CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Tal vez nos estén
engañando y “La brújula dorada” no sea una aportación más al
género fantástico-juvenil-literario, sino una pieza de esta
historia interminable que parece no terminar nunca con
trilogías, sagas, secuelas, precuelas y cero creatividad.
Anunciada ya por su estudio como la heredera de
"El Señor de los Anillos" —en la
línea del fenómeno comercial, no de la cercanía temática—, sería
interesante analizar las consecuencias perjudiciales de esa
comparación, con la que este nuevo mundo mágico sale mal parada
vista la pérdida de categoría que la saga de Peter Jackson ha
ido sufriendo paulatinamente desde su estreno.
Hostigada por esos parangones "positivos" y otros menos
favorecedores —nieve + niños = "Las crónicas de Narnia: El león,
la bruja y el armario"
(2005), devastada por la crítica a pesar de la recaudación que
ha impulsado una secuela—, amén, nunca mejor dicho, de una
oposición airada de la Iglesia hacia su contenido, “La brújula
dorada” es un producto abocado a la decepción y el fracaso, si
no económico, al menos en su afán por mantener un nivel de
fanatismo similar al de los hitos del fantástico. Todo
termina, y empieza, como un torbellino de polvo y luces
inconexas, destinado a causar más ceguera visual que a
preocuparse de qué necesita una buena película de aventuras
para toda la familia. Y, desde luego, entre esos requisitos no
se encuentra el tratar al público como a un fan de los libros
de Philip Pullman
o como a un potencial seguidor al que es fácil persuadir de
sus encantos. Sólo así pueden entenderse las interesadas
decisiones que ha tomado el director y guionista,
Chris Weitz
—parece mentira que este hombre otrora firmara algo tan
modesto y eficaz como
"Un niño grande"
(2002)—, en torno a la estructura de la historia y su continua
inspiración de expectativas que no conducen a lugares firmes.
Sin
embargo, es muy posible que, aun incluso persiguiendo un
espíritu distinto, Weitz no hubiese podido llevarlo a la
pantalla por el interés de una productora que abrazó el éxito a
base de ñoñerías y buenos valores. Es por ese motivo que el
reverso tenebroso —recordemos que “La materia oscura” es el
título que agrupa a la trilogía literaria— desaparece a favor
del brillo, el estilismo deslumbrante, el carisma de los
personajes sin dobleces y el ritmo de un gran banquete en el que
sólo se permite tomar un poco de cada plato. Las tretas para
captar la atención son tan buenas en la campaña promocional como
insulsas en el resultado: el reclamo de nombres como
Christopher Lee,
Sam Elliott,
Eva Green
o Daniel Craig
se corresponde con minúsculos minutos de paseo por el decorado,
y la sucesión continua de golpes de efecto climáticos, que
pueden funcionar bien sobre papel, no encuentra aliento en unas
secuencias precipitadas, cuyos complejos nexos de unión apenas
pueden distinguirse ni con la facilona recurrencia a voces en
off e inverosímiles conversaciones explicativas.
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Sin necesidad de iniciar
viciosos debates acerca de las adaptaciones, los libros de
Philip Pullman eran un difícil material cinematográfico por su
peso intelectual, científico y filosófico, que no encuentra a su
mejor aliado en el sector de público al que se dirige la
película. Comprensible el enfado de la Iglesia católica al
respecto —del mismo modo que es evidente su equivocación
disfrazada de victimismo corderil—, tampoco es que el
largometraje ahonde en esas espinosas parcelas, y omite
cualquier vocabulario "oficial" para camuflarlo de Magisterio,
aunque este término también se utilice en el original. La
crítica a las autoridades, pues, junto a la defensa a ultranza
de la libertad de expresión y convivencia no destacan sobre el
manto de aventuras carentes de humor, trufadas de sobresaltos
previsibles y unidas como un concurso de pruebas pintorescas a
las que debe enfrentarse una niña cualquiera, Lyra, cuya "misión
especial" no llega a explicitarse del todo. Interpretada por
Dakota Blue Richards
con convicción frente a la inexistencia de un importante
porcentaje de todo lo que la rodea, la protagonista ve ablandado
su rol con respecto al literario, que era lenguaraz, repelente,
creído e incorrecto —una borrachera intercambiada por el gesto
de probar y escupir una copa de vino, que hay que dar ejemplo—.
Sólo
Nicole Kidman,
tan dorada y gélida como la textura del conjunto, consigue
moverse como pez en el agua y hacer de su antipático personaje
un foco fascinante y de prometedora crueldad, actitud deseable
después de tanto buenrollismo y realidad enmascarada. Una
contradicción cuando se supone que el objeto central, el
aletómetro, revela la verdad, aquí cuidadosamente vestida
con la corrección que se espera de un film de buen corte, buena
actitud, que se amolda a la moda y, como es obvio, pasa
desapercibido. Seguramente no pocos espectadores salgan sin
haber comprendido qué es el polvo, la intercisión, la junta de
oblación, "la elegida", ni demás jerga incomprensible, por
supuesto no por su culpa, sino por la superficialidad con que se
incorporan temas abstractos a un producto no confeccionado,
precisamente, para incitar a la reflexión. De toda esa
originalidad, apenas lucida por unos efectos especiales a los
que cada vez estamos más acostumbrados, lo más curioso son los
daemonions, encarnación animal del alma de cada ser
humano y que lo acompaña como un fiel y eterno amigo parlante
—si bien a costa del doblaje en nuestro país se pierde el
reparto vocal original, no menos notable que el que da la cara—.
La ambientación de este mundo
paralelo al nuestro se extiende como un reflejo del alma de la
película: una civilización de trazados modernistas, estancada en
ese perpetuo desnivel que separa la pervivencia de lo antiguo y
la proyección de lo futurista, un querer avanzar mientras
seguimos siendo iguales que antes. Y nunca se conseguirá
mientras el fin último continúe siendo la rentable expropiación
de la literatura y el repulsivo rigor con que se interpretan las
páginas que, al ser objeto de culto de muchos, deberán
trasladarse tal cual con cambios sutiles que no den pie a obras
cinematográficas, sino autómatas inexpresivos y desangelados. Y
ahí se quedaría un film del montón destinado al entretenimiento
navideño, si su hipocresía no saliese a la luz al ser fiel a lo
que interesa, mientras el auténtico final del libro se secciona
para, supongo, convertirlo en introducción de una segunda parte
igual de condensada. Un soliloquio esperanzador por parte de
Lyra que no tiene nada que ver con la crueldad, la negrura y el
desaliento del original, pues, digámoslo claro, esos
ingredientes no interesan para vender más entradas en la
siguiente entrega, y ya no se trata de la dependencia o no con
respecto al libro, sino de que la independencia mostrada sólo
tiene sentido bajo las riendas de una gran y aburrida tendencia
de producción en cadena.
Calificación:
    
Imágenes
de "La brújula dorada" - Copyright © 2007
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Field. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
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