CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Sentimientos congelados en la soledad
No es malo el título
español de la película de Alain Resnais,
pero tampoco lo es el original francés “Coeurs” en su empeño por
presentarnos a unos corazones solitarios que buscan el amor
disimuladamente y que encuentran la frialdad de una sociedad
falsa o hipócrita. Al final, por mucho que nuestros personajes
entren en relación y sientan la necesidad de afecto, la frontera
de lo público y lo privado será tan alta como infranqueable, y
su interior no se habrá caldeado en esos fríos días parisinos.
Porque aunque París sea la ciudad del amor, allí también nieva y
Resnais se sirve de ello para ir y venir de sus vidas, con
planos de transición en los que copos de nieve caen lenta y
continuamente sobre la ciudad: es la rutina de la vida diaria
que parece quitar la alegría a nuestros personajes, necesitados
de alicientes y personas al lado a los que agarrarse.
Dan y Nicole son una pareja que
busca piso para casarse, pero él es un ex militar sin trabajo
que mata el tiempo entre el alcohol y la siesta, y ella no
soporta esa situación. Charlotte es una mujer religiosa de moral
puritana que trabaja en una inmobiliaria junto a Thierry, y que
también cuida a Arthur, el procaz y senil padre de Lionel. Éste
es un barman de trato formal e impecable, sin vida
personal en su necesidad de purgar un pasado de culpa. Y Thierry
está secretamente enamorado de su compañera de trabajo, pero
ahoga sus sentimientos en vídeos porno y jugando al parchís con
su hija Gaëlle, joven que acude a citas por internet para
encontrar afecto. Personajes sin desperdicio en su apatía vital,
en su incapacidad para dar cauce a sus sentimientos, en su
soledad.
En realidad,
Resnais dibuja caricaturas de personajes de manera indisimulada
y voluntaria, entre lo patético y lo ridículo: quiere el
director francés poner en escena a marionetas de nuestro tiempo,
sin vida propia ni felicidad posible. Triste es la historia de
cada uno y desalentador también su final, porque estamos en una
sociedad falsa y vacía, en unos lugares públicos donde no tiene
cabida lo estrictamente personal y donde esto queda constreñido
a uno mismo: sólo el alcohol, la pornografía o la religión pasan
a ser “lugares” para lo “privado”, sucedáneos de la felicidad a
los que el individuo puede aferrarse y donde encontrar algo de
consuelo o satisfacción en su huida de la cruda realidad. Por
eso, su puesta en escena es deliberadamente teatral y
artificiosa, pura representación de lo real, vaciada de
contenido y de sentimiento. Son escenas frías e impersonales,
intelectualizadas y desdramatizadas, donde no se intenta
esconder la falsedad de una nieve que llevan en sus abrigos
cuando llegan de la calle —incluso inserta un momento mágico en
el que nieva en el interior de la casa—, ni tampoco la mentira
de unos pisos sin techo que la cámara se encarga de desnudar y
mostrar como meros decorados.
Las interpretaciones tienen ese
mismo carácter teatral y un tanto expresionista en su voluntad
de escenificar lo arquetípico, algo que no quita nada al buen
trabajo de unos actores de calidad sobradamente demostrada. A su
equipo habitual —Sabine Azéma,
Pierre Arditi
y André Dussollier—
se les suma la italiana Laura Morante,
Isabelle Carré o
Lambert Wilson
para un reparto de una pieza de cámara con el que trenzar
historias (im)personales en unos cuantos escenarios de diseño.
Todos están muy bien para esta película de miradas y gestos
esquivos, de rostros inexpresivos y tristes —magnífico Arditi—,
de situaciones y vacíos emocionales. Una visión muy pesimista
para una triste historia a varias bandas, cómica y tenue en
apariencia por el tono sarcástico y ligero de algunas
situaciones esperpénticas —sobre todo con el viejo Arthur y
Charlotte de protagonistas—, pero que mete su bisturí amargo y
doloroso hasta el fondo y lanza sus dardos envenenados contra
una sociedad enferma en su individualismo y preocupación por las
apariencias, contra un capitalismo que narcotiza y una
caricatura de religión superficial.
Una película de Alain Resnais
de cabo a rabo, muy en la línea de “El amor ha muerto”, “On
connaît la chanson” o “Smoking/No smoking” en cuanto a su puesta
en escena teatral, a su preocupación por el paso del tiempo y la
repetición cotidiana, y a la recreación de ambientes irreales y
fantasmales. Es el retrato de unas vidas insulsas de corazón
congelado que no han logrado momentos privados en los lugares
públicos de la sociedad. Es la crónica de una soledad que lo
invade todo y que penetra en el alma hasta dejarla helada.
Gustará a los amantes del cine francés y a quienes
prefieran filmes de situaciones y de personajes.
Calificación:
    
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