CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Lo viejo da
paso a lo nuevo. Por inercia mercantilista, lo anticuado se
transforma en el trampolín de presentación para avances
generacionales. Y, sin embargo, ¿por qué en el género de la
comedia amorosa seguimos atrapados en una piscina sin
escalerilla por la que escapar? La directora
Amy Heckerling intenta unificar
el desastre del paso del tiempo físico y laboral con una
desenvoltura de romance veinteañero, más fallido por su
insistencia en el tópico que por su tono. Contra el pronóstico
del film, el amor en el cine –como tema– también caduca.
Tal vez
inspirándose en su experiencia como guionista en la espantosa
película para adolescentes “Fuera de onda” (1995) y su spin
off televisivo, Heckerling centra el protagonismo en Rosie (Michelle
Pfeiffer), una escritora de pasajeros episodios de la
serie “Adelante, chica”, a la caza del mejor share
nocturno. El título del producto lo dice todo de la habitual
exageración con la que se recrean los rodajes, platós,
escrituras, visionados y actorcillos en alza. En ese sentido no
se escatiman bromas, referencias y pullas hacia el mundo de la
televisión estadounidense, aunque al público europeo se le
escapen varias de sus referencias, tan abundantes como las
cinematográficas –la realizadora reconoce la influencia de “El
graduado” (1967)… como icono que destruir y no como
inspiración–. Si el sector audiovisual no recibe aquí su mejor
alabanza ni crítica, el asunto se entorpece con la llegada de
Adam (Paul Rudd), la nueva
estrella de la serie que deslumbra con sus payasadas a la
madurita que lo contrata.
El problema
de las diferencias de edad en las relaciones ya no supone una
traba homóloga en lo social –a excepción de los tabúes sobre
menores–, si bien por su escasez suelen convertirse en un
curioso suceso. De ahí que la dificultad de “El novio de mi
madre” resida en cómo complicar una unión que sólo se enfrenta a
un obstáculo superado. Y, para hacerlo, a Heckerling no se le
ocurre nada mejor que sumergir a su heroína en la crisis de los
cuarenta y en un debate interno sobre la correspondencia entre
modales y años cumplidos, reduciéndolo en gran medida al estrés
del deterioro físico –los créditos de inicio repletos de
pacientes de cirugía estética, en una promesa de ácida disección
que se queda en agua de borrajas–. A estas alturas da un poco de
vergüenza ajena que para asumir el protagonismo de una comedia
romántica la mujer tenga que infantilizarse al mismo tiempo que
el hombre se transforma en un autómata diseñado para tarjetas de
San Valentín. Se acerca peligrosamente a esa otra serie de arco
iris y corazones, “Las chicas Gilmore”, en cuanto Rosie imita y
pide consejo a su insoportable hija adolescente, también sumida
en un devaneo sentimental con el típico chulo de instituto. Ella
y él tienen 40 y 29 años, pero saltan sobre la cama, se lanzan
palomitas, van a la discoteca y acaban sumidos en celos
prematuros. Nada que no pueda hacer gente de dicha edad, pero
extraño, insuficiente y efímero cuando sólo se muestra eso.
Las réplicas,
ese ágil pase de pelota que sacralizó a la comedia de enredo,
son sustituidas por diálogos circunstanciales, proxémica
de seducción instantánea y gran cantidad de música mal
administrada. Un continuo y ruidoso batir de palmas para
ocultar que en la función nadie sabe bailar bien. Porque por
desgracia se desaprovecha el lustre de Michelle Pfeiffer, y
aunque su regreso a las pantallas sea bienvenido, pues su
histriónico personaje arruga aún más su rostro –chiste fácil: ¿o
en verdad lo consigue tras el botox?– con tantos guiños y
risitas de nerviosa enamorada. Tres cuartos de lo mismo le
sucede a Paul Rudd, un actor eficaz e infravalorado al que le ha
caído en gracia un tipo encantador que, a pesar de la apariencia
que mantiene durante todo el metraje, no deja de transmitir la
incómoda duda sobre si es un idiota redomado o un farsante. Pero
una película de este calibre no puede estropearse –arreglarse, a
mi juicio– con lo segundo.
Una vez más
se confirma la dolorosa verdad de que la resignación la marcan
los cuestionarios de Elle y Cosmopolitan, de que la comedia
romántica sigue encauzándose hacia el público de dichas revistas
aunque se camufle en modernas hechuras. No importa si la nueva
alga marina no consigue hacernos adelgazar, nos da la esperanza
de que eso suceda. Este género cinematográfico parece llegar
a las carteleras como las dosis periódicas de una panacea para
el aburrimiento del amor cotidiano. Y aunque el componente
ilusorio y escapista es tan imprescindible como clásico, también
lo es un argumento en el que no sólo discurran supuestas escenas
graciosas. Por lo menos nos ahorra las situaciones tragicómicas
y el consabido clímax reconciliador –no nos libramos de todo:
continúa la fiebre por las actuaciones escolares, ¿tanto impacto
ha causado algo tan olvidable como “High school musical”?–. Lo
mínimo en una cinta traicionera que asegura “nunca podré ser
tuya” –I could never be your woman en el original–
mientras se desabrocha la camisa.
Calificación:
    
Imágenes
de "El novio de mi madre" -
Copyright © 2007 Templar Films, Formula Films y Lucky 7
Productions. Fotos por Nick Wall. Distribuida en España por
DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.
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