CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Algunas películas
provocan dolor de cabeza con la simple visión de su póster.
Jaqueca para los que están hartos de
Hugh Grant
desde que alguien lo proclamó nuevo galán romántico en “Cuatro
bodas y un funeral” (1994). También para los que sienten lo
mismo por Drew Barrymore,
encasillada en papeles de ingenua cuando sabemos que en la vida
real no tiene ni un pelo de eso. Para los que aborrecen el pop
de los ochenta, sus ropas, peinados y videoclips alucinógenos.
Y, como se suman todos los elementos, el club de detractores de
la comedia romántica debe abstenerse en la misma medida. Por
supuesto, los antónimos de lo anteriormente citado pueden
aplaudir como las enloquecidas fans que pululan por “Tú la
letra, yo la música”.
Ya nos
lo dejó claro en 2002 de la mano de Chris y Paul Weitz: Hugh
Grant sigue siendo un niño grande. Aunque podrían dar un poco
de pena –o mucha– sus incipientes arrugas entremezcladas en un
conflicto amoroso-adolescente, su personaje, Alex Fletcher,
asume, con la resignación de los años, que el mejor momento de
su fama ha pasado. Ex-segundón-componente de un grupo
ochentero, inspirado en los Wham!, vive de vergonzosos
conciertos en parques de atracciones y programas casposos a
los que sólo acuden fanáticas menopáusicas. El mayor chiste de
la película vendría con la premisa de que, junto a la
cuidadora de sus plantas, Sophie (Drew Barrymore), compone la
canción ideal que lo devuelve al digno estrellato. Por
fortuna, Marc Lawrence
–guionista de esa saga con licencia para matar intelectos que
es "Miss
Agente Especial"
(2000 y 2005)– sortea el terreno de la escasa
credibilidad gracias al bajo nivel de glucosa. En todo caso,
no sirve de mucho esquivar tópicos si después uno cae de lleno
en las conclusiones de siempre.
La
autoconciencia de Grant resulta lo más salvable de una cinta que
se ahoga a sí misma en la previsibilidad. Un rasgo consabido en
el género al que se adscribe, pero aunque siempre hemos aceptado
que el happy end se impone en los "chico conoce chica",
cualquier espectador espera llegar a ese punto con un mínimo de
gracia e ingenio. En este caso, el mundillo de la música de
hit parade daba para un humor mucho más incisivo que la
blanda caricatura de Britney Spears –Grant ya participó en una
parodia algo más ajustada, "American Dreamz: Salto a la fama"
(2006)–. Cora Corman (Haley
Bennett) comete
el pecado de mezclar rap con ritmos hindúes, de perseguir
la espiritualidad a través de obscenas coreografías y costosos
espectáculos de masas. Aunque la pareja protagonista se opone a
las ideas comerciales de esta estrellita de moda, principalmente
por miedo a que su profunda canción –¿perdón?– quede
desvirtuada, Cora termina representando el mismo papel
decorativo, con un trazado grueso y condescendiente, que el
inmenso Buda de su escenario, un tropezón preciso para el
deus ex machina de turno.
Lo que
el guionista-director evita para el agradecido público son las
subtramas de superación colateral que harían del triunfo
definitivo una victoria absoluta. Sophie sufre un victimismo
provocado por su anterior relación amorosa, que en ningún
momento podrá aliviar mediante esas ingenuas venganzas del tipo
"fíjate en lo que me he convertido desde que me dejaste" –cuyo
clímax se encuentra en la estupidez de "Una
rubia muy legal"
(2001)–. Eso sí, los patéticos secundarios continúan
reservándose los defectos necesarios para el contraste con los
protagonistas –el mánager desencantado, la hermana infantil que
dirige un negocio de pérdida de peso–. En la aceptación del
propio patetismo de los "héroes" habría encontrado Lawrence la
clave para una comedia distinta: Sophie es, le guste o no,
aquéllo que odia, y Fletcher afirma que Bob Dylan desprecia su
creatividad musical, nunca fuente de memorables canciones.
Normalmente, uno prosigue el camino planteado por este género
con docilidad, pero el momento de resolución que supone
inevitables contradicciones destroza cualquier posible recuerdo
agradable. La vergüenza ajena del concierto de cierre es mucho
mayor en su descarado perdón colectivo –y la copia de “Cantando
bajo la lluvia” (1952), ya perpetrada por "Moulin
Rouge" (2001)–
que las retro-actuaciones de Hugh Grant con pelucón, pantalones
ajustados y torpes movimientos pélvicos, un regalo para todos
sus enemigos que ofrece sin falsos egos. El ridículo que puede
transmitir tiene más peligro en la versión doblada al castellano
que en el original, pues si bien las letras en inglés no son
majestuosas, al menos no se deben a los precipitados pareados
del traductor. Al margen de la evidente
ausencia de material nuevo, siempre he defendido que estas
historias no hacen daño a nadie, de la misma manera que no
consiguen incluir ninguna mala intención.
Concebidas para el romántico incurable que rellena carencias
emocionales con lo cool de Hollywood, las comedias
románticas dan dolor de cabeza al resto. O al menos a la arriba
firmante, que ya no sabe qué escribir de unas películas que son
todas iguales y a las que sólo pide dejen de incluir la escena
del restaurante con la heroína patosa que intenta ocultarse de
su ex. Tal vez también necesite a un chico que me riegue las
plantas y, de paso, me escriba las críticas.
Calificación:
    
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