CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
¿Qué hace que una historia de ciencia ficción funcione? La
respuesta podría reducirse a un solo sustantivo: una ventana. Al
abrir la tapa de la encuadernación e iniciarse la primera
oración que antaño escribieran Herbert, Clarke o Asimov, uno
puede notar como esa ventana se abre de par en par, mostrando el
exterior –que resulta ser el interior del narrador– a nuestra
mente. La propiedad fundamental de una ventana es la de hacer
más cercana esa visión del observador no interactivo, de quien
mira y oye el suceso sin que el suceso pueda mirarle o oírle a
él. Esta construcción roza la perfección que pregonaba el primer
realismo, aunque esta vez la ventana no es a nuestro mundo: es
la ventana a la utopía.
Podría pensarse que la
fórmula idónea para la ciencia ficción es, pues, el simple
intercambio del suceso cotidiano por el ficticio (donde entraría
en juego toda la maquinaria de la técnica), pero lo cierto es
que en este género las ventanas pueden ser de cualquier tamaño,
forma e incluso de contenido vacío, como las que miran al
espacio. Por esta razón la abertura del orificio es la tarea que
requiere de toda la habilidad del narrador en un punto clave:
contextualizar. O quizá debería decir "no contextualizar",
puesto que introducir un universo creativo de forma no explícita
es el modo en que se nos puede convencer de que seguimos mirando
a través de una ventana de forma casual, hacia personajes y
eventos que no inician su existencia con el relato, sino que
durante el tiempo del relato podemos pensar en su existencia
anterior y en la que vendrá después. Porque en las ventanas de
verdad, los paisajes que se muestran tras ellas no se preparan
en un despliegue teatral planificado: siempre estuvieron ahí.
Como ven, evitar la
descripción explícita del contexto puede resultar tan sencillo
como abusar de constantes hipótesis que se den a conocer de
forma natural –de la misma forma en que se dan a conocer en
nuestra percepción cotidiana las que rigen el funcionamiento de
la realidad–. El cine proporciona gran cantidad de herramientas
para que esta sutileza al disponer el entorno nos sumerja de
lleno en un lugar que no existe (primeros planos de “Blade
runner”, Ridley Scott, 1982), sin necesidad de que el relato
posea una tediosa introducción pseudorrealista (“Armageddon”,
Michael Bay, 1998; "El
núcleo", Jon Amiel,
2003) en que el realizador enfatice con diálogos tozudamente
manifiestos no sólo la construcción de su mundo, sino también de
cómo va a acontecer toda la lucha tecnológica.
“Sunshine”, la tercera
colaboración del director
Danny Boyle
(“Trainspotting”, 1996) con el guionista
Alex Garland
tras la paranoica "La playa"
(2000) y los zombis de "28 días después"
(2002), es una producción altamente prometedora que en su
primera mitad enseña algunas de estas características, aunque
después se desvanezcan todas las expectativas con un desenlace
muy turbio.
En un terreno a priori inexplorado por Garland, “Sunshine”
arranca con un plano compuesto únicamente por el Sol, el
protagonista de fondo, mientras la voz en off nos cuenta
que el astro rey muere de forma prematura. Garland omite en este
prólogo el sustento físico que alguno podría exigirle,
encaminándose así hacia la ciencia ficción mencionada en los
primeros párrafos, la que fantasea más allá de la realidad
científica sin importar lo que la ciencia diga acerca de su
posible veracidad. De igual modo ocurre el descubrimiento por
parte del espectador de los detalles de la misión de la Ícaro
II, que mediante una bomba protegida con un escudo deberá
reencender la actividad energética de la estrella. De nuevo, se
eluden los detalles sobre qué materiales aguantarían una
aproximación a la fotosfera (hablamos de temperaturas que rodean
los 6000 K) o cómo es el proceso que tras el estallido
reactivaría las reacciones solares, para resaltar lo realmente
peligroso de los viajes especiales: las pequeñeces. El frío, el
aire, la luz, los agujeros o los bordes afilados son nimiedades
que, en el espacio, se tornan en amenazas mortales.
Sin embargo, todo este entramado se resquebraja
como consecuencia de las migajas sobrantes de los anteriores
guiones de Garland: el extraño amasijo entre la falta de cordura
de "La playa"
y los zombis de "28 días después"
genera una especie de
"Alien,
el octavo pasajero"
(Ridley Scott, 1979) que irrumpe con fuerza en la hermosa escena
del brote de la vida. El fondo anterior, constituido por el mimo
a las pequeñas coacciones del vacío espacial y el amor
incondicional por la luz del Sol, ambos sencillos y románticos,
quedan contradichos por la reiterada reflexión sobre la locura
humana, compleja y fría, de la que uno de los tripulantes de la
Ícaro II ya nos advertía desde el principio pero que preferimos
obviar: había otras muchas cosas, muy interesantes, sobre las
que centrar nuestro interés.
Aunque en el guión Garland casi lo consigue, Boyle tenía las
espaldas cubiertas con producción y postproducción. Con un
presupuesto de quince millones de euros, el director no sólo se
ha asegurado unos agradables efectos especiales (aunque sea
imposible que un reflejo solar encienda fuego alguno en el
espacio), sino que ha podido recrearse con las cámaras, como la
que tiembla insertada dentro de los cascos; con el montaje,
usando fotogramas intercalados al irrumpir en la Ícaro I; o con
la puesta en escena, con detalles como las escafandras ignífugas
de visibilidad reducida para impedir el deslumbramiento. Y aun
sin contar con Vangelis para la banda sonora, las solitarias
notas de guitarra eléctrica en la pastilla del puente o las del
piano acompañan a la solitud de la nave cuando el ordenador de a
bordo, inspirado en el HAL de Clarke ("2001:
Una odisea del espacio",
Stanley Kubrick, 1968) y en la computadora de la USS Enterprise
de “Star Trek”, guarda silencio.
El sabor agridulce de “Sunshine” puede interpretarse con un
árbitro implacable: su estado de ánimo al entrar en la sala. Si
es bueno, no les resultará difícil mostrarse esperanzados ante
un título de cartelera que parece interesarse por la ciencia
ficción de siempre; aunque las cosas terminen por torcerse,
siempre podrán pensar que otros aprenderán del error. Si, por el
contrario, su mal humor se traduce en exigencia, jamás
perdonarán a los artífices de este largometraje haber
desaprovechado una oportunidad única para tocar el Sol.
Calificación:
    
Imágenes
de "Sunshine" - Copyright © 2007
Fox Searchlight Pictures, DNA Films y UK Film Council. Distribuida en
España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Sunshine"
Añade "Sunshine" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Sunshine" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Sunshine" a un amigo
|