CÓMO SE HIZO "CHANSON
D'AMOUR"
Notas de producción ©
2006
Karma
Films
Entrevista a Xavier
Giannoli
¿De dónde nace la idea de
Chanson d’Amour?
En primer lugar, me viene a la mente mi padre, de
pie, en la cocina, cantando canciones corsas u ópera. Mi padre
estaba siempre cantando, de la mañana a la noche. También está
Christophe, el genial creador (en aquella época, con traje
blanco) de los Paraísos Perdidos. Le conozco desde que era
pequeño. Fue él quien me hizo ver las primeras películas, en su
proyector de 35. Siempre ha sido y seguirá siendo muy importante
en mi vida. Pues bien, la película ha recorrido este mismo
itinerario, aunque de manera oblicua…
¿Pero hay algo que podamos
considerar como el desencadenante?
Si pudiera expresarlo con palabras, creo que no lo
filmaría… Está la propia canción. Lo que ocurre cuando escucho
una canción, el por qué de la emoción que siempre he sentido, el
por qué de su importancia: ese momento. Creo que todo el mundo
lo ha experimentado alguna vez, es bastante universal. "Au clair
de la lune" ha aliviado nuestros primeros miedos infantiles.
Algunas canciones me arrastran con ellas, un poco como las
películas, despliegan sus alas, se erigen en mundo aparte. El
músico y productor Phil Spector hacía "Sinfonías de bolsillo”.
Él se refería a otra cosa, pero me gustó mucho esta fórmula
aplicada a una canción como L’Anamour. Me gusta la poesía de la
canción que llamamos “de texto”, claro, pero sobre todo, la
canción romántica o popular, lo que llamamos el género de las
variedades, más o menos sofisticadas… Pero habría que ponerse de
acuerdo sobre qué queremos decir con variedades o este tipo de
canción. Con unas letras que suelen ser muy sencillas y el
misterio de una melodía, de un ambiente especial, las canciones
nos hablan de cuestiones existenciales complejas y delicadas. Es
fácil de entender e imposible de explicar. Y para mí, ese puede
ser el punto de partida del cine… Hay muchas canciones en las
películas, en todos los países y desde siempre, y no sólo en las
comedias musicales, porque es una manera interesante de
acercarnos al mundo interior de un personaje, es increíble lo
que puede expresarse con ellas de su cultura y de su Historia.
Hasta el ordenador de 2001 se muere cantando. Los primeros
intentos del cine sonoro eran secuencias cortas con un cantante
popular. Desde el primer momento, se creó una especie de
relación evidente entre el cine y los cantantes. Desde entonces,
sea cual sea la película, creo que siempre esperamos lo mismo en
la sala: que nos cautive.
Por tanto, lo
primero que se necesitaba era un cantante…
No es la historia de un cantante, sino la historia
de un hombre que es cantante y que conoce a una joven. Al
escribir el guión, he dejado que se impusiera este personaje de
cantante de salas de fiesta que, en ese momento de su vida,
prefería provocar más respeto que admiración. Es quizá ésta la
libertad que se toma con nuestra época: pasar del famoseo por
modesto que sea. La cuestión de dignidad se impuso, rápidamente,
como un tema más o menos identificado durante la elaboración de
la película. Dignidad en amores, en trabajo, en una palabra, en
su vida. Las canciones están, por tanto, íntimamente ligadas a
la historia de la película, son como su voz interior. Y fue
precisamente escuchando una canción de Michel Delpech, Quand
J’étais chanteur - que da nombre al título original de la
película - cuando pensé en un cantante de salas de fiesta. Como
suelo hacer siempre, desde que empecé con los cortometrajes, le
hablé del proyecto a mi amigo Yves Stavrides. Suelo consultarle
siempre y siempre me ha ayudado a encontrar el tono justo, la
distancia, el detalle que me permiten avanzar.
De este modo,
reunió todos estos elementos para escribir…
En la pista de baile de un cantante de salas de
fiesta, lo lógico es que bailen todos estos colores bien
mezclados: la chaqueta blanca, la infancia, la dignidad, la
ironía o el sarcasmo… También era lógico imaginarse la película
como una bola de esas que tienen mil caras. Y de ahí es de donde
parte la frase que dice Gérard al principio de la película:
“Estoy seguro de que si miráramos bien a los bailarines en una
pista de baile entenderíamos mejor los movimientos del mundo".
Por suerte le divierte mucho jugar a los filósofos…
¿Conocía usted
el universo de las salas de fiesta o de las verbenas?
La verdad es que no. Vagos recuerdos de las
vacaciones... nada interesante. Yo era más bien como la canción
de Brel: "Y además, me horripila el chunda-chunda, los bailes de
pueblo y el acordeón". Resumiendo, que tenía un montón de
aprioris bastante estúpidos. Al mismo tiempo, me atraía esa
gente que vive con y para las canciones. Y la pregunta era
¿puedo hacer cine sobre ese mundo, en la época actual?
¿Lo más
delicado era no caer en la caricatura?
En primer lugar, rechazando lo típico, la burla o
la demagogia “popular”, que nada tiene que ver con lo puramente
popular… Para ello, llevé a cabo una investigación, un pequeño
documental que me condujo hasta Alain Chanone, un cantante de
salas de fiesta y verbenas de la región de Auvernia. Hace
bailes, comités de empresa y tés musicales... Había sido obrero
de Michelin y ahora le gusta decir que es "mundialmente conocido
en Clermont-Ferrand”. Se ríe bastante de sí mismo y, sobre todo,
es un hombre sincero y honesto. El cliché del cantante
avinagrado desapareció de un plumazo nada más conocerle. Alain
esconde seguramente sus penas, pero sólo a veces se le nota en
la voz... Una bonita voz, nada más y nada menos. Como dicen los
jóvenes: "No va de nada". Me acuerdo de un periodista que vino
al rodaje para hacer un reportaje. Describió a Chanone como un
"cantante de segunda fila". Se sintió herido, dolido. Me dijo:
"¿Por qué no me llaman, sencillamente, cantante de salas de
fiesta? Nunca he tenido mayores pretensiones..." Este cinismo,
este desprecio y esta falta de tacto es, precisamente, lo que
quería evitar en mi película. Lo que más desprecio es una mirada
condescendiente, cómodamente instalada en su elitismo…
¿Conocer a
Chanone fue, por tanto, determinante?
Con Chanone y su orquesta, descubro este universo,
sus detalles, su lenguaje, los lugares que frecuenta, su público
y sus sonidos. Y nada tiene que ver con el chunda-chunda de la
canción de Brel. Los clientes y los decorados de este tipo de
bailes tienen clase, un cierto "porte". Chanone me explica: "A
los 40 ya no vas a la discoteca para brincar a ritmo de tecno y
rodeado de críos. Yo hago bailar a los solteros, les hago
felices… o eso intento. ». En la pista, veo cómo se cruzan sus
destinos, sus vidas por reconstruir… Resumiendo, acompaño a la
orquesta (que en la película se convierte en la orquesta de
Gérard), vivo un tiempo en la granja de Chanone (que se
convierte en la casa de Gérard en la película) y el resto viene
dado…
¿Quién elige
las canciones para este tipo de velada?
Un cantante de salas de fiesta está obligado a
interpretar unos estándares, canciones conocidas… en todo caso,
para empezar la velada, “para levantarla”. Más avanzada la
noche, puede arriesgarse con temas menos conocidos. Pero la
gente viene a bailar, no a escuchar al cantante… De hecho
Barbara, Brel o Manset, Chanone ni los toca. Primero, porque le
intimidan y, además, porque es difícil bailar al son de Les
Marqueses. Tampoco canciones originales, sólo versiones... Y
aquí surge el problema de la nostalgia, que me bloquea un poco.
Un tema demasiado empalagoso, muy manido. Prefiero buscar lo
diferente. El título, en pretérito imperfecto en el original
(Cuando era cantante), es un tanto engañoso. No se trata de una
“película-recuerdo”. Todo lo contrario, el personaje de
Depardieu, Alain Moreau, vive en el presente, en este mundo
nuestro, el de Operación Triunfo y la MTV. Pero, no por ello
siente nostalgia: está fuera del mundo real, con su batín
japonés de rojo satén.
¿Se ha
mantenido fiel a lo que vio en Auvernia?
El rodaje lo hice allí, en los decorados reales,
con los personajes reales, como Chanone que interpreta a
Mariani, el adversario de Alain Moreau. Este universo me
"cautivó", literalmente. Hice miles de fotos, vídeos. Y, lo que
es más importante, me sentía muy a gusto. Le puse a Chanone Les
Corps Impatients y Une Aventure. Haciendo gala de un sentido
común que te deja perplejo, me dijo que, en cierto modo,
teníamos el mismo repertorio: los sentimientos. La película no
será, nada más lejos, un estudio documental de un cierto
ambiente, sino una historia de sentimientos, aunque sin caer en
el sentimentalismo, o eso espero. La historia de esos encuentros
que te desestabilizan, te llegan al corazón y, todo ello, con la
misma sencillez que una canción. En aquel momento, yo
necesitaba, como Marion, encontrar a Alain Moreau, su fantasía y
su consistencia. Me vino muy bien imaginarme a un tipo así… Era
un proyecto de vida, a la par que un proyecto de película.
Háblenos de
este encuentro entre Alain y Marion…
Preferiría cantarlo, pero bueno… no sé… En una
canción reciente de Christophe, hay unos versos que me gustan
mucho: "Porque las cosas más bellas, en el fondo, siempre se
quedan en suspensión…” La verdad es que cuando hablo de la
psicología de los personajes, enseguida me siento incómodo....
Al escribir, no tengo ningún punto de vista teórico sobre mis
caracteres. Busco hechos, gestos, "momentos" en los que se
encarnaría en la imagen lo que las palabras no alcanzan a decir.
Por decirlo de otra manera, primero soy factual, concreto, parto
de ahí: es mejor enseñar que decir. Alain Moreau vive entre las
luces de los bailes, las músicas y los encuentros. Es un hombre
solo que canta al amor aunque ya no lo viva o lo viva mal. Su
manager le dice que no se mueve lo bastante en el escenario, que
se tiene que despertar. Marion es joven, guapa y exigente. Es
agente inmobiliario, siempre moviéndose. Llevándole a visitar
casas vacías y silenciosas le saca radicalmente de su universo.
Entre ellos, todo es como un baile, una historia de distancia,
de roces, de miradas y, también, de humor. Si Alain tiene cosas
que decir, ella tiene cosas que callar. Él tiene la elegancia de
respetar estos silencios. Lo que les une es también una cierta
manera de amar, un rechazo a la cobardía y al inmovilismo. El
instinto de que en el amor hay algo vital, insuperable, pero
también y obligatoriamente, inacabado. Toda la vida se mide así:
el deseo y la soledad. Por eso, serán, uno para el otro, una
energía nueva que hará que su existencia sea más densa, más
llena, más musical y sensual. Estoy pensando en la parafina que
se echa en la pista para que se deslicen los pies de los
bailarines, en esa frágil e improbable nube que flota por un
instante en las luces del dancing, en suspensión. Es algo muy
concreto y, sin embargo, impalpable, “en suspensión”.
El personaje
de Marion ocupa, por tanto, el centro de esta historia…
Sin ella, no habría película. Gracias a ella, la
película se aleja de la típica crónica de una vida, ella aporta
el movimiento. Cécile de France me pareció enseguida la actriz
ideal, porque para mí es mágica. De verdad, es una mujer mágica.
Sobre todo, la había visto interpretar papeles de chicas muy
jóvenes en comedias, nunca le había visto interpretar a una
mujer que tuviera una relación exigente y tumultuosa con su
vida. En las películas, suele parecer más joven de lo que es, y
yo sentía algo... algo que había que vencer, como una sombra. Ha
aportado a la soledad de Marion, un brillo y una frescura
inesperadas. Y además, tiene ese tipo increíble, exento de
cualquier atisbo de vulgaridad, ese rostro de estrella, ese
sentido del humor y ese ardor juvenil resuelto que aportan una
increíble tensión a las escenas con el cincuentón de Alain
Moreau. Es precisamente un símbolo de vida, seria y divertida a
la vez, capaz de dar vida a lo que el otro espera, pero sin
autocompadecerse en el lamento. Gérard, Mathieu y yo hemos
tenido mucha suerte de poder vivir esta historia con ella… Me
recuerda a una canción de Trenet, La Folle Complainte, en la que
habla de “la revancha de las tormentas”. Cécile, para mí, es "la
revancha de las tormentas". Vaya usted a saber…
¿Pensaba en
Gérard Depardieu cuando escribió el guión?
Sí. Es el actor con el que quiero trabajar desde
que era muy joven. Para mí era lo que una estrella de rock es
para otros. Aunque pueda parecer muy cándido por mi parte,
siempre he estado seguro de que trabajaría con él. Le pasé el
guión, lo leyó y lo aceptó. Así de sencillo. Sabía que yo no me
embarcaba en el proyecto con una super estrella, sino con un
actor, y eso es todo. Respetarlo empezaba por ahí. Entendió que
el personaje tenía que construirse con una cierta contención. De
todos modos, él lo entiende todo. No me apetece que se "vea" a
Depardieu, como ya he empezado a oír, sino que se descubra una
nueva faceta de su genio de actor. Ha estado increíble en el
rodaje, entregado y, a la vez, lleno de inventiva. Notaba como
Cécile, Mathieu y yo lo esperábamos todo de él, que no íbamos a
dejarle nada dentro. Ocurrió algo… entendió que este momento con
él era importante en nuestras vidas. Me hacía mucha gracia
cuando me decía entre dos tomas: "¡Ah, no!... ¡Nada de
psicología!" Podría decir como Clint Eastwood: "Yo lo hago y ya
está…” En realidad, es Depardieu el que construye algo
utilizando a los directores y no al revés. Los que han creído
hacer una obra con películas en las que participaba él estaban
muy equivocados: es él el que construye la obra. Para mí, no hay
duda de que el cine es lo más importante de su vida. Todos los
sabemos: es un genio, el único actor que puede dar al destino
más modesto del mundo una dimensión mitológica. Sus errores lo
humanizan y sus provocaciones nos tienden la mano, todo ello
forma parte de su trabajo de actor: es su oficio de vida.
Además, ¿qué sería del cine francés sin él? Para mí, Gérard es
creador de cine moderno y quería que me hiciera disfrutar de su
libertad para expresarme, con mis propios medios.
Y encima, sabe
cantar.
No se le podía doblar de ninguna manera. No tenía
que cantar como Sinatra, sino sencillamente bien, profesional.
Así lo exige el guión. Fuimos al estudio para ensayar una lista
de canciones acordes a su tesitura de voz. Desde el principio,
nos pareció completamente evidente. Cuando interpretó Save the
last dance de Mort Shuman, o L’Anamour de Serge Gainsbourg… Las
canciones destilaban Depardieu, las rebosaba por completo.
Existía una evidencia, un contacto a flor de piel. Pero no
quiero pasarme, no viene al caso. Le pedía que cantara como un
cantante de salas de fiesta, no que hiciera un numerito. Y
además, estaba guapo, con su mecha rubia al fin recuperada y esa
voz tan singular... También creo que estaba algo asustado.
Notaba que estábamos allí, observándolo sin ningún miramiento.
Y a Mathieu
Amalric ¿le conocía bien?…
Trabajé con él en un corto: L’Interview. Y cuando
pensé en este proyecto, enseguida pensé en él, para meterse en
la piel de este tercer personaje, Bruno. Es, de lejos, el mejor
actor de su generación. Desprende como un resplandor, algo muy
físico y extraño que lo acerca a Gérard, por lo que respecta a
la improvisación en los movimientos, los gestos, la facilidad
para encontrar el ritmo. Y enfrentarlo, por una mujer, a
Depardieu, resultaba bastante interesante. No pertenecen a la
misma generación, tienen físicos radicalmente opuestos, pero
Mathieu tiene la complejidad necesaria para desestabilizar a
Gérard.
¿Y Christine
Citti?
No sabía nada de ella cuando la conocí. Todo se
produjo por una mirada, en el casting. No estaba contenta con
las pruebas y bajo los ojos diciendo "ya sé que no está bien".
Llevaba una sudadera roja de capucha, como si fuera una chica de
Operación Triunfo. Ese momento tenía una intensidad, un
desequilibrio, algo del personaje que estaba “ahí”: como una
tensión entre el deseo rabioso de salir de uno mismo y el miedo
a cruzar los límites. Esta tensión era la promesa de la energía
que yo necesitaba para su personaje de manager y exmujer del
“gran” Moreau. Aportaba una singular dignidad a su dolor de
mujer "engañada". Supo encontrar el brillo necesario a la sombra
de la estrella local.
¿La historia
exigía una puesta en escena particular?
Una vez más, fue algo no pensado. Para mí, el cine
se hace en ese instante, en ese gesto que reúne la luz, los
actores en el espacio, el momento del rodaje y, evidentemente,
lo que he escrito. Cómo explicarlo. Si tuviera que resumir,
diría que me preocupa la libertad. No tengo sistema, ni fórmula
o referencias, sólo una atención, en todas las acepciones del
término. Por muy extraño que parezca, me he dado cuenta, de que
suelen ser las miradas las que me ayudan a encontrar la escena e
incluso la película. Pero era Depardieu el que solía hacerme la
única pregunta correcta: "¿Vive?". Dicho esto, para mí la
cuestión no es rodar la vida sino hacer que la película esté
viva. La causa que trato de defender, a mi medida, es la del
cine, su fuerza para emocionar, su dignidad eventual en nuestro
deseo fundamental de espectáculo, de representación del mundo en
el que tenemos que aprender a vivir.
¿Qué ha
representado para usted haber sido seleccionado para la sección
oficial del Festival de Cannes?
Me ha llenado de humildad y, evidentemente, de
agradecimiento para con Thierry Frémaux. Cannes sigue siendo el
festival más importante del mundo. He tenido suerte… Nunca
olvidaré los 10 minutos de ovación al final de la proyección
oficial, la emoción de Cécile y, sobre todo, el desconcierto de
Gérard, su extraña fragilidad en ese momento… Por eso, el
palmarés no tiene importancia cuando me acuerdo de todo eso. La
felicidad no tiene precio.
¿Cómo se ha
producido la película?
Chanson d’amour es una coproducción entre Edouard
Weil de Rectangle (la empresa con la que había hecho mis dos
primeras películas) y Pierre-Ange Le Progam de EuropaCorp (que
se ocupa también de la distribución). Todo se ha realizado en un
clima de complicidad, de total respeto a mi independencia y en
una búsqueda permanente de qué es lo mejor para la película.
Quiero agradecérselo una vez más.
Entrevista a
Gérard Depardieu
¿Cómo le
presentó el papel Xavier Giannoli?
Me sorprendió encontrar a alguien en este oficio
que tuviera la mirada clara, la mente despierta y que supiera de
lo que hablaba, dotado de un amor sin límites por el cine y la
canción. Xavier es un gran conocedor del mundo del cine. Con
esto quiero decir que es eléctrico, abierto a todos los géneros
y, en general, con un espíritu crítico y polémico que me
encanta. Resumiendo, un joven con temperamento y un carácter
aparentemente muy difícil, que no es más que el resultado de su
implicación. Lo que hace, sólo se le parece realmente a él, y
eso es todo. Cuando me envió el guión de Chanson d’amour, lo
acepté sin dudar un instante. El único mensaje que hay que
transmitir es la energía de un joven director independiente que
quiere contar cosas. Todo lo demás es accesorio.
¿Qué pensó,
entonces, de la historia?
Que es muy hermosa y que su autor conocía el tema.
Lo acertado de los diálogos me recordaba a un tipo de cine que
me encanta, y son huellas de un respeto lleno de poesía por los
cantantes de verbenas o salas de fiesta, en Auvernia o en
cualquier otra parte. No vi la típica mirada de parisino que
habrían adoptado muchos directores jóvenes y presuntuosos.
Además, le he visto dirigir un equipo con el que tenía la
costumbre de trabajar, con unas exigencias que no se hacían
demasiado gravosas para nadie.
¿Cuáles eran
estas exigencias?
Los directores con talento suelen ir precedidos de
una temible reputación. De este modo, a Giannoli, se le tenía
por duro, impasible… pero Xavier no es duro, sino preciso. Puede
ser, al mismo tiempo, difícil y encantador, porque es un ser muy
inteligente y supersensible. Pero sobre todo, es un joven amable
y discreto. Tiene una personalidad fuerte, un punto obsesivo que
le hace no abandonar nunca los retos del guión, lo
suficientemente pensado como para no replanteárselo. Se ha
creado su propio modo de producción, lo que le permite ser muy
independiente en su trabajo. Y, también tiene imaginación, nos
hacían gracia las mismas cosas.
¿No le
asustaba el hecho de interpretar a un cantante?
Alain Moreau es un hombre al que le gustan las
melodías y las canciones. Simplemente, hace bailar a la gente.
En este caso, no era más difícil cantar a Gainsbourg, que a
Christophe o a cualquier otro. Porque no se trataba de
imitarlos, sino de interpretar a Alain Moreau, actuando con sus
propios medios. Mucho mejor, porque es más difícil ser Michel
Delpech, que Alain Moreau cantando a Michel Delpech. La
auténtica canción popular, es pura poesía. En LA MUJER DE AL
LADO de François Truffaut, Fanny me decía: "Las canciones dicen
la verdad". Apreciarlas en su justa medida requiere una gran
sensibilidad. Que Alain Moreau posee.
¿Pero usted ha
conocido a su referente, Alain Chanone?
Claro. Y he conocido a otros como él. Es un tío al
que le apasiona lo que hace… Ha sido maravilloso poder estar con
él y con los demás personajes reales de ese mundo.
¿Habló con
Xavier Giannoli de las canciones que iba a interpretar?
Sí. Y eso que ya las conocía muy bien. Barbara me
repetía que la canción es un arte único. La aventura que vive un
cantante, cuando está de gira, es algo increíble. Le cuesta
mucho volver al planeta tierra. Alain Moreau, por su parte, es
más interesante. Conoce todo este universo, pero prefiere su
pequeño mundo, la gente que viene a bailar. Sabe muy bien que
nunca se convertirá en una estrella. Pero, ¿se lo plantea
siquiera? ¿No es precisamente esto lo que marca la diferencia,
su humanidad? Vive con su cabra, su lámpara de rayos UVA, su
melancolía… Y lo único que va a enturbiar su soledad, es el
amor. Se nota que ha tenido una historia, aunque no termina de
acabar. Prueba de ello, los paréntesis que tiene con su exmujer,
interpretada por Christine Citti. Con Marion, es distinto. Es de
otra generación, es distinta, más lúcida, más tajante, incluso
algo brusca. El polo opuesto a Cécile de France. ¡Es tan dulce,
abierta y sensible! Es una chica estupenda. Posee una libertad
que te cautiva. Una gran salud moral y valores excepcionales.
Quizá sea algo inherente a los belgas. Le deseo todo lo mejor.
Da la
impresión de que se ha entregado en esta película, como no lo
había hecho desde hacía mucho.
De una manera distinta, sí. Pero hay quien se
asusta y otros, se aprovechan de lo que les ofrecen... No soy
tan impresionante. Sólo los tontos se dejan impresionar. Cuando
la gente es auténtica, no hay problema. Los parisinos han
perdido la realidad, la autenticidad o el misterio. Aquí,
Giannoli no juzga nunca a los protagonistas. Les ama como les
habría amado un Jean Renoir. De esta película, salimos
engrandecidos, como elevados. En primer lugar, nos gusta. En
parte, gracias a las canciones, que son realmente muy
importantes, aunque no nos demos cuenta. Y luego, por la propia
identidad de las películas de autor, en donde el punto de vista
ennoblece al espectador. Se trata, en todo caso, de la historia
de un hombre que quiere hacer feliz a la gente. ¿Hay algo más
bonito? Me ha emocionado tanto verlo como me emocionó leerlo.
Sobre todo, por la inteligencia de la dirección, el rigor, sin
que resulte pesado, en la construcción dramática de la película.
Las aportaciones puramente técnicas se derivan de su coherencia
con la situación. Cuando es así de fuerte, no hace falta añadir
efectos.
Parece que la
frase: "Una y otra vez, todo el mundo cree que voy a cascar y
¡ale hop! Vuelta a empezar..." la han escrito para usted.
Somos los primeros que nos decimos una cosa así.
De todos modos, el que cree que tiene talento, está muerto. Los
demás ya no podrán hacerle revivir. Y sobrevivirá sólo en
función de la motivación que encuentre en su trabajo. Nuestro
propio talento, sólo lo vemos cuando se nos escapa. Ocurre lo
mismo con el director: si no hay amor en su manera de trabajar,
hace aguas por todas partes. Nadie puede aportar gracia sin
amor.
Entrevista a
Cécile de France
¿Cómo le
presentó el papel Xavier Giannoli?
A Marion la vida le ha dado muchos golpes. Ha dejado a su marido, no ve
mucho a su hijo, prefiere vivir en un hotel… Se protege, se
busca a sí misma. Y cuando uno parte en busca de uno mismo, es
casi obligado conocer a otra gente. Así es como coincide con
Alain Moreau, que pertenece claramente a otro planeta. Pero
siente algo… observa en él una cierta emoción, un oxígeno y una
fantasía que es lo que ella necesita. Marion queda prendada, sin
duda, por el tacto y la discreción de Alain. Además, había que
vivirlo así: de forma contenida, con sus matices, callando las
cosas, entendiéndolas sin necesidad de hablar. Desde las
primeras tomas, Xavier frenó mis movimientos… Tenía que ser
sobria, dejar que saliera lo que él buscaba.
Es una historia de amor…
Especial, pero sí… Van a prestarse ayuda mutua, a transformarse. Después
de su relación, que llega demasiado pronto o demasiado tarde, no
se sabe, ya nada será como antes. Es un momento de vida, un
momento privilegiado que nunca olvidarán. Saben que no va a
durar eternamente, aunque no estén realizando una reflexión
pragmática. Viven con ese desasosiego…
Xavier no
eligió por casualidad la profesión de Marion: agente
inmobiliario.
Claro que no. Como Alain Moreau busca casa, van a verse en espacios
vacíos, decorados neutros en los que, por una mezcla de
obligación profesional y de curiosidad personal, ella llega a
una intimidad muy especial con él. Incluso se observa una
progresión en las visitas. Casi enseguida, ya no vemos el
exterior de las casas, ya no tiene importancia. Es su relación
lo que importa. Él es elegante porque no se toma en serio. Y
nada seduce más a una mujer que la sinceridad.
¿Y qué
papel ocupa la canción en todo esto?
Me parece muy hermoso el respeto que muestra Xavier cuando aborda el
universo de la canción popular, del que mi personaje está, al
principio, en las antípodas. El arte de una canción popular
consiste en hablar de cosas muy complicadas con palabras muy
sencillas. Cómo explicar que una canción provoca escalofríos,
nos da ganas de bailar… En un cierto momento, no se puede
racionalizar.. Sólo funcionas por instinto. Y no es, por tanto,
una casualidad que Xavier se apasione por este pequeño mundo,
porque él es así: instintivo.
¿Le
gustaba la canción popular, la canción romántica, antes del
rodaje?
No especialmente. Conocía a Gainsbourg, evidentemente… En ese aspecto,
Marion y yo nos parecemos mucho. Y como ella, he ido
evolucionando a lo largo del rodaje. Los Paraísos Perdidos
(Christophe), me encantó en cuanto la oí, desde la primera nota.
En realidad, hay que tomarse tiempo para escucharlas, dejarse
llevar, irse impregnando. L’Anamour, por ejemplo, aparece
enseguida en la película. Tardamos lo nuestro en rodar esa
escena, que llega en el momento en que sus vidas respectivas van
a cambiar de rumbo. Cuando él está cantando y ella bailando, lo
que ocurre entre ellos es vital. Allí es cuando ella entra en su
mundo y se deja seducir por lo que él representa. Ella va a
superar sus prejuicios para pasar a otra cosa. Y precisamente
porque, a priori, nada es posible, todo puede ocurrir. Como en
la vida…
¿Influyó
en algo, a la hora de plantearse su papel, el hecho de que su
compañero de reparto fuera Gérard Depardieu?
Al igual que Marion se deja llevar por Alain, yo me he dejado llevar por
Gérard. Me cogió de la mano y me llevó con él. Podría haber
hecho su numerito "Gérard y su gran orquesta”, pero no. Para mí
ha sido maravilloso. No ensayábamos, nos tirábamos directamente
a la piscina desde la primera toma, a las bravas. Xavier buscaba
esos momentos raros en los que el actor, el personaje, la
ficción y la realidad se vuelven uno solo.
¿Pero
conoció a Gérard antes del rodaje, no?
Pues la verdad es que no. La primera vez que nos vimos fue en la primera
escena en que Marion y Alain se conocen, en el baile del casino.
Estaba asustada, pero me daba buena espina. Al hablar con
Xavier, te dabas cuenta de que el rodaje sería particularmente
exigente. Y Gérard no podía estar más metido en su trabajo.
Desde la primera toma, fue algo mágico. Pensé que si todo seguía
así, iba a ser increíble. Y así ha sido.
¿Cuando
Alain conoce a Marion, ella parece que todavía tiene una medio
relación con Bruno, interpretado por Mathieu Amalric?
La relación de Marion con Bruno es pura seducción, erotismo, pero no le
basta. Con Alain Moreau, es totalmente distinto... es algo más
sofisticado. Mathieu es impresionante. Yo le observaba por lo
menos tanto como a Gérard. Puedo decir que, en este rodaje, he
aprendido un montón de cosas sobre mi profesión.
Es la
primera vez que la vemos interpretar una crisis de profunda
tristeza…
Estaba tan emocionada de que un autor como Xavier confiara en mí para este
tipo de composición. Pero no porque Marion se hunda, a veces,
sola en su habitación tenemos que pensar que está desesperada o
resignada. Tenía que seguir siendo combativa, incluso cuando
estaba perdida. Yo creo que Xavier también me eligió por eso,
sin duda: mi tono directo, mi lado belga, en una palabra, un
poco de fuera… Y luego está la silueta propia de cada uno,
esencial. La de Marion está en tonos rojos, colores vivos, el
fuego que ruge bajo el volcán... Vale, de acuerdo, los actores
nos las pintamos solos para inventarnos estas historias, aún
así, pocas veces he visto tal mimo en el tratamiento de las
imágenes. Y estoy muy orgullosa de haber participado en una
película tan hermosa, llena de una poesía sonora y visual que
desborda sinceridad.
Imágenes
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EuropaCorp, Rectangle Productions y France 3 Cinéma. Distribuida
en España por Karma Films. Todos los derechos
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