CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El Principito
y el zorro
En el cine
francés uno puede encontrar de casi todo porque, además de gozar
de un envidiable trabajo de producción, equilibrado y variado,
sabe venderse bien fuera de sus fronteras. No hay duda de que
mucha culpa de ello la tiene su política proteccionista de larga
tradición, pero también el talento de sus artistas, acumulado y
traspasado de generación en generación sin renunciar a sus
propias señas de identidad. Toda una lección de savoir-faire
para los de este lado de los Pirineos, que en estos días tanto
alborotan en torno a la polémica Ley del Cine.
Y como
demostración de ese poderío industrial-cinematográfico, estos
días podemos encontrar en nuestra cartelera nada menos que tres
comedias del país vecino, no de excesiva calidad pero todas con
la marca tricolor de La Marsellesa y que llegan como si de un
producto made in USA se tratara. De una manera u otra, "Un engaño de lujo" (Pierre Salvadori), "Odette: Una comedia sobre la
felicidad" (Eric-Emmanuel Schmitt) y “Mi mejor
amigo” (Patrice Leconte) se
presentan como retratos satírico-burlescos humanizados de una
sociedad –la suya, la nuestra– que se esfuerza por encontrar
algo de felicidad tras haber experimentado el desencanto y la
soledad. Lo hacen desde la voluntad del entretenimiento y la
comercialidad, pero sin recurrir a la grosería y la zafiedad,
con historias de mayor o menor elegancia e intimismo, y apoyadas
en el trabajo actoral y en la fuerza de la imagen como vehículos
para trasmitir un estado interior que trascienda la mera trama
argumental.
Centrándonos
en la cinta de Leconte, el director de “La viuda de Saint
Pierre” nos ofrece el absurdo de quien se propone “fabricar” un
amigo para ganar una apuesta y aumentar así su “ego” de
coleccionista de obras de arte. Tal individuo es François, un
anticuario a quien su colega Catherine le reta a que le presente
a un verdadero amigo antes de diez días. Como si se tratara de
un nuevo negocio que le reportase la valiosa ánfora griega que
está en juego, François buscará en vano al amigo inexistente,
hasta que en su camino se cruza Bruno, un taxista tan bueno como
ingenuo que también atraviesa su particular calvario afectivo.
En la primera
escena, vemos a nuestro marchante haciendo una gestión por el
móvil en el rincón de una iglesia, y que de pronto corta a su
interlocutor con un “tengo que colgar, que llega alguien a quien
estaba esperando”, para después mostrar la cámara cómo un
cortejo fúnebre introduce el ataúd en el templo. A continuación,
oímos las palabras del sacerdote que se dirige al difunto con un
“se han reunido aquí todos tus amigos para acompañarte” mientras
la cámara muestra un exiguo número de personas repartidas en los
bancos. Son los primeros instantes de una cinta que mezcla
gags visuales con diálogos llenos de una comicidad inteligente,
dirigida a un público avispado y algo ilustrado, y que esconden
ideas de cierta profundidad crítica tras la aparente
superficialidad de la comedia.
Por eso, a
este sentido del humor tan "francés" y racional, Leconte le
añade un toque icónico y cultural, con referencias al diálogo
entre el Principito de Saint-Exupéry y el zorro al que quería
domesticar, o a la propia ánfora griega del siglo V regalada,
según la Iliada, por Aquiles a Patroclo para honrar su fiel
amistad en la vida y la muerte. En ambos casos, se resalta el
carácter único y particular de cualquier relación de amistad,
cuando el hombre pasa a ser un lobo domesticado para el hombre,
y lo que podía quedarse en un ser-objeto se convierte en un
tesoro de incalculable valor. Esto no lo entiende el pobre
François, empeñado en adquirir la técnica de hacer amigos, en
tener una lista de estos o en llevar la cuenta del tiempo
dedicado a cada uno o los favores intercambiados. Leconte
exagera la situación hasta el extremo para caricaturizar un
planteamiento absurdo e infantil, pero así parece dejar claro a
dónde conducen el individualismo y materialismo de nuestra
sociedad. La mirada del director apunta a un hombre maduro y
egoísta que huye de su fracaso como persona, que se obsesiona y
encapricha con el ánfora griega por significar aquello de lo que
carece y esperar adquirirlo con su compra. Es la misma soledad
que sufre el taxista Bruno, simpático, sonriente y sincero –las
claves para hacer amigos en el “manual François”–, un personaje
muy interesante porque, a pesar de esas cualidades, su vida
parece un calco de la del marchante (incluso los dos son
coleccionistas, de arte o de cromos). Parece que su bondad e
ingenuidad naturales conviven con una verborrea pedante y
pesada, más propia de un crío que vive en su mundo o en el de
sus concursos que en la verdadera realidad. En ningún momento le
vemos acompañado por un solo amigo, y sí en situaciones que
provocan lástima por su indefensión o puerilidad. Curiosamente
ambos, François y Bruno, son personas que han sufrido
desencantos en sus matrimonios y que han terminado en el mismo
punto –la soledad– después de recorrer caminos inversos. Por
eso, parece como si el egoísmo de François no explicase la
realidad sufrida y el director francés buscase otras causas
sociológicas que lo justificasen.
El peso de
la historia recae sobre la pareja de actores protagonistas, que
se esfuerzan por evitar el histrionismo que toda caricatura
conlleva. Daniel Auteuil vuelve a
demostrar su variedad de registros interpretativos y hace
creíble lo increíble: en su papel cómico, la sola escena de la
subasta o de su primer cumpleaños permiten ver la fractura y
pugna interior que padece, y su huida hacia delante. Por su
parte, Danny Boon cumple
sobradamente en una interpretación compleja que resuelve con
alguna que otra salida más propia del cuento paródico. Los
secundarios aportan más bien poco, y casi se limitan a completar
el bosque habitual de Leconte, con una adolescente que busca su
lugar en el mundo, unas lesbianas sin complejos que ocupan el
suyo, y unos padres hiperprotectores que aniñan a la criatura
treintañera. Paralelismos de vidas que el montaje lleva al
unísono con un ritmo medido y cartesiano, donde el
plano-contraplano contribuye al esfuerzo por construir la
identidad personal de los personajes, y donde la puesta en
escena busca no distraer al espectador.
La historia
no es novedosa y sí predecible, pues recuerda a las versiones de
“El coleccionista” y la imposibilidad de forzar el movimiento
del amor-amistad. Sin embargo, su falta de pretensiones y una
cuidada factura la acercan a un público amplio, que no se
emocionará con esta comedia, amable y agradable, porque su humor
va más a la cabeza que a la risa o la emoción fácil.
Sorprende el final por venir de un “autor” poco dado a
complacer, moralizar o dar aires de esperanza al espectador, y
se echa en falta un poco más de corazón y un tratamiento menos
cerebral a un tema tan humano. En esta ocasión, parece que la
razón de Descartes se haya impuesto al candor y sentimiento del
Principito, que intentó domesticar a un zorro solitario en solo
diez días.
Calificación:
    
Imágenes
de "Mi mejor amigo" - Copyright © 2006
Fidélité, Wild Bunch, TF1 Films Productions y Lucky Red. Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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