CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Trasplante de corazón
Triunfadora
en el Festival de Málaga tras recibir los principales
galardones, esta comedia dramática del navarro
Félix Viscarret se nos ofrece
como un viaje de vuelta a las raíces para, en una segunda
oportunidad, encontrarse a uno mismo. Adaptación de la novela
“El trompetista del Utopía” de Fernando
Aramburu, el trabajo comienza con elementos del humor
negro más castizo para ir derivando hacia el terreno del drama
intimista, y terminar por construir el retrato entrañable de un
hombre recuperado para la vida, aunque antes tenga que asistir a
más de un entierro.
Bajo el formato de road movie
interior o de western contemporáneo –por ser reflejo
del cine independiente americano–, Viscarret nos presenta a
Benito como el típico vividor treintañero que se fue a Madrid
en busca de polvo de estrellas, pero que no acaba de salir
adelante como trompetista, ni tampoco en su vida afectiva. La
enfermedad de su padre le obliga a regresar a su pueblo natal,
Estella, donde encontrará a su hermano Lalo ('el Hierros', por
dedicarse a hacer esculturas con chatarra) que intenta dejar
de beber y está a punto de casarse con Nines, madre soltera
con quien él mismo mantuvo relaciones en su juventud.
Enseguida los ambientes nocturnos y
sórdidos de la capital dejan paso a los más naturales y
luminosos –que no idílicos– del entorno rural navarro. Tipos
auténticos y algo brutos, pero nobles y de buen corazón, se
disponen a una despedida de solteros o a un reparto de la
herencia. Y entre esa galería de personajes autóctonos, la
cámara se detiene en una pareja de hermanos aparentemente muy
diferentes pero ambos inadaptados, caracterizados con sutileza
en el guión e interpretados con asombrosa naturalidad, en
especial por Alberto San Juan.
Su personaje, Benito, es quien más evoluciona en una historia
que es la de su reencuentro con los restos de humanidad que
lleva dentro: quien no es capaz de derramar una lágrima –y se
angustia por ello– al perder a su padre, llorará al final
desconsolado, una vez que se ha abierto a los problemas de Lalo
o de la pequeña Ainara. Parece como si el contacto con la
Naturaleza le hubiera despertado y sacado del ensimismamiento
inicial, en el cual su padre era sólo una herencia y el viaje al
pueblo una contrariedad. Sin embargo, no es un personaje de una
pieza ni está retratado con rasgos simples ni esquemáticos: su
sentido protector respecto a su hermano o la amistad con la
problemática niña no ocultan sus vicios ni su negligencia o
cobardía. Alberto San Juan lo encarna con espontaneidad y
veracidad, y permite que el espectador vislumbre un gran corazón
detrás de tan impresentable vida, para acabar resultando un
personaje cercano y simpático.
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También
Julián Villagrán logra que su personaje de Lalo
conmueva en su bondad e inocencia, en su fragilidad y
sentido de culpa. De alguna manera, la pareja de hermanos
refleja el realismo e idealismo con que se puede afrontar
la vida, y mientras que Benito vive el presente y resuelve
sobre la marcha y sin disquisiciones los contratiempos que
surgen –no siempre con acierto–, Lalo “se come la cabeza”
con reflexiones como «yo soy yo... y la gente que quiero»
o se plantea la moralidad de los actos y la necesidad de
reparar el daño cometido, todo sin presunción ni
artificio. Son las dos caras de la vida, Sancho y Quijote,
que necesitarán fundirse fraternalmente hasta el
sacrificio y el holocausto para renacer después a una
nueva vida. Sólo así se entiende la escena en la que
metafóricamente Benito “entierra” su trompeta y su vida
pasada, para decidirse a asumir unas responsabilidades y
aprovechar esa segunda oportunidad.
Buen guión y excelente dirección de
actores, que obtiene una nota alta en lo que se refiere a
Violeta Rodríguez en su papel
de Ainara, una niña introvertida por la falta de cariño y
atención de una madre abandonada, y que esconde gran complejidad
y traumas tras sus silencios y desconfianzas. Sus encuentros con
Benito y la manera en que éste se introduce en su mundo son
quizá los mejores momentos de la película, con una amistad sutil
y creíble que va cogiendo cuerpo hasta redimirse mutuamente.
Momentos emotivos tratados con contención y algunos instantes de
poesía –ante el cielo estrellado tras recibir una paliza o
contemplando una polilla que revolotea en torno a una bombilla–,
que sustituyen a otros de mayor comicidad recogidos sobre todo
en torno al cadáver del difunto padre –como la “actuación” de
trompeta en el entierro– o a los tipos populares, y también
algún pasaje de cierta tensión –en el primer encuentro de Benito
y la niña, o entre las nieblas de la carretera– en que la
tragedia amenaza con llevar la historia por derroteros
fatalistas. En cambio, Emma Suárez
no está tan suelta en su interpretación, y se le nota lo forzado
de algunas situaciones de dolor o desesperación que simula, a la
vez que resulta poco convincente su trasformación interior en
las relaciones que mantiene con ambos hermanos o con su propia
hija.
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Por otra
parte, la cinta combina esa frescura interpretativa con la
modernidad de una cámara que se hace notar con sus constantes
movimientos o con una planificación intencionadamente
descuidada, mientras que la puesta en escena en ocasiones queda
algo forzada –sobre todo en las escenas de encuentros y
desencuentros con las gentes del pueblo– y que oscila de lo
costumbrista a lo mágico o a lo tragicómico. El montaje, en
muchas ocasiones sincopado, da agilidad narrativa, y Viscarret
opta a veces por disociar la imagen del sonido-diálogo para
enlazar y dar continuidad a las escenas. Más dudoso es el
recurso, utilizado en la parte inicial de la película, de
insertar imágenes del pasado en la narrativa de los hechos, a
modo de explicación visual o apoyatura a lo que uno de los
personajes está contando, pues todo eso acaba resultando
pretencioso y desde luego innecesario.
Largometraje
entrañable de personajes un tanto estrafalarios y perdidos,
necesitados de que alguien les eche una mano en su deambular por
la vida, pero a la vez con toda la fuerza de un corazón capaz de
responder ante una segunda oportunidad. A la historia personal
se añade algún apunte socio-político alusivo a la actualidad de
una Navarra acosada en sus libertades por el terrorismo y la
intolerancia, aunque no lo llega a desarrollar. Aun no siendo
original la trama, su frescura interpretativa y de puesta en
escena hará que guste a un público amplio. Sin duda, el cine
español no necesitaría cuotas de pantalla si su calidad media se
acercara a la de esta sorprendente ópera prima.
Calificación:
    
Imágenes
de "Bajo las estrellas" - Copyright © 2007
Fernando Trueba Producciones Cinematográficas. Distribuida en
España por Notro Films. Todos los derechos
reservados.
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