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Novela "Expiación" (Ian McEwan)
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Banda sonora de "Expiación: Más allá de la pasión" (Dario Marianelli)
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EXPIACIÓN: MÁS ALLÁ DE LA PASIÓN
(Atonement)


Dirección: Joe Wright.
País:
Reino Unido.
Año: 2007.
Duración: 130 min.
Género: Drama.
Interpretación: Keira Knightley (Cecilia Tallis), James McAvoy (Robbie Turner), Saoirse Ronan (Briony Tallis con 13 años), Romola Garai (Briony Tallis con 18 años), Vanessa Redgrave (Briony Tallis anciana), Brenda Blethyn (Grace Turner), Juno Temple (Lola), Patrick Kennedy (Leon Tallis), Benedict Cumberbatch (Paul Marshall).
Guión: Christopher Hampton; basado en la novela de Ian McEwan.
Producción: Tim Bevan, Eric Fellner y Paul Webster.
Música: Dario Marianelli.
Fotografía: Seamus McGarvey.
Montaje: Paul Tothill.
Diseño de producción: Sarah Greenwood.
Vestuario: Jacqueline Durran.
Estreno en Reino Unido: 7 Sept. 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Cuando uno tiene en gran estima algunos libros, algunas historias, encontrárselas en una adaptación visual tiene el mismo carácter de tardío reconocimiento que el toparse con un conocido muchos años después. Reconozco mi admiración por Ian McEwan y su preciosa y demoledora novela “Expiación” —sin el absurdo subtítulo que aquí han añadido, como si el público español fuera tonto y se pensara que dicha palabra a secas tiene connotaciones religiosas—. Por esa razón, el proyecto cinematográfico despertaba mi escepticismo, y más aún cuando el director responsable resultó ser Joe Wright, debutante en la pueril y convencional "Pride & prejudice (Orgullo y prejuicio)" (2005). Aparcando el original literario, la película definitiva no arranca un espíritu fiel, aunque sí mimético, para alcanzar el dificultoso fin de convertir palabras en imágenes puras, meta que Wright consigue con ciertos riesgos bien conducidos a pesar de la irregularidad del conjunto.

 

  Resultaría inútil resumir aquí trama o relaciones presentes en el argumento, pues éste se reduce a una mínima expresión que permite el estallido de niveles más complejos, implícitos y reflexivos. Ese ambiente, que encuentra en la literatura su mejor aliado, plantea problemas de ritmo para el cine, de tal modo que en la película adquieren protagonismo los sucesos externos, los diálogos de apariencia anodina y las frases de fácil anclaje en la memoria del espectador. Este cuidado por mantener un pulso firme se traduce, sin embargo, en cierto estilo de culebrón con toques a lo Scott Fitzgerald que no hace justicia a las intenciones profundas del relato. Las virguerías estructurales y narrativas, bien pensadas aunque a medida que avanza el metraje se vuelvan predecibles –el segundo cambio de perspectiva entre la pequeña Briony Tallis (Saoirse Ronan) y su hermana Cecilia (Keira Knightley) y Robbie (James McAvoy)–, sufren de un desapercibimiento debido a la intensidad del fatalismo que parece pesar sobre cada escena. Una descompensación que Wright unifica mediante un elemento por lo general olvidado: la fuerza de un sonido, como la máquina de escribir, para transmitir el estado febril en que se mueven unos personajes asfixiados por un día de calor.

  La primera parte, correspondiente a esa jornada en la mansión Tallis, merecería los mayores elogios por su contención estilística, la cohesión de un montaje elegante y la certeza de una puesta en escena que no se luce en vacuas panorámicas de descripción. El hechizo que ejerce este arranque con personalidad propia, sobre todo en lo concerniente a la ya mencionada banda sonora, podría nublar la vista ante la afectación de la que a veces pecan esos efectos visuales, cuyo valor pretende imponerse por encima de lo que de verdad importa: los personajes —por ejemplo, las evocaciones que Robbie hace de Cecilia, con una Keira entre espejos y filtros lumínicos que parece anunciar cierto perfume—. Permitiendo suspiros cómicos o patéticos entre el crescendo dramático, rematado sin un “gran momento”, el guión de Christopher Hampton introduce la segunda parte como una patada abrupta y ágil, dolor que siente el público a la par que destroza a los protagonistas. A partir de aquí, lo que estaba cojo no puede ocultar por más tiempo su renqueo. Por suerte, el periplo de Robbie por tierras francesas durante la Segunda Guerra Mundial se resume en breves apuntes —con un afortunado paralelismo mudo entre el pasado y el presente del joven—, como si la masa del presupuesto la hubiese absorbido ese aclamado plano secuencia que, desde luego, denota una preparada habilidad de realización, pero con la evidencia de su peor defecto.

  Al igual que sucedía en la primera mitad de la película, la cámara se desvía de los personajes para mostrarnos estampas de horror, una noria que gira, un coro improvisado que canta, soldados enloquecidos y otras obvias metáforas de la división del mundo, del mundo de Robbie y Cecilia, en dos: la realidad y la ficción, la vida campestre y el descarnado colaboracionismo bélico. No es un secreto que la novela de McEwan duplica su valor a causa de la lectura metaliteraria, que Wright traduce, en escasas ocasiones, en su propia mirada de metacine. La esperanza de Robbie diluyéndose frente a una pantalla de cine donde dos actores se besan, o las imágenes documentales de soldados que regresan a Inglaterra, hablan con dolorosa franqueza del cine que intenta justificar su inútil función a través de los referentes reales que imita. Esa dicotomía entre la creación y la vivencia está marcada por la misma máquina de escribir: la responsabilidad moral de unos personajes que interactúan con la realidad, pero que tampoco pueden amoldarla a su antojo. Ésta es la abstracción fundamental de la historia, a veces desaprovechada en pro de la simple acción —no se nos explican las dudas literarias de Briony ni el relevante papel del teatro doméstico en la representación de ese escenario mayor que es la vida cotidiana—.

  El solapamiento de ficciones con ficciones, que a su vez se alimentan de realidades y pretenden provocar el nacimiento de otras realidades nuevas, supone un difícil trabalenguas para Wright. Su concesión ha sido aferrarse a la forma más eficaz de narrar tan compleja historia, pero que no supone ningún obstáculo para que una porción importante de alma —cuando no se cree su propia trascendencia— palpite durante gran parte del quizá excesivo metraje. Un peso que recae sobre los hombros de James McAvoy, sutil y modesto, aunque termine arrebatando con su talento el protagonismo de los demás, y las tres Briony: la inquietante Saoirse Ronan de niña, Romola Garai en su etapa de joven enfermera —que con menos líneas y un autodominio gestual gana la partida a Keira Knightley, sosa y altanera—, y Vanessa Redgrave asistiendo a su final de escritora exitosa y mujer redimida. Alicientes que hacen más completa una obra emotiva y firmada por un esfuerzo notable en comparación con el debut del director, y a pesar de ese aire de superproducción moderada que busca notoriedad a través del aplauso festivalero. Falta que Wright no consigue expiar, pues su condición de autor joven —más joven que McEwan— lo envalentona para creer en la existencia de la redención absoluta por medio del arte, ejemplificado en un cierre blando y complaciente, cuando la actitud más sensata, para Briony y él, era aceptar con serenidad la realidad invariable, más bella en pantalla, pero no gracias al falso preciosismo de la caricia tras una galería de arañazos.

Calificación:


Imágenes de "Expiación: Más allá de la pasión" - Copyright © 2007 Universal Pictures, Studio Canal, Relativity Media y Working Title Films. Fotos por Alex Bailey. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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