuerza bajo una sonrisa facilona y una pose
atractiva para adolescentes. Sus gestos, un tanto
histriónicos y falsos, pueden llegar a cansar y
convertirse en muecas de payaso amable, vacío e
insustancial. Suerte para él que a su lado está Drew
Barrymore para aportar aire fresco y auténtico –no de
profundidad, que sería improcedente–. Su sonrisa también
es fácil pero por espontánea, y contagia el encanto y la
gracia de un personaje atribulado que tenía un don, pero
que no lo descubrió hasta que el amor llamó a su puerta.
Entre ellos hay entendimiento y buena “química”, sus
miradas conectan y el espectador se da cuenta enseguida
que de esa relación laboral-sentimental saldrá una buena
canción y también una película aceptable. Al final es lo
que sucede, porque música y dueto interpretativo salvan el
trabajo de Lawrence.
La
música es, efectivamente, el otro protagonista de la obra, no
sólo porque la historia gire en torno a esa canción que Alex
debe componer, sino porque Lawrence y su compositor
Adam Schlesinger
la convierten en el eje emocional de la historia. El espectador
que asiste a su génesis, desarrollo y ejecución final acaba
haciéndola suya hasta tararear su melodioso y pegadizo tema, al
final del espectáculo de Cora-Alex-Sophia. Y con el éxito de la
escritora y del popero frustrados (“Tú la letra, yo la
música”), la autoestima de todos se reflota o eleva hasta
dibujarse una nueva sonrisa en los labios.
En fin, a este título se le
podría sacar algo de punta crítica, como si se tratase de una
comedia ingeniosa y punzante, cínica y mordaz, al estilo de
Ernst Lubitsch, Billy Wilder o Woody Allen. Se lanzan dardos
ácidos e irónicos contra una sociedad que viste lo sensual y
extravagante con ropajes pseudo-espirituales, que en su
incultura e inmadurez se ve obligada a explicitar que “la azotea
está arriba” –como si pudiera ser de otra manera–,
que se sorprende porque una relación afectiva dura ya dos meses,
o contra los mecanismos de funcionamiento de una industria
musical y una publicidad agresiva. La dulce e insustancial Cora
encarna estas y otras diatribas, en un personaje penoso por lo
superficial y por ser espejo de tantos que se miran en esos
modelos y los sostienen. Sin embargo, Marc
Lawrence no es ni Lubitsch, ni Wilder, ni Allen, y siempre
podemos quedarnos con la primera lectura, amable y sin
pretensiones, y pasar un rato entretenido, si lo que uno quiere
es simplemente descansar y olvidarse de todo, hasta de la
película una vez terminada.
Calificación:
    
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