CRÍTICA
por
José Arce
Will
Ferrell, como tantos
otros cómicos norteamericanos, no goza de un excesivo favor del
público más allá de las fronteras cinematográficas de Estados
Unidos. Si bien entre sus compatriotas sus producciones son
acogidas con calidez, frecuentando los primeros puestos del
box office yanqui durante las primeras semanas de
exhibición, por aquí sus propuestas escapan a los gustos de los
espectadores españoles, que no se muestran especialmente
receptivos al tipo de humor que enarbolan. Quizá se deba a su
excesivo localismo temático, tal es el caso de "Aquellas juergas universitarias" (Todd
Phillips, 2003) o "Pasado de vueltas"
(Adam McKay, 2006), centradas en algo tan común en el país de
las barras y las estrellas como son las cofradías universitarias
o la NASCAR, conceptos inexistentes en España. Sea como fuere,
es indudable que este humor tiene su audiencia, como demuestra
el hecho de que siga rellenando un hueco de nuestra cartelera
con bastante regularidad.
“Patinazo a la gloria” es totalmente fiel a su filmografía,
una carrera que repasa conceptos que, por una u otra razón,
son campo abonado para un cierto tipo de comicidad que
discurre entre lo absurdo y lo entrañable, porque la esencia
misma de los mundos que desmitifica no encajan con un
planteamiento humorístico al uso: la masculinidad de las
pruebas automovilísticas, el glamour –un tanto
extravagante en sí mismo– de la pasarela masculina ("Zoolander",
Ben Stiller, 2001), o, en este caso, el amaneramiento
intrínseco al patinaje artístico, todos ellos terrenos en los
que una puesta en escena equivocada, por zafia o por
descuidada, pueden provocar reacciones virulentas entre los
seguidores de cada una de estas disciplinas, así como rechazo
por parte del espectador común. Así, una vez más, Ferrell
elige hacer lo que mejor sabe, que no es sino tomarse en serio
su propio absurdo. Su personaje, Chazz Michael Michaels, es
poderosamente masculino y viril, soez pero –o eso pretende
creer– irresistible, un macho de pelo en pecho que al
enfundarse las mallas dispara su testosterona para volver
locas a las mujeres, en una suerte de fantasía erótica tan
extraña como desternillante. Junto a él, Jimmy MacElroy (Jon
Heder) aparece como
el contrapunto grácil, débil y sensible, abandonado por su
mentor (William Fichtner),
pero que renace de sus cenizas para convertirse en el
integrante femenino de esta improbable pareja. Para que no
haya suspicacias sobre su orientación sexual, será el objetivo
de los anhelos de la bella Katie Van Waldenberg (Jenna
Fischer).
Planteados los personajes, el universo del patinaje artístico
permite desplegar un abanico cómico que funciona a la
perfección. Desde la propia indumentaria de los atletas, pasando
por los entrenamientos, hasta las coreografías ante el público,
todo se presta, llevado al extremo, a provocar la carcajada. En
torno al hilo argumental básico –dos hombres forman pareja para
ganar el Campeonato del Mundo de Montreal–, se articulan
elementos circundantes que sirven perfectamente al sano
propósito de arrancar sonoras risotadas: el fan obsesionado (Nick
Swardson), la pareja
malvada (Will Arnett
y Amy Poehler,
hermanos en la ficción y matrimonio en la vida real), la
imprescindible figura del entrenador –encarnado con soltura por
el televisivo Craig T. Nelson–
que oculta un oscuro pasado… Todos ellos integrados en un
metraje que discurre con fluidez, plagado de momentos
hilarantes, destilando un humor tan grueso como irreverente,
pero que se mantiene dentro de unos límites de cordialidad que
la convierten en una producción para –casi– toda la familia.
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Más influenciada formal,
estética y narrativamente por “Zoolander”
que por otras obras recientes, será acusada –hasta cierto punto,
con justicia–
de redundar en lo mismo de siempre, el chiste fácil basado en
golpetazos en los genitales, situaciones tirando a vastas,
infantiles juegos de palabras y un desarrollo predecible en
líneas generales. Pero no es menos verdad que todo ello forma
parte de un esqueleto perfectamente
estructurado, una cadena de gags y situaciones en los que cada
elemento y cada detalle, sutil en mayor o menor medida, está
perfectamente dispuesto
para crear una realidad paralela en la que personajes como
estos, absurdos y perdedores, tienen una cabida digna y real.
Una fórmula que, no nos engañemos, funciona, como demuestran los
cien millones de dólares recaudados en el primer mes de
exhibición de la cinta en su país de origen, nueva muestra de la
sorprendente facilidad del público americano para, o bien reírse
de sí mismo, o bien ensalzar esas megaproducciones indigestas
que honran sus valores morales más dudosos. Y podrá ser
criticable por la nula profundidad de sus tramas y situaciones,
pero esta película no puede ser tildada de hipócrita: quien
acuda a la sala sabe perfectamente lo que va a ver, ni más ni
menos.
Lo peor de este “Patinazo a
la gloria” es, precisamente, su propio título castellano, en el
enésimo intento de los distribuidores de atraer a las salas a un
público que suponen incapaz de entender a qué le invita el
original, en este caso unas épicas cuchillas de gloria
que entroncan mucho más con su auténtico espíritu. Un
divertimento sin pretensiones, que sigue manteniendo al recién
entrado en la cuarentena Ferrell entre los primeros de esa
lista, que cuenta con tantos amantes como detractores, repleta
de nombres de cómicos norteamericanos que se sirven de la risa
para desmoronar tabúes y estándares caducos de la que se
autoetiqueta como la nación más desarrollada del mundo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Patinazo a la gloria" - Copyright ©
2007 Dreamworks Pictures, Red Hour Films y Smart Entertainment.
Fotos por Melinda Sue Gordon. Distribuida en España por Universal Pictures International
Spain. Todos los derechos
reservados.
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