CÓMO SE HIZO "CONFIANZA
CIEGA"
Notas de producción ©
2004
Vértigo Films
Entrevista con Étienne
Chatiliez
”Confianza Ciega”, sólo con
este titulo ya reconocemos su firma: decir algo que expresa lo
contrario…
El título se impuso de manera natural después de
trabajar a fondo sobre los dos personajes. Christophe y
Chrystèle son dos seres que no confían en nada ni en nadie, del
1 de enero al 31 de diciembre, que traicionan a todo el mundo
porque la sociedad no ha previsto nada para ellos. No han tenido
ninguna formación y sólo pueden contar con sus propias fuerzas.
No calculan, no premeditan nada. Sólo saben que nadie les dará
nada, por eso, cuando algo bueno les pasa por delante, se
sirven. El colmo, evidentemente, es que ni siquiera confían el
uno en el otro…
¿Cómo nace la idea de
“Confianza Ciega”?
Hace tres o cuatro años, Vincent Lindon me llamó
y me dijo: "Tengo ganas de trabajar contigo". Hasta entonces,
siempre que me habían hecho esta proposición – cosa que no me
pasa muy a menudo – me había entrado el pánico y, para no caer
en ninguna trampa, por norma siempre había contestado que no.
Pero esta vez, pensé que quizá había llegado la hora de
evolucionar un poco. Quedamos para comer y le pregunté qué tipo
de personaje le gustaría interpretar. Me dijo: "Un cirujano con
abrigo de cachemire y un Safrane, un empresario, un
abogado,...". Como soy el espíritu de la contradicción, pensé:
“Pues vas a ser un camareta”. Y así empezó todo. Después, se me
fue ocurriendo que el camarero tendría mujer, que trabajarían
juntos y, poco a poco, la historia fue tomando forma…
Christophe y
Chrystèle forman una pareja cuando menos chocante…
Tengo mucho respeto por los humildes, los
tarados, los simples, los tontos del pueblo, por los que están
en lo más bajo de la pirámide social, que no saben nada pero, de
repente, te disparan grandes verdades a bocajarro. Poseen este
buen sentido, esta especie de inteligencia que sale directamente
de los huesos y puede resultar sorprendente. Por muy opuestos
que parezcan, creo que no hay mucha diferencia entre Christophe
y Jean d’Ormesson. Christophe y Chrystèle son animales, son
primates, no han recibido ninguna educación. No tienen
sofisticación alguna, ninguna norma de urbanidad, nadie ha
metido un disquete en su ordenador. Teniendo en cuenta sus
orígenes, podríamos esperarnos que se convirtieran en Mesrine, o
en Arlette Laguiller, que se convirtieran o en bandidos o en
militantes sociales. Pero son incapaces. Nunca militarán en
nada. No tienen ninguna conciencia social ni política, no saben
ni lo que eso significa. En cuanto a su manera de ser
delincuentes ¡es tan limitada! Se conforman con aliviar a los
muy ricos, a esos que, teniendo en cuenta lo que les roban, no
les va a cambiar la vida por el hurto. Son incapaces de ninguna
premeditación. Su funcionamiento se sitúa casi a nivel del acto
reflejo: hay una cosa ahí, la roban y se largan corriendo. El
asalto al tren postal no lo conseguirían ni aunque dieran clases
nocturnas durante veinte años. Su mejor baza es que no saben
nada y son capaces de servirse cuando la vida pasa por delante
de ellos – y sus deseos son muy fáciles de satisfacer –. Les
resulta muy sencillo estar de buen humor y disfrutar de la vida.
No se plantean nada. Y son felices.
Suele decirse
que uno rueda una película “contra” la anterior. ¿Diría usted
que “Confianza Ciega” puede verse como una reacción a “Tanguy”?
“Tanguy” transcurría en un mundo de ricos por
exigencias del guión. Y, además, me apetecía demostrar que uno
no es idiota por el mero hecho de ser burgués. Pero, es cierto
que después de “Tanguy” me apetecía volver un poco con los
pobres. Porque también me gusta ese mundo, increíblemente
simple, incluso primario, como era el de los Groseille en “La
vida es un largo río tranquilo”.
¿Cómo se
explica el interés recurrente que siente por esos dos universos:
los ricos y los pobres?
Pasé la infancia en el Norte de Francia. Es una
región en la que coexistían esos dos mundos: los burgueses por
un lado y los pobres de los caseríos de mineros, por el otro.
Siempre me han gustado los dos y creo que me quedaría
eternamente entre dos aguas, no puedo optar por ninguno: me
encantaría ser el burgués de los pobres y el izquierdista de los
burgueses.
Aunque
encontremos muchos elementos recurrentes de su universo en
“Confianza Ciega”, la gran diferencia con todas sus películas
anteriores es que ésta narra una historia de amor…
Es cierto que esta vez he cambiado algo de
registro. Ya no tengo la misma a edad y cada edad tiene sus
propios placeres. Me parece muy patético intentar reproducir lo
que hemos hecho unos años antes porque el único interés de la
vida reside en evolucionar, en cambiar. Dicho esto, hacer una
historia de amor no es que sea tampoco lo más original del
mundo. Lo que me divertía era utilizar la película para rendir
honor y gloria a los más pirados. Porque el objetivo,
evidentemente, es que al final de la película, después de
haberse reído a placer de Christophe y Chrystèle - que actúan
como auténticos animales -, el espectador empiece a pensar que
quizá son más humanos que él.
Nada más
conocerse, Christophe y Chrystèle se acuestan juntos antes de
limpiarse respectivamente los bolsillos, lo que da bastante
buena idea de las bases en las que se asienta su relación. ¿Ha
sido difícil encontrar el equilibrio de esta relación?
A Christophe y a Chrystèle, les tenía muy claros
en la cabeza antes de empezar a escribir la primera línea. Si me
decían: van vestidos así, sabía inmediatamente si sí o si no.
Sin embargo, la escritura del guión fue larga y difícil. Con
Laurent Chouchan, lo revisamos muchas veces (habrá quien piense
que deberíamos haberlo revisado muchas más…). Explicar como eran
los personajes era relativamente fácil. Pero darles una
existencia en actos concretos, era un trabajo hercúleo.
Después de
“Tanguy”, es su segunda colaboración con Laurent Chouchan. ¿Qué
tipo de guionista es?
Laurent se pone totalmente a mi servicio, cosa no
muy corriente. No trata de hacer su película, sino la mía.
Existe una gran connivencia entre nosotros, se produce una
auténtica colaboración. A mí me gusta contar, él sabe escribir.
Maneja muy bien los engranajes propios del guión y, además es
divertido y eso, ya es un talento en sí mismo.
Vincent
Lindon, que estaba, por decirlo así, en el origen del guión,
parecía destinado para el papel de Christophe, ¿cómo fue el
proceso de selección de Cécile de France para el papel de
Chrystèle?
En seguida me di cuenta de que, sin parecerlo,
estos dos personajes eran difíciles de interpretar. Vi a mucha
gente, hice muchas pruebas, hice sufrir a muchos, incluso a
Vincent. Porque aunque Vincent formaba parte del proyecto desde
el principio, quería que estuviera en la película porque era
realmente Christophe y no porque se hubiera decidido de
antemano. Empezó con las pruebas y bastó un minuto para que las
dudas, la falta de imaginación, las incógnitas que me planteaba
se esfumaran. Quiero volverle a agradecer la paciencia que tuvo
conmigo. Cécile, por su parte, me había fijado en ella, como
todo el mundo, pero me parecía demasiado joven, en todo caso más
joven de lo que teníamos en la cabeza al escribir el guión. Y en
su caso también, las pruebas fueron formidables. Luego, tercera
fase, los dos juntos, no había duda: eran ellos.
¿Qué tipo de
actores son?
Son muy distintos, tanto por carácter, origen,
como por la forma de interpretar, pero tienen en común su
sentido del trabajo. Ambos saben que el talento no basta, que la
suerte no basta, que también hay que trabajar, y eso es lo que
hacen. Existe entre ellos una complementariedad y una estima
recíproca. Vincent es un actor que se implica mucho y tiene una
precisión alucinante. Mira a la diana y, cada vez que lanza una
flecha, va directa al centro. Haber aceptado ser este magnífico
cretino y hacerlo con casi nada, es estupendo. Con él, todo es
ligero, discreto, sensible, nunca hay nada grosero en su
interpretación, su personaje está muy bien interiorizado, es
como en el patinaje artístico, lleva la carga sin que se note el
esfuerzo. Chrystèle no podría hacer lo que hace sin el trabajo
de Vincent. Cécile, por su parte, entendió muy rápido el
personaje. Cécile es belga, yo soy del Norte. Y gente como la
que vemos en “Confianza Ciega” hay más en el Norte y en Bélgica
que en la Provenza. Cécile y yo no hemos vivido en los mismos
lugares en la misma época, pero nuestras miradas se han posado
en el mismo tipo de gente. Cuando empecé a hablarle de este
universo, del personaje, me dijo al instante: “Ya veo como es".
El primer día había entendido perfectamente hacia donde tenía
que ir. De repente, en el rodaje, tenía los zapatos correctos,
las piernas correctas y las mañas necesarias cuando todo se
ponía cuesta arriba. Sólo tuvo que ayudarse adoptando un acento.
Era su bastón de peregrino para no ser ella misma. Está
absolutamente genial en la película. Aunque sea muy joven, tiene
un talento y un oficio increíbles.
Entre
Christophe y Chrystèle, es claramente ella la que domina…
Como en la vida misma… Siempre he tenido la
impresión de que la mujer representa la decisión - es ella la
que decide en muchos aspectos - y el hombre representa la
autoridad, o al menos eso es lo que necesita creer...
En “Confianza
Ciega”, encontramos casi todos sus temas preferidos: los ricos y
los pobres, París y provincias, la usurpación de la identidad...
¿Le parece que su universo se va perfilando de película en
película?
Lo primero que busco es ser honesto conmigo
mismo. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué hacía
películas, por qué yo, por qué los otros. Siempre dudaba de mi
legitimidad. Y al final, he ido dejando de hacerme preguntas. Me
he dicho: hablo de lo que me toca la fibra y ya veremos si toca
la fibra de los demás. La confianza ciega es, sin duda, la
película en la que he metido más cosas en las que creo, la
película en la que me he escondido menos. Pero, vuelvo a repetir
que cada edad tiene sus placeres. A veces, miro qué hora es y
pienso: ¿Ya hemos llegado hasta aquí? Tengo la impresión de
haber empezado ayer, hago muy pocas películas. Sigamos adelante.
El otro día leí una frase de Almodóvar que decía: "Cada vez me
apetece menos inspirarme en lo que viene de fuera, y más en lo
que viene de mí".
Su trabajo nos
recuerda a veces al de un retratista. “Confianza Ciega”, como
sus películas anteriores, puede verse como una especie de
crónica de la sociedad francesa. ¿Dónde encuentra sus fuentes de
inspiración?
Hago como todo el mundo: miro, escucho, observo.
Al principio quería ser pintor, precisamente para hacer
retratos. El problema es que los modelos no se parecían a lo que
el pincel pintaba… De hecho, es con el cine como consigo
traicionarlos lo menos posible, ser fiel a lo que he podido
observar. No siempre funciona, todavía hay cosas que se me
escapan, pero ya está, empiezo a controlar mejor las cosas. Es
verdad que se pueden ver mis películas como una galería de
retratos. Me encanta. Es evidente que Christophe y Chrystèle no
han salido de un sombrero de copa, llevan mucho tiempo
madurando. Cuando miro las libretas en las que escribo algunas
chorradas de vez en cuando, sé que me gusta ese tipo de gente.
En mi norte natal, en el instituto público en el que estudié,
había una enorme mezcla social. Sin ser ricos, lo éramos mucho
más que muchas otras familias. Cuando le decía a un compañero:
"Vamos a tu casa" y me decía: "No, a mí casa no", le seguía con
la bici, veía donde vivía y entendía porque no quería que
fuéramos. Son cosas que te marcan y que te llegan muy dentro. Lo
que realmente me interesa es la gente.
Da igual que
sean ricos o pobres…
Dicen que siempre critico a los burgueses. Pero,
me encantan los burgueses. Me encanta su cultura. Como ex
burgués que soy, quiero rehabilitarles. No vienes de una tribu
africana diciendo que todos son gilipollas. Tratas de demostrar
a los etnólogos que algunos son buena gente. Yo les quiero con
locura, aunque me encante "untarles el morro". Los Terion,
interpretados por Martine Chevallier y Jacques Boudet, no están
ahí por casualidad. Él está de vuelta de todo y ella se ha dado
a la bebida, pero me gusta mucho esta pareja, se quieren y ése
es el único punto en común que tienen con Christophe y
Chrystèle. Me entran ganas de defenderlos. En ciertos aspectos,
me recuerdan a mis tíos Jean y Colette, a su sofá color
Cointreau y a su moqueta color bronce. Uno no es muy consciente
de lo que recibe de pequeño. Luego, te las tienes que apañar con
lo recibido. Si hubiera nacido en Uzbekistán, las cosas serían,
sin duda, muy distintas.
En “Confianza
Ciega”, hay una gran dosis de humor ácido. Por ejemplo, cuando
la madre de Chrystèle se queja de que, desde que a su hija mayor
le han salido “tres pelos en la ciruela", su padre se la come
con los ojos. ¿La provocación es para usted un motor esencial?
Los provocadores son tímidos que empiezan por
provocarse a sí mismos. Al primero que choca la escena que acaba
de contar es a mí. Esta expresión “tiene tres pelos en la
ciruela”, la escuchamos Laurent y yo en un programa de
televisión, “Strip-Tease” para ser exactos. Cuando escuchas una
frase así y estás trabajando sobre el tema del incesto, no te
puede dejar indiferente. Pero una vez más, soy al primero que le
choca. Alguien totalmente liberado no escribiría nunca eso,
porque se siente a gusto con todo.
¿Sabe dónde
está el límite? ¿Practica la autocensura?
Cuando flirteamos con lo prohibido, el peligro,
obviamente, es pasarse de la raya, es decir, dejar de ser
divertido. El humor es un arma extraordinaria que sirve para que
la gente baje las defensas y, gracias a la risa, admitan algo
que no admitirían de otra manera. Pero esta arma puede volverse
contra nosotros si la manipulamos mal. El riesgo siempre está
ahí, eso es lo que le da valor. Me acuerdo de un espectáculo de
Pierre Desproges en un escenario en el que hacía chistes sobre
los campos de concentración. Al principio del espectáculo, la
gente se partía de risa y, luego, cuando se centraba en el tema,
notabas como se crispaban las mandíbulas, algunos no sabían si
salirse de la sala. A partir de ahí, todo el trabajo de
Desproges consistía en recuperar al público y devolverles el
buen humor. Me parece un trabajo admirable. Un tipo que se
atreve a subirse solo a un escenario y no se arriesga, no se
merece el puesto que ocupa. Siempre tiene que haber un peligro
en el humor. Provocar por provocar carece totalmente de interés.
Más
inofensivas, aunque no menos sorprendentes, son las escenas en
las que Christophe eructa y Chrystèle le responde con un pedo.
Cada uno tiene su propia visión de la vulgaridad.
Hay gente chic que es muy vulgar y otros, nada chic, que no lo
son. La escena del pedo en la cama es una escena completamente
"chouchanesca" y me parece de una belleza increíble. No recuerdo
ninguna película en la que la gente se diga que se quiere
tirándose pedos. Nunca olvidaré la 4ª portada de Hara Kiri el
día de la muerte de Reiser, una corona de flores con una cinta
que decía: "De parte de Hara Kiri, a la venta en todos los
quioscos" Para mí, esto es tener clase internacional. Yo he
querido tratar con pudor la historia de amor entre Christophe y
Chrystèle, como los redactores de Hara Kiri trataron la muerte
de su amigo Reiser. Y bien sabe Dios que si había alguien que le
quería, eran ellos. Expresarlo de esta manera, ¡cuánta
delicadeza y reserva!....¡Chapeau!.
El éxito de
“Confianza Ciega” también reside en todos los personajes
secundarios para los que, una vez más, ha encontrado a los
actores perfectos. ¿Cómo elige usted a los actores y cómo
trabaja con ellos?
En primer lugar, me tomo mi tiempo para hacer la
selección. Quedo con ellos, hablo con ellos. Trato de ver si
somos de la misma familia, si estamos en la misma longitud de
onda. No siempre es fácil: alguna vez me he equivocado de cabo a
rabo al confundir la personalidad de un actor con el personaje
que había escrito. En ese caso, no puede salir bien, porque ya
no hay posibilidad de ningún juego. Me gusta trabajar con los
actores. Se me da bastante bien conseguir que entiendan dónde
quiero ir. Y, aunque soy muy exigente hasta en las entonaciones,
creo que, en general, están bastante contentos conmigo. Siempre
comparo el trabajo del actor con un descenso en slalom: cuando
las puertas se van abriendo una tras otra, con fluidez, es algo
extraordinario. Puro placer.
Encontramos en
la película a dos intérpretes que repiten, André Wilms que
interpretaba al Sr. Lequesnoy en “La vida es un largo río
tranquilo” y a Eric Berger, el protagonista de “Tanguy”. Ambos
tienen papeles opuestos a los de las películas anteriores.
Es pura casualidad, no era realmente mi intención
darles un “contrapapel”. El personaje del padre de Chrystèle,
quería que diera miedo, no por su aspecto físico, sino por lo
que rondaba en su cabeza. Como conozco a André desde hace
tiempo, sabía que era capaz de hacerlo. A partir del momento en
el que aceptó hacer ese papel absolutamente terrible, no iba a
privarme de todo su talento. El caso de Eric Berger fue
diferente. Me encanta su manera de actuar, que es de una finura
increíble, y tengo la impresión de que el público no lo apreció
en “Tanguy”, como si hubieran confundido al actor con el
personaje. Me había quedado con esa espinita clavada. Pensé en
él para interpretar a Ludo y no me arrepiento, está grandioso.
Para crear el personaje de Ludo, me inspiré en alguien al que
conocía muy bien: en mí mismo. Es legal, algo atolondrado, un
tío como dios manda, obsesionado con los horarios, respetuoso
con las normas, etc. He terminado sabiendo, poco a poco, quien
soy y, a través de Ludo, me río de mí mismo. Es mi caricatura.
Es su primer
trabajo con Anne Brochet.
Conocí a Anne es una fiesta. Gracias a ella, me
han entrado ganas de ser un poco más contemporáneo. Le conté
como era el personaje de Perrine, optimista y generosa por
naturaleza, convencida de que la vida es bella, sin ser católica
ni nada, y funcionó muy bien. Anne tiene una manera de actuar
muy personal y especial. Doy gracias al cielo por haber ido a
esa fiesta.
Viendo
“Confianza Ciega” sentimos algo muy constructivo y, al mismo
tiempo, muy libre, tanto a nivel de guión como de puesta en
escena.
Nunca he sido muy bueno con la cámara. Me gusta
mucho la puesta en escena, me gusta mucho el trabajo con los
actores, pero hasta “Tanguy” no sabía muy bien cómo rodar las
imágenes de safari. Observando a Woody Allen me decidí por
utilizar la steadycam. Prácticamente la totalidad de las
imágenes de “Confianza Ciega” se han rodado con steadycam y, por
ende, en plano secuencia. Esto no sólo me ha liberado
completamente de esta pesadez gramatical que termina haciendo
mella en el plató - plano / contraplano, transiciones, planos
generales / primeros planos, etc. – sino y sobre todo, este
sistema permite a los actores hacer toda la escena, de un tirón,
juntos y ya no uno y luego el otro. Recuperamos las condiciones
del directo y esto es bueno para todos. Los actores se implican
más de manera colectiva y no actúan igual. Este sistema aporta
un dinamismo, una libertad y un realismo extraordinarios.
En su equipo
hay mucha gente con la que trabaja desde hace mucho tiempo. ¿Es
importante esta fidelidad?
Sí, claro que sí. Como no soy lo bastante
inteligente, me gusta estar rodeado de personas que reflexionan
sobre el fondo de las cosas. Respeto la inteligencia de alguien
cuando se centra en el fondo y no sólo en la forma. Nunca he
trabajado con alguien por la gente con la que va o por su
curriculum.
¿Cómo entró en
contacto con el músico Matthew Herbert con el que firma su
primera colaboración?
Le conocí por su trabajo en la película de Blanca
Li, “El Desafío”. Me pasaba el día escuchando la banda sonora
hasta el día en que me decidí a llamarle a Londres, donde vive.
Le conté la película y, a pesar de la barrera del idioma,
entendió en un abrir y cerrar de ojos quienes eran Christophe y
Chrystèle. Me dijo: "Son como el Gordo y el Flaco" y, de hecho,
la música que ha compuesto es casi de película muda. Ha
trabajado sobre el fondo de la historia y estoy muy contento con
el resultado. Matthew es un superdotado, es el Kubrick de la
música.
¿Cuál ha sido
su evolución desde “La vida es un largo río tranquilo”?
Me gusta hablar del país en el que vivo y de las
gentes que lo habitan. Eso es todo lo que puedo decir.
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