CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
A más de uno le habrá
dejado descolocado la nueva película de
David Fincher:
por su sobriedad y su construcción más cercana a un clásico como
“Todos los hombres del presidente” o a una obra referencial como
“JFK: caso abierto”; desde luego en las antípodas de la
celebrada “Seven”, la cinta que le consagró a ojos de crítica y
público. Y sin embargo, en esta opción aparentemente más
conservadora se aloja la obra más ambiciosa e innovadora de un
creador al que, por fin, el presente título debería ayudarle a
obtener, ya sin contestación, el calificativo de ser uno de los
cineastas más potentes de su generación.
Porque
si en sus anteriores filmes era posible rastrear la
fascinación por el Mal que se ha incrustado en nuestra
sociedad, es curiosamente en “Zodiac”, sin recurrir a
alambicados excesos visuales, donde esta fascinación alcanza
sus mayores cotas; y en gran parte, porque el psicópata que
acaba obesionando a unos personajes tan extraños a la sociedad
como él mismo (hasta el punto de seguir queriendo atraparle
cuando el resto de la gente ya lo ha olvidado, en una clara
demostración de que nuestra capacidad para digerir el mal
absurdo es inmensa, quizá porque ha pasado a formar parte de
nuestro paisaje diario), apenas se muestra, sino que su perfil
queda trazado por el entrecruzamiento de miradas de
Jake Gyllenhaal,
Mark Ruffalo
(¡qué grandes los dos!) y
Robert Downey Jr.
Y esta
obra total muestra sus cartas desde el primer fotograma, con los
logos retro de los estudios (los de la Warner y la
Paramount de finales de los setenta) y una iluminación,
vestuario, fotografía y banda sonora que, aunque resucitan con
extrema fidelidad una época que ha quedado codificada a través
del cine, consiguen que esa época cobre, a través de la mirada
de Fincher, una apariencia diferente: a través de sus ojos, San
Francisco no es la idílica ciudad siempre acariciada por el sol
y atravesada por sus pintorescas cuestas, sino una gran urbe
como cualquier otra, capaz de albergar en su interior una
amenaza surgida de sus mismas casas, de sus mismos barrios. Sólo
pueden calificarse, en este sentido, de
geniales las escenas en las que vemos actuar a Zodiac, por el
tono amenazante que, sin excesivos subrayados, logra obtener
manipulando levemente la iluminación, la planificación...
Y así, no es extraño
que la secuencia más brutal, la del ataque a la pareja del lago,
se resuelva de manera seca a plena luz del día y con el simple
recurso al punto de vista para obtener el objetivo deseado.
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Cada segundo que desfila ante
nuestros ojos, pues, cumple un papel importantísimo en el
resultado final, porque “Zodiac” es una obra pensada hasta el
último detalle; por ello, su complejidad disuadirá,
inevitablemente, al gran público. No hace falta ser adivino para
augurarle a esta película una taquilla discreta, alejada desde
luego de propuestas que situaban la violencia extrema como algo
que le pasaba a gente totalmente ajena a nosotros, sin puntos en
común con nuestra vida diaria. No, “Zodiac” encierra una visión
infinitamente más subversiva: el estupendo y
férreo guión de James Vanderbilt,
capaz de administrar un aluvión de datos sin reventar las
costuras de la cinta, subraya una y otra vez la cotidianeidad de
la violencia. Los
personajes hablan y hablan, y en el continuo tránsito de datos
arañan la superficie de un psicópata que si es fascinante, lo es
sólo por ser desconocido, porque en última instancia sus métodos
y estrategia de darse a conocer acaban revelando sólo a un
excluido... como, cada uno a su manera, lo son los tres que
pretenden darle caza.
Aunque
mención especial cabe hacer de
Robert Graysmith,
el personaje de Gyllenhaal y atípico protagonista, pues su rol
no empieza a cobrar importancia, en realidad, hasta la segunda
parte del metraje. Y atípico porque, aunque él sea lo más
parecido al héroe de la cinta, su retrato es el de un hombre
obsesionado más allá de la lógica (que luego lograra convertir
su libro en un best seller le vino por añadidura, porque
no parece que fuera ése su impulso inicial), sin que le mueva
ningún interés real (como le dice el periodista Paul Avery,
interpretado por Downey Jr., él es el único de todos los
implicados que no parece que vaya a ganar nada por desenmascarar
a Zodiac), y que pone, de una manera absurda, a su familia en
peligro.
Quizá la escena clave sea
cuando varios de los personajes coinciden en el cine donde
proyectan “Harry el sucio”, cuyo asesino Scorpio es un trasunto
pasado por Hollywood de Zodiac: uno no puede evitar sentir lo
simple, lo lejano a la verdad, que fue aquella visión
tranquilizadora que hacía al psicópata un ser tan ajeno a lo
humano que podía ser localizado y extirpado sin problema ni
remordimientos. Al contrario, la sensación extraña que a uno le
queda cuando termina de ver “Zodiac” es más amarga e inconclusa
(lo que, en el fondo, la acerca mucho más a una experiencia que
podemos asimilar y comprender); y ése es, quizá, el principal
escollo que impedirá a mucha gente acceder a
una de las mejores películas que Hollywood nos ha enviado en
muchos años.
Calificación:
    
Imágenes
de "Zodiac" - Copyright © 2007 Paramount Pictures,
Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España
por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos
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