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EL NOVIO DE MI MADRE
(I could never be your woman)


Dirección y guión: Amy Heckerling.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 97 min.
Género: Comedia romántica.
Interpretación: Michelle Pfeiffer (Rosie), Paul Rudd (Adam Perl), Saoirse Ronan (Izzie), Tracey Ullman (Madre Naturaleza), Jon Lovitz (Nathan), Fred Willard (Marty), Stacey Dash (Brianna Minx), Sarah Alexander (Jeannie), Rory Copus (Dylan).
Producción: Cerise Hallam Larkin, Alan Latham y Philippe Martinez.
Música: Mike Hedges.
Fotografía: Brian Tufano.
Montaje: Kate Coggins.
Diseño de producción: Jon Henson.
Vestuario: Shay Cunliffe.
Estreno en España: 11 Mayo 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Lo viejo da paso a lo nuevo. Por inercia mercantilista, lo anticuado se transforma en el trampolín de presentación para avances generacionales. Y, sin embargo, ¿por qué en el género de la comedia amorosa seguimos atrapados en una piscina sin escalerilla por la que escapar? La directora Amy Heckerling intenta unificar el desastre del paso del tiempo físico y laboral con una desenvoltura de romance veinteañero, más fallido por su insistencia en el tópico que por su tono. Contra el pronóstico del film, el amor en el cine –como tema– también caduca.

 

  Tal vez inspirándose en su experiencia como guionista en la espantosa película para adolescentes “Fuera de onda” (1995) y su spin off televisivo, Heckerling centra el protagonismo en Rosie (Michelle Pfeiffer), una escritora de pasajeros episodios de la serie “Adelante, chica”, a la caza del mejor share nocturno. El título del producto lo dice todo de la habitual exageración con la que se recrean los rodajes, platós, escrituras, visionados y actorcillos en alza. En ese sentido no se escatiman bromas, referencias y pullas hacia el mundo de la televisión estadounidense, aunque al público europeo se le escapen varias de sus referencias, tan abundantes como las cinematográficas –la realizadora reconoce la influencia de “El graduado” (1967)… como icono que destruir y no como inspiración–. Si el sector audiovisual no recibe aquí su mejor alabanza ni crítica, el asunto se entorpece con la llegada de Adam (Paul Rudd), la nueva estrella de la serie que deslumbra con sus payasadas a la madurita que lo contrata.

  El problema de las diferencias de edad en las relaciones ya no supone una traba homóloga en lo social –a excepción de los tabúes sobre menores–, si bien por su escasez suelen convertirse en un curioso suceso. De ahí que la dificultad de “El novio de mi madre” resida en cómo complicar una unión que sólo se enfrenta a un obstáculo superado. Y, para hacerlo, a Heckerling no se le ocurre nada mejor que sumergir a su heroína en la crisis de los cuarenta y en un debate interno sobre la correspondencia entre modales y años cumplidos, reduciéndolo en gran medida al estrés del deterioro físico –los créditos de inicio repletos de pacientes de cirugía estética, en una promesa de ácida disección que se queda en agua de borrajas–. A estas alturas da un poco de vergüenza ajena que para asumir el protagonismo de una comedia romántica la mujer tenga que infantilizarse al mismo tiempo que el hombre se transforma en un autómata diseñado para tarjetas de San Valentín. Se acerca peligrosamente a esa otra serie de arco iris y corazones, “Las chicas Gilmore”, en cuanto Rosie imita y pide consejo a su insoportable hija adolescente, también sumida en un devaneo sentimental con el típico chulo de instituto. Ella y él tienen 40 y 29 años, pero saltan sobre la cama, se lanzan palomitas, van a la discoteca y acaban sumidos en celos prematuros. Nada que no pueda hacer gente de dicha edad, pero extraño, insuficiente y efímero cuando sólo se muestra eso.

  Las réplicas, ese ágil pase de pelota que sacralizó a la comedia de enredo, son sustituidas por diálogos circunstanciales, proxémica de seducción instantánea y gran cantidad de música mal administrada. Un continuo y ruidoso batir de palmas para ocultar que en la función nadie sabe bailar bien. Porque por desgracia se desaprovecha el lustre de Michelle Pfeiffer, y aunque su regreso a las pantallas sea bienvenido, pues su histriónico personaje arruga aún más su rostro –chiste fácil: ¿o en verdad lo consigue tras el botox?– con tantos guiños y risitas de nerviosa enamorada. Tres cuartos de lo mismo le sucede a Paul Rudd, un actor eficaz e infravalorado al que le ha caído en gracia un tipo encantador que, a pesar de la apariencia que mantiene durante todo el metraje, no deja de transmitir la incómoda duda sobre si es un idiota redomado o un farsante. Pero una película de este calibre no puede estropearse –arreglarse, a mi juicio– con lo segundo.

  Una vez más se confirma la dolorosa verdad de que la resignación la marcan los cuestionarios de Elle y Cosmopolitan, de que la comedia romántica sigue encauzándose hacia el público de dichas revistas aunque se camufle en modernas hechuras. No importa si la nueva alga marina no consigue hacernos adelgazar, nos da la esperanza de que eso suceda. Este género cinematográfico parece llegar a las carteleras como las dosis periódicas de una panacea para el aburrimiento del amor cotidiano. Y aunque el componente ilusorio y escapista es tan imprescindible como clásico, también lo es un argumento en el que no sólo discurran supuestas escenas graciosas. Por lo menos nos ahorra las situaciones tragicómicas y el consabido clímax reconciliador –no nos libramos de todo: continúa la fiebre por las actuaciones escolares, ¿tanto impacto ha causado algo tan olvidable como “High school musical”?–. Lo mínimo en una cinta traicionera que asegura “nunca podré ser tuya” –I could never be your woman en el original– mientras se desabrocha la camisa.

Calificación:


Imágenes de "El novio de mi madre" - Copyright © 2007 Templar Films, Formula Films y Lucky 7 Productions. Fotos por Nick Wall. Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.

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