CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Rigor y
desmesura
Desde hace algo más de 10
años
David Fincher
es "el director de Seven", y el nombre del propio autor puede
ser uno de los principales obstáculos de "Zodiac". Aquel film
permanece como el referente del thriller de finales de
los 90, renovación estilística y narración envolvente que más
tarde llevó a sus extremos con la controvertida "El club de la
lucha", obra de culto esta última que no sólo resiste, sino que
aumenta en audacia con cada visionado. Su nuevo proyecto tenía
sobre el papel los elementos para causar similar impacto –la
investigación de uno de los asesinos en serie más buscados de la
Historia reciente de EEUU, aficionado también a retar y enviar
acertijos a sus perseguidores–, pero el realizador, provocando
cierto desconcierto ante lo que podría esperarse, vuelve a
desmarcarse de las reglas.
La
cinta arranca con el segundo de los asesinatos del
autodenominado Zodiac, y sus primeras cartas a varios
periódicos anunciando futuros planes, y se desarrolla de forma
lineal ateniéndose escrupulosamente a la cronología de los
hechos. Puede entenderse estructurado en tres grandes partes
en torno a tres personajes reales que, de un modo u otro,
estuvieron implicados en la investigación –Paul Avery,
periodista del San Francisco Chronicle, el detective de
policía Dave Toschi y
Robert Graysmith,
ilustrador del mismo periódico–, que comparten la obsesión por
descubrir al asesino. El mal siempre parece tender su mano,
los psicópatas necesitan verse reflejados en un espejo donde
observar el efecto cambiante de sus argucias, y en el
transcurso de los más de 20 años que abarca el caso, se sucede
este extraño vínculo de atracción entre los tres
coprotagonistas, llevado a sus límites por Graysmith, autor
del libro en el que se basa el guión de
James Vanderbilt.
Es de
suponer que Fincher ha contado con una considerable libertad
gracias a sus éxitos precedentes a la hora de acometer este
proyecto, que presenta desde el absoluto rigor, pero también
desde la desmesura. Emprende una minuciosa reconstrucción de lo
sucedido sobre la base de la extensa documentación, testimonios
y sus propios recuerdos de niñez del estado de alarma que
desencadenaron los crímenes en California. La decisión de
ceñirse en la medida de lo posible a los hechos le lleva a dejar
a un lado algunos recursos del cine de intriga que tan
audazmente ha manejado, e incluso dictado, prescindiendo de
pistas falsas, golpes de efecto o atmósferas malsanas.
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La
cuestión es cómo conjugar esta escrupulosa fidelidad con
la forma fílmica, una acumulación de información que exige
una considerable atención, y que le conduce a emplear un
metraje que resulta excesivo. Este rigor actúa en
detrimento de una narración que en algunos tramos
inevitablemente decae; explica con todo detalle aspectos
que sin duda se ciñen a la investigación, pero de interés
relativo, como los interminables problemas administrativos
entre distintas jurisdicciones, o las reiteradas pruebas
periciales. Y al contrario, pese a esta exactitud, hay
cuestiones que quedan en el aire, como la escasa presencia
de los testigos que quedaron con vida de los ataques de
Zodiac. Con todo, en su respeto por lo narrado no logra
mantener el difícil equilibro entre la precisión y la
necesaria emoción.
Dejando
al lado estos excesos, Fincher realiza un
portentoso trabajo a la hora de plasmar la transformación de la
investigación en una obsesión, consigue secuencias magníficas
cargadas de tensión, brillantes elipsis y un inquietante clima
sin perder la verosimilitud;
es loable también su manera de mostrarse correctamente pudoroso
a la hora de abordar los crímenes. Otra de sus virtudes es la
excelente ambientación de un amplio marco temporal, en especial
la evocación del San Francisco de finales de los 60, principios
de los 70, y el partido que saca al innegable atractivo que
tienen las redacciones de los periódicos como espacio
cinematográfico. Recurre a otro elemento que suele funcionar muy
bien, la nostalgia del Cine dentro del Cine, con referencias
directas a “Harry el sucio” y “Bullitt”, largometrajes que en
mayor o menor medida se acercaban al caso Zodiac.
El empeño de los
protagonistas por encontrar al asesino sirve para realizar un
complejo estudio sobre la obsesión, una búsqueda de la verdad
que se desliza por la pendiente de los intereses personales, la
ambición, el amor propio y el fracaso. Un tríptico que encabeza
un estupendo Robert
Downey Jr. en
la piel del periodista Paul Avery, un personaje al límite de
caer en tópicos y amaneramientos, mientras que
Mark Ruffalo
como el detective Toschi
compone con elegancia todo un estilo, similar al de Steve
McQueen en la citada "Bullitt", ambos inspirados en la misma
persona. Y como hilo conductor
Jake Gyllenhaal
en el papel de Graysmith, quien
experimenta la mayor transformación a lo largo de la obstinada
averiguación, una estimable interpretación que recuerda en su
ensimismamiento, ligera torpeza y aire vacilante a su
encarnación de "Donnie
Darko".
Fincher
logra una obra de madurez, consecuente con la evolución de su
trayectoria y la decisión de liberarse de un género que en su
día recompuso. Aun así, su metraje, cierta frialdad y las pocas
concesiones al espectador empujan a echar de menos la
contundencia de las indiscutibles "Seven" y "El club de la
lucha", e incluso sus
trabajos considerados menores –algo del divertimento muy negro
que era "The game", cinta que habría hecho las delicias del
propio Hitchcock, o el ejercicio claustrofóbico de
"La habitación del pánico",
propuestas que en mayor o menor medida aunaban la intriga con la
calidad–.
Calificación:
    
Imágenes
de "Zodiac" - Copyright © 2007 Paramount Pictures,
Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España
por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos
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