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Dirección: David Fincher.
País: USA.
Año:
2007.
Duración:
158 min.
Género:
Thriller.
Interpretación: Jake Gyllenhaal (Robert
Graysmith), Robert Downey Jr. (Paul Avery), Mark Ruffalo (detective Dave Toschi), Anthony Edwards (detective
William Armstrong), Brian Cox (Melvin
Belli), Elias Koteas (sargento Jack Mulanax), Donal Logue (Ken Narlow), John
Carroll Lynch (Arthur Leigh Allen), Chloë Sevigny (Melanie), Dermot Mulroney (capitán
Marty Lee).
Guión: James Vanderbilt;
basado en el libro de Robert Graysmith.
Producción: Mike Medavoy, Arnold W.
Messer, Bradley J. Fischer, James Vanderbilt y Ceán Chaffin.
Música: David Shire.
Fotografía: Harris Savides.
Montaje: Angus Wall.
Diseño de producción: Donald Graham Burt.
Vestuario: Casey Storm.
Estreno en USA: 2 Marzo 2007.
Estreno en España: 18 Mayo 2007. |
CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
No soporto a los apaleadores
de perros que un día se levantan y empiezan a regalar palmaditas
y caricias a su animal. Piensan que con un premio podrán
resarcir años de ignorancia, de la misma manera que algunos
críticos esnobs desperdigados por los festivales se postran ante
“Zodiac” como si los espumarajos prejuiciosos que lanzaron
contra las películas previas de
David Fincher
no importaran. Creen reconocer en un giro de realización el
abandono de la identidad del director, cuando en verdad se
confirma la filmografía del desencanto y la estupidez de quienes
sólo se identifican con ella si el mensaje resulta menos obvio.
Se ha
dicho que la cinta es hiperrealista, no sin acertados motivos,
pero también generalizándola a una categoría demasiado simple.
El relato de la crónica policíaca y periodística del asesino
en serie más enigmático del historial estadounidense se
condensa con una fuerza envidiable, un pulso indeleble que
Fincher lleva midiendo desde “Seven” (1995) –obviaré “Alien 3”
(1992) por sus orígenes de producción en cadena y porque una
servidora no es especial fan de la saga–, sin que un ápice de
la ambición del proyecto enturbie el empaque del resultado.
Debido al afán de James
Vanderbilt
por dar cabida en su intenso guión a cada detalle de las
pesquisas, muchos relacionarán la abundancia documental con un
tono ajustado a los hechos. Y, ciertamente, la película logra
desvincularse del trazo gordo del psychokiller
–ejemplificado en el Scorpio de “Harry el sucio” (1971)–
ahondando en una proximidad real apabullante. Sin embargo, ese
mismo efecto se realza por una cortina de obsesión
efervescente, la que consume a los protagonistas, y que diluye
la visión del film hacia una mezcla de lógica argumental,
barroquismo emocional y sobriedad expresiva.
Al igual
que sucediera en su –tan rebajado como sobrevalorado– “El club
de la lucha” (1999), Fincher traza sobre la piel desnuda de
Norteamérica las conexiones entre sus puntos débiles, pero la
ausencia de un montaje marcado y llamativo hará más imborrable
su tinta… y también más difícil distinguirla. Que nadie se lleve
a engaño esperando una remodelación ‘para adultos pensantes’ de
“Seven”, pues “Zodiac” no supone un seguimiento de asesinatos
pintorescos como hilo conductor. En dos horas y media ajustadas,
el ritmo de la acción no concede paradas de descanso, si bien la
estructura no plantea el típico desperdigamiento de
revelaciones, sustos y sorpresas. No importa tanto quién
demonios era Zodiac –cuya identidad se insinúa sin ánimo de
golpe inesperado– como sentirse cada vez más atrapado en la
necesidad de saber, de encontrar un sentido a cada cosa. El
propio planteamiento es ya toda una denuncia de los
procedimientos comerciales más sobados, un dedo en el ojo
continuo aunque no se sienta la molestia hasta el final. Fincher
dosifica con ingenio esta red hipnótica en un esquema en
apariencia caótico, sumamente gratificante para quienes buscan
en las salas increpación y actitud partícipe. En primer lugar
asistimos a los crímenes del susodicho homicida, rodados con una
brutalidad que borra enseguida el morbo e imprime en el
espectador una sensación de culpa voyeurista en contra de la
estilización y el gore barato que suele acompañar a esta
clase de escenas. Después arranca un equilibrado e interesante
paralelismo entre las frías investigaciones de los inspectores
de policía –estupendo y recuperado
Anthony Edwards,
otrora entrañable doctor Greene en “Urgencias”– y las
deducciones amateur de los periodistas Graysmith (Jake
Gyllenhaal) y
Avery (Robert Downey Jr.)
–también destacables ambos, y no me cansaré de celebrar el
retorno del segundo a las pantallas–. Por último, Graysmith
comienza a escribir el best seller en que se basa la
película, dotándole de un protagonismo anti-heroico que, con sus
primeras ilusiones y su esperanza flotante en un mar helado
final, resume los propósitos de una película
árida, áspera, fría, difícil, desalentadora… entendido todo ello
como un reto para la cinefilia embotada.
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Tampoco son eludibles los
referentes mencionados con asiduidad: “Todos los hombres del
presidente” (1976) –por aquello de dos periodistas, uno más
curtido, otro novato en el mundo de los informes–, “La ofensa”
(1973) o “Ausencia de malicia” (1981). “Zodiac” cumple con los
requisitos del thriller, pero procurando que la relación
policía-periodismo exceda el tópico de las conversaciones
ininteligibles y profundizando en la vertiente analista de una
sociedad en la que cada vez colea con mayor fuerza el desorden.
Podría decirse que el hiperrealismo procede también de su
recreación escenográfica y el gusto por la anécdota que
caracteriza a Fincher –las galletitas que pide continuamente el
inspector Toschi (Mark
Ruffalo)–, pero
el término debería prolongarse más allá de la sobriedad visual y
evidente, situarse en el extremo que casi roza al opuesto: lo
onírico. Recordemos, además, que el director se inspira en sus
propios recuerdos infantiles para reconstruir el momento y las
impresiones que lo rodearon, lo cual hace de “Zodiac” un
ejercicio ambiguo, donde cada pista diáfana acaba convirtiéndose
en el oscuro obstáculo que impide resolver el misterio, mientras
lo verdaderamente terrorífico –el omnipresente asesino– pasa a
ser un elemento usual.
La desazón del visionado va
pareja al estímulo de encontrarse ante un
ejemplo de inteligencia constructiva y de tratamiento respetuoso
hacia el material y el espectador, sin caer en el sometimiento a
uno u otro. La máquina
del tiempo se abre en unos años setenta-ochenta que también
reviven a través de su música, empezando por la magnífica
partitura, desmitificadora y potente, de
David Shire
–compositor de otro clásico del suspense, “La conversación”
(1974)– y pasando por una galería de canciones entre las que
destaca el precioso “Hurdy Gurdy Man” de Donovan, compendio del
espíritu del film en sus créditos de inicio y cierre. Tal vez
sea demasiado para el sector de público que se pierde con
facilidad en las tramas caóticas, pues requiere una vigilancia
firme, potenciada por la emoción de sentirse interpelado. La
inexplicable atracción que uno siempre siente por las aguas
pantanosas que ocultan su fondo en la negrura de la superficie.
La tentación de introducir la mano y… –cuidado, cuidado: la
angustia del espectador que increpa a las potenciales víctimas–
pillarse los dedos. Pero ojalá yo sintiera ese dolor cada vez
que voy al cine.
Calificación:
    
Imágenes
de "Zodiac" - Copyright © 2007 Paramount Pictures,
Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España
por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos
reservados.
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