CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
Estrenos como “Seduciendo a
un extraño” le hacen pensar a uno que el cine, como disciplina
artística, ha quedado relegada a ser el chico de los recados de
sus compañeros de oficina: el teatro y la literatura. Extraña es
la semana en que la crítica fílmica pueda ir más allá que la
literaria, cuando uno se topa de frente con una cartelera basada
esencialmente en material del que ya disponían las librerías con
meses de antelación. ¿Es esto algo realmente negativo? Lo cierto
es que no. Si bien en un principio puede pensarse que el cine
puro se basa únicamente en el realismo visual y sonoro, éste se
perfila como una potentísima herramienta –el lenguaje
cinematográfico– útil y reutilizable por el director para lo que
le plazca, en particular para contar una historia. ¿Y por qué
no?
Creyendo asumido el realismo
por la parte que toca a la imagen y al sonido, y aunque en
muchas ocasiones se viole esta premisa, aumentar el "índice de
realismo" (si es que es posible hablar de tal cosa) se traslada
al guión. Es curioso cómo esta idea surge de un film que no es
una de esas adaptaciones de best-seller, ni siquiera de
un libro previamente publicado. Se trata de que la ficción viaje
sustentada por todo un conjunto de elementos narrativos desde la
pantalla hasta los ojos del espectador; serán esos elementos a
quienes haya que juzgar para que, en última instancia, pueda
considerarse que lo ocurrido podría, efectivamente, ocurrir.
Ocurrir de verdad, a usted, a un conocido o a alguien del otro
extremo del globo.
Todos esos elementos han sido
mimados con sumo cariño en “Seduciendo a un extraño”. Hablo en
particular del ente tecnológico de más trascendencia del siglo
pasado, Internet, de la que se ofrece una imagen de su
naturaleza no explorada hasta este momento en la gran pantalla:
su impacto en la vida cotidiana del ciudadano de a pie. Algunos
precedentes, como por otra parte cabría esperar, se enfocaron en
su aspecto más técnico, como es el caso de “Tron” (Steven
Lisberger, 1982) o “Juegos de guerra” (John Badham, 1983), que
más que retratarla se recreaban en la ficción cyberpunk
de los años ochenta para crear mundos virtuales derivados de la
interconexión entre computadoras. En este punto se bifurcaría el
camino de las películas que usarían Internet y su actividad como
telón de fondo, como “La Red” (Irwin Winkler, 1995),
“Conspiración en la red” (Peter Howitt, 2001) o
"Operación
Swordfish"
(Dominic Sena, 2001), y las que filosofarían sobre la vida
virtual, estas últimas indudablemente encabezadas por la
adaptación animada del cómic japonés de Masamune Shirow, “Ghost
in the shell” (Mamoru Oshii, 2005), y continuadas por
"eXistenZ"
(David Cronenberg, 1999) y
"Matrix"
(Andy y Larry Wachowski, 1999). Cabe destacar que sin la
diferenciación que estableció la gran obra de Oshii podrían
haberse repetido accidentes que intentaban mezclar ingredientes
de estos dos géneros no complementarios, como es el caso de
“Hackers” (Iain Softley, 1995), que además distorsionaba el
perfil de los tecnólogos de Internet (no, no pienso decir
hackers).
Aunque para el caso no se ha
aplicado el fondo de la actividad informática a un personaje
intrascendente, pues
Halle Berry
interpreta a una reportera que deberá seducir a un extraño (los
títulos explicativos nunca dejan de sorprenderme) para obtener
cierta información, James
Foley
(director) y su guionista,
Todd Komarnicki,
han puesto especial esmero en conseguir un buen equilibrio entre
la fidelidad tecnológica y la accesibilidad de su argumento, de
modo que no obligan al público a poseer conocimientos que no se
le puede exigir. A partir de este punto, el guión se ceba en sus
tejemanejes para enfatizar desconfianzas y traiciones, además de
acentuar esa manida frase que dice que nada es lo que parece,
como termina concluyendo la voz en off en su pequeña
reflexión sobre cómo es la comunicación entre personas cuando se
usa Internet como canal.
Quitando el
componente tecnológico que acompaña todos sus compases, el
relato de la cinta acusa de altibajos en su realismo, sobre todo
al final.
Prescindiendo de éste, que resuelve el metraje a base de ases en
la manga bastante desagradables, nos queda una introducción muy
prometedora, a pesar de sus frases pretenciosas, y un pase
intermedio un tanto lento, atascado hasta que la visceral
elegancia de Bruce Willis
le hace levantar el puño que muestra su alianza mientras habla
de lealtad, eclipsando (literal y figuradamente) a la
oscarizada Berry.
Sin más
originalidad en su puesta en escena que la intachable
interpretación de Willis y Berry, un par de transiciones entre
plano y plano, y el filtro de color en los flashbacks,
“Seduciendo a un extraño” llegó completada a postproducción, que
tampoco pudo hacer mucho por maquillar un desenlace rocambolesco
ni presionó para no mostrar, una vez más, el estereotipo del
geek; porque no todos los arquitectos de Internet son
pervertidos perturbados. Problemas que, como ven, incumbían a
preproducción, que sólo cumplió a medias. De modo que, una vez
más, irán a una sala de proyección a contemplar aquéllo que
hubieran imaginado leyendo un libro acomodados en su sofá. En
comparación, bien es cierto que la entrada puede salirles a
mejor precio, tanto en dinero como en tiempo, aunque esta vez no
tengan una versión impresa del largometraje que les permita
decidir.
Calificación:
    
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2007 Revolution Studios. Distribuida en España por Sony Pictures
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