CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Cuando uno tiene en gran
estima algunos libros, algunas historias, encontrárselas en una
adaptación visual tiene el mismo carácter de tardío
reconocimiento que el toparse con un conocido muchos años
después. Reconozco mi admiración por Ian McEwan
y su preciosa y demoledora novela “Expiación” —sin el absurdo
subtítulo que aquí han añadido, como si el público español fuera
tonto y se pensara que dicha palabra a secas tiene connotaciones
religiosas—. Por esa razón, el proyecto cinematográfico
despertaba mi escepticismo, y más aún cuando el director
responsable resultó ser Joe Wright,
debutante en la pueril y convencional
"Pride & prejudice (Orgullo y
prejuicio)"
(2005). Aparcando el original literario, la película definitiva
no arranca un espíritu fiel, aunque sí mimético, para alcanzar
el dificultoso fin de convertir palabras en imágenes puras, meta
que Wright consigue con ciertos riesgos bien conducidos a pesar
de la irregularidad del conjunto.
Resultaría inútil resumir aquí trama o relaciones presentes en
el argumento, pues éste se reduce a una mínima expresión que
permite el estallido de niveles más complejos, implícitos y
reflexivos. Ese ambiente, que encuentra en la literatura su
mejor aliado, plantea problemas de ritmo para el cine, de tal
modo que en la película adquieren protagonismo los sucesos
externos, los diálogos de apariencia anodina y las frases de
fácil anclaje en la memoria del espectador. Este cuidado por
mantener un pulso firme se traduce, sin embargo, en cierto
estilo de culebrón con toques a lo Scott Fitzgerald que no
hace justicia a las intenciones profundas del relato. Las
virguerías estructurales y narrativas, bien pensadas aunque a
medida que avanza el metraje se vuelvan predecibles –el
segundo cambio de perspectiva entre la pequeña Briony Tallis (Saoirse
Ronan) y su hermana
Cecilia (Keira Knightley)
y Robbie (James McAvoy)–,
sufren de un desapercibimiento debido a la intensidad del
fatalismo que parece pesar sobre cada escena. Una
descompensación que Wright unifica mediante un elemento por lo
general olvidado: la fuerza de un sonido, como la máquina de
escribir, para transmitir el estado febril en que se mueven
unos personajes asfixiados por un día de calor.
La
primera parte, correspondiente a esa jornada en la mansión
Tallis, merecería los mayores elogios por su contención
estilística, la cohesión de un montaje elegante y la certeza de
una puesta en escena que no se luce en vacuas panorámicas de
descripción. El hechizo que ejerce este arranque con
personalidad propia, sobre todo en lo concerniente a la ya
mencionada banda sonora, podría nublar la vista ante la
afectación de la que a veces pecan esos efectos visuales, cuyo
valor pretende imponerse por encima de lo que de verdad importa:
los personajes —por ejemplo, las evocaciones que Robbie hace de
Cecilia, con una Keira entre espejos y filtros lumínicos que
parece anunciar cierto perfume—. Permitiendo suspiros cómicos o
patéticos entre el crescendo dramático, rematado sin un
“gran momento”, el guión de Christopher Hampton
introduce la segunda parte como una patada abrupta y ágil, dolor
que siente el público a la par que destroza a los protagonistas.
A partir de aquí, lo que estaba cojo no puede ocultar por más
tiempo su renqueo. Por suerte, el periplo de Robbie por tierras
francesas durante la Segunda Guerra Mundial se resume en breves
apuntes —con un afortunado paralelismo mudo entre el pasado y el
presente del joven—, como si la masa del presupuesto la hubiese
absorbido ese aclamado plano secuencia que, desde luego, denota
una preparada habilidad de realización, pero con la evidencia de
su peor defecto.
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Al igual que sucedía en
la primera mitad de la película, la cámara se desvía de los
personajes para mostrarnos estampas de horror, una noria que
gira, un coro improvisado que canta, soldados enloquecidos y
otras obvias metáforas de la división del mundo, del mundo de
Robbie y Cecilia, en dos: la realidad y la ficción, la vida
campestre y el descarnado colaboracionismo bélico.
No es un secreto que la novela de McEwan duplica su
valor a causa de la lectura metaliteraria, que Wright traduce,
en escasas ocasiones, en su propia mirada de metacine.
La esperanza de Robbie diluyéndose frente a una pantalla de cine
donde dos actores se besan, o las imágenes documentales de
soldados que regresan a Inglaterra, hablan con dolorosa
franqueza del cine que intenta justificar su inútil función a
través de los referentes reales que imita. Esa dicotomía entre
la creación y la vivencia está marcada por la misma máquina de
escribir: la responsabilidad moral de unos personajes que
interactúan con la realidad, pero que tampoco pueden amoldarla a
su antojo. Ésta es la abstracción fundamental de la historia, a
veces desaprovechada en pro de la simple acción —no se nos
explican las dudas literarias de Briony ni el relevante papel
del teatro doméstico en la representación de ese escenario mayor
que es la vida cotidiana—.
El solapamiento de ficciones
con ficciones, que a su vez se alimentan de realidades y
pretenden provocar el nacimiento de otras realidades nuevas,
supone un difícil trabalenguas para Wright. Su concesión ha sido
aferrarse a la forma más eficaz de narrar tan compleja historia,
pero que no supone ningún obstáculo para que una porción
importante de alma —cuando no se cree su propia trascendencia—
palpite durante gran parte del quizá excesivo metraje. Un peso
que recae sobre los hombros de James McAvoy, sutil y modesto,
aunque termine arrebatando con su talento el protagonismo de los
demás, y las tres Briony: la inquietante Saoirse Ronan de niña,
Romola Garai
en su etapa de joven enfermera —que con menos líneas y un
autodominio gestual gana la partida a Keira Knightley, sosa y
altanera—, y Vanessa Redgrave
asistiendo a su final de escritora exitosa y mujer redimida.
Alicientes que hacen más completa una obra emotiva y firmada por
un esfuerzo notable en comparación con el debut del director, y
a pesar de ese aire de superproducción moderada que busca
notoriedad a través del aplauso festivalero. Falta que Wright no
consigue expiar, pues su condición de autor joven —más joven que
McEwan— lo envalentona para creer en la existencia de la
redención absoluta por medio del arte, ejemplificado en un
cierre blando y complaciente, cuando la actitud más sensata,
para Briony y él, era aceptar con serenidad la realidad
invariable, más bella en pantalla, pero no gracias al falso
preciosismo de la caricia tras una galería de arañazos.
Calificación:
    
Imágenes de "Expiación: Más allá de la pasión" - Copyright © 2007 Universal
Pictures, Studio Canal, Relativity Media y Working
Title Films. Fotos por Alex Bailey. Distribuida en España por Universal Pictures
International Spain. Todos los derechos
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