CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Amélie se hace mayor
Desde que Jean-Pierre
Jeunet convirtiese a la joven Amélie en princesa del pueblo, la
comedia romántica francesa parece mirar siempre de refilón a
aquella ingenua, sencilla y bondadosa francesita que siempre
buscaba hacer felices a los demás. Su personaje se erigió en
icono de una juventud solidaria y tolerante, la misma que se
hace llamar “auténtica”, y también de una estética posmoderna un
tanto kitsch en la que prevalece la imagen y el
sentimiento sobre la ideología y la definición. En ese mismo
universo naïf y amable pretende instalarse la propuesta
de Eric-Emmanuel Schmitt,
con su Odette como trasunto maduro de aquella adolescente que
encandiló a París y al mundo entero. Otra cosa bien distinta es
que lo consiga, y que no llegue a empalagar o distanciar al
sufrido espectador.
Su Odette se califica a sí
misma como “comedia sobre la felicidad”, y ciertamente lo es
desde el momento en que su protagonista vive en una nube de
algodón de azúcar construida sobre una literatura rosa que la
hace levitar, oculta entre las plumas que ella misma
confecciona, y escondida tras los cosméticos que vende como
dependienta de unos grandes almacenes. Sin embargo, también
podría hablarse de un cuento mágico (“realismo mágico” sería su
género específico) con mensaje incluido y aliñado con unas
cuantas canciones que expresan “a la francesa” la alegría de
vivir. Y es que nuestra Odette encontró refugio y consuelo, a la
muerte de su marido, en la novela romántica de Balthazar Balsan,
y desde entonces parece alimentarse del optimismo y dulzura de
sus personajes. Es la misma alegría de vivir que le falta a su
idolatrado escritor, tan superficial como donjuán, cuando
descubre la infidelidad de su mujer y sufre un humillante
varapalo de la crítica que le empujan a buscar acogida en la
“casa” de su incondicional fan.
Historia tan previsible como falsa y artificiosa, tan
hueca como complaciente, envuelta entre los oropeles y las gasas
de la comedia dulce y amable, que avanza con aparente desenfado
y sin fuerza para
evadirse por mundos imaginativos donde las puestas de sol de
postal pintada son siempre hermosas o donde la luz de la luna
crea un romanticismo que sólo se sostiene en la fotonovela. Así
es la subliteratura de Balsan que tan buena acogida encuentra
entre “las peluqueras, vendedoras y vecinas” –según la propia
película–, que responde a los parámetros de la propia vida
insustancial de quien lo escribe, y que también queda refrendada
por la factura de la cinta de Schmitt. El director se permite
fabular y evadirse con la imaginación de la buena de Odette y
presentar un mundo evanescente y en rosa –parece que últimamente
el cine se ha puesto de acuerdo en esto– donde los milagros de
plástico siempre suceden y donde todos los estereotipos tienen
cabida, desde su hijo gay o su hija malencarada hasta sus
excéntricos vecinos, o ese “Jesús” un tanto abstracto y
simbólico que no pega ni con cola. Mezcla explosiva de elementos
surrealistas y cómicos o con otros de carácter melodramático y
de un tono didáctico que adquiere el súmmum de lo postizo en la
confesión final del desdichado escritor a su editor.
Personajes esquemáticos y simples como el género impone,
pero excesivamente maquillados y cargados de tópicos que muchas
veces parecen una mala imitación de "Amélie",
también en las situaciones y en la planificación: planos
cenitales o frontales de la protagonista frente al espejo y a la
cámara, primeros planos para recoger una mirada llena de candor
e inocencia, un estribillo melódico que la flauta o el piano
repiten hasta la saciedad para que se haga pegadizo, una
fotografía de colores vivos y saturados con los tonos pastel de
una paleta adolescente... Lo que pasa es que Amélie se ha
cambiado de nombre: ya no es una joven adolescente que descubre
la vida y el amor, sino una mujer madura y con familia, y no es
lo mismo cuando lo que se pretende es enganchar al espectador
con una trama que quiere ser divertida y evasiva. Su
protagonista Catherine Frot
realiza una buena interpretación y hace que por momentos el
espectador se introduzca en su mundo de ilusiones y fantasías.
Vive en una burbuja de subjetividad y dentro de ella todo
resulta coherente aunque también asombroso en su irrealidad. El
resto de personajes resultan bastante patéticos en su
caracterización, y sus interpretaciones no escapan a la
caricatura forzada e insulsa. Ninguna escena impresiona ni se
queda grabada en la retina del espectador, y algunas salidas
como el recibimiento ruidoso a Odette en el comedor de los
almacenes o ese doble final impostado y falso... son momentos
para olvidar.
Intento fallido de reverdecer
el modelo de mujercita francesa que encontró el equilibrio
vital, aunque en este caso fuese entre las nubes almidonadas de
un guión desequilibrado y clonado. El director ha declarado que
fundamentalmente es una película “para mujeres”, y quizá sea
así, pero sorprende el éxito que ha tenido en el país vecino:
probablemente sea cosa de mentalidades y de apelar al
sentimiento fácil, de no exigir al público que se esfuerce ni
piense... La historia se ve con despego y se olvida con rapidez,
porque no hay que ser experto para distinguir entre la copia y
el original, y puestos a escoger siempre nos quedaremos con la
frescura de lo natural frente al engaño de la cosmética.
Calificación:
    
Imágenes
de "Odette, una comedia sobre la felicidad" - Copyright © 2007
Bel Ombre Films, Antigone Cinéma, Pathé Renn Production, TF1
Films Production, Les Films de l'Etang y Télévision Belge.
Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos
reservados.
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