CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Levantando puentes
En la última temporada han
llegando a nuestra cartelera películas que ponen en contacto a
pueblos desarrollados e indígenas, con el consiguiente choque de
civilizaciones. Cintas como
"Apocalypto"
o
"River queen"
cuestionaban la teoría indigenista que busca equiparar todas las
culturas en un intento de preservar las prácticas ancestrales de
los nativos, aunque su primitivismo supusiera animismo o
antropofagia. Ahora, en "El final del espíritu",
Jim Hanon
dirige su mirada sobre uno de los pueblos del Amazonas, en el
territorio de Ecuador, para poner en imágenes el libro de
Steve Saint, quien
siendo niño vio cómo los waodani mataban a su padre y a otros
misioneros que se les acercaban pacíficamente. El valor de esta
propuesta radica en su veracidad histórica y en su carácter de
testimonio, el mismo que recientemente alentaba a películas como
"Disparando a perros"
en torno a la tragedia ruandesa, o
"Sophie Scholl: Los últimos días"
y
"El noveno día"
sobre la resistencia ante el nazismo. En todas ellas se respira
un hondo sentido de homenaje hacia unas vidas ejemplares en las
que la conciencia y el sentido religioso de sus protagonistas
explicaban el heroísmo de su comportamiento.
En la película de Hanon se
insiste en dicha historicidad de los hechos, hasta convertirla
en una auténtica "Crónica de Indias" de lo que bien podría haber
sucedido en el siglo XVI, y que queda refrendado en un epílogo
con imágenes documentales de los personajes reales en la
actualidad. Estructura clásica para narrar con voz en off
los recuerdos de cómo unas familias de misioneros ingleses
procuraron humanizar a un pueblo atrapado en un ciclo de
violencia y venganza, y de cómo unas pérdidas se convirtieron en
experiencias que daban sentido a la vida y también a la muerte.
La fuerza de la historia es innegable y sobrecogedora, aunque su
desarrollo se haga previsible y la puesta en escena sea en
muchos momentos inverosímil
–sobre todo en las escenas de lucha, salvadas con un montaje
rápido–. Un comienzo trepidante con persecuciones y actos
salvajes en plena selva amazónica deja paso a una historia más
intimista y personal, en que la cámara intenta adentrarse en la
psicología de unos guerreros que desconfían y se desconciertan
ante lo forastero, y de unos occidentales tan generosos y
audaces como ingenuos en su actuar.
Es la lucha permanente entre
el miedo y la fe, entre la violencia y la solidaridad, entre el
remordimiento y el perdón, expuestos aquí con un marcado
carácter ejemplarizante y religioso que tiene su máximo
exponente al convertir al padre asesinado de una lanzada en
imagen de la muerte de Cristo, que “entregó su vida y a quien
nadie se la arrebató”, comentario explícito del hijo que
evidencia su mentalidad cristiana pero que suena un tanto
forzado. Esa falta de sutileza para trasmitir un mensaje queda
sacrificada ante el deseo de dar claridad y trasparencia a la
historia, y encuentra especial resonancia en la relación entre
Steve y el guerrero Mincayani, ya desde su primer encuentro
cuando el niño recuerda que "noté que mi presencia le irritaba"
hasta que la fotografía descubierta al final dé luz a todo el
pasado.
Épica y heroísmo que quedan
extraordinariamente enmarcados en unos parajes de enorme
belleza, con unas localizaciones en Panamá que la fotografía se
encarga de mostrar con toda la variedad de su colorido natural,
y donde la cámara captura tanto su grandiosidad con elegantes
panorámicas o como la asfixia que se respira entre su
inexplorada y tupida selva. La historia está correctamente
rodada y narrada, aunque con recursos fáciles –pero eficaces–
que potencian la violencia de unos o el sentido conciliador de
otros, así como el cambio gradual de un corazón que se abre a la
convivencia pacífica. Todo es evidente y
palmario, sin sorpresas ni alardes o virtuosismos
cinematográficos: el poder de la imagen se reduce a mostrar el
entorno natural y narrar los hechos, los personajes
están retratados sin recovecos psicológicos y con cierta
simplicidad, las
interpretaciones cumplen en su papel de "vehículo" para contar
una historia, y la música subraya en demasía lo vertiginoso o
paradisíaco de cada escena.
Sin embargo, la cinta se ve
con gusto, entretiene e ilustra, aunque sin duda el cinéfilo le
exigirá más y no le llegará a satisfacer. No es una gran
película, pero tiene el mérito de acercar al espectador a unas
realidades desconocidas, tanto en lo que se refiere a esas
"culturas de la Edad de Piedra" como a las creencias que a
algunos les impulsan a levantar puentes y unir civilizaciones:
en esa tarea de inculturación respetuosa y amistosa,
resulta ejemplar la escena del intercambio de objetos desde la
avioneta, por la delicadeza que entraña hacia ambos modos de
vida y por lo que sugiere acerca de la diversidad de sus
esquemas mentales. Sin duda, el espectador del siglo XXI podrá
contemplar a unos y otros como extraños, ajeno a esos miedos de
ultratumba que empujaban a unos a matar o a los deseos de otros
de saltar la Gran Boa (la muerte, según la creencia waodani)
para reunirse con Waengongi (Dios), pero entonces el cine se
habrá convertido también en un nuevo puente a través del cual se
puedan descubrir nuevas realidades.
Calificación:
    
Imágenes
de "El final del espíritu" - Copyright © 2005
Every Tribe Entertainment. Distribuida en España por Karma
Films. Todos los derechos
reservados.
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