CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Los
determinantes calman a los arribistas de género, incomodan a
quienes el tacto adelantado de lo que va a ocurrir les impide
disfrutar de cada escena como un ente abierto a múltiples
posibilidades. No es nada fácil abordar el submundo de los
carteristas sin determinar las pistas, los perfiles, las
réplicas y las soluciones, haciéndolo reconocible y, a la vez,
presuntuosamente disfrazado de modernez artística. “Ladrones” se
encierra en sí misma para borrar las fronteras
espacio-temporales, aunque el ambiente continúe siendo
inequívocamente español, moderno y urbano. Se cierra e impide la
entrada de ideas, propias y del espectador, desde una primera
secuencia llamada a ofrecer en bandeja los motivos y el
desenlace del argumento.
En su debut,
Jaime Marques Olarreaga se comporta como la
protagonista, una prepotente niña bien (María
Valverde) que se concede el capricho exótico de un
amor arrabalero y peligroso. Decidida a aprender el robo de
guante blanco en metros y autobuses, con un toque de
exhibicionismo público, no duda en aprovecharse de su mentor (Juan
José Ballesta) para después lamentarse de haber
sido utilizada. El director demuestra la misma simbiosis con
el medio cine: un esteta enamorado de las formas
anticonvencionales, de los filtros azulados, los desenfoques,
los bordes rugosos, la borrosidad de los fondos y el
desequilibrio de una luz cortante en cada plano. Un empaque
rebuscado que añade sordidez y soledad a una trama previsible
y carente de los aires innovadores de su apariencia visual.
Pero el realizador no puede quejarse de que le pase esto si
decide trazar un formato circular, con dos flashbacks
de apertura y cierre conectados, primer síntoma de la ebriedad
sentimental que pretende huir de los topicazos delictivos
–cayendo, por contra, en más revisitaciones–.
Ballesta y Valverde salvan la mayoría de
las secuencias por una compenetración no exenta de chirridos
correspondientes a su distinta procedencia, y que enriquecen la
impostada relación de niña rica-niño pobre. Más favorecidos por
la comunicación silenciosa que en plenos diálogos artificiosos y
graves, pronunciados con escaso convencimiento, los dos jóvenes
desconocidos emprenden un anonimato para borrarse del resto y
darse cuenta de la imposibilidad de conocerse mutuamente –un
aislamiento extensible al público, que nunca sabe cuáles son sus
nombres–. Sin embargo, Marques no consigue ampliar esta
sensación a la forma de rodar, basada en contraplanos y carteras
en primer término que no suman opresión ni amenaza a los hurtos,
desprovistos de toda emoción identificativa y que bien podrían
haber escogido cualquier otro escenario. La reclusión anímica de
la pareja tampoco se refleja en los silencios palpitantes de
momentos clave y en una banda sonora ecléctica, tan proclive a
la afectación de una pieza clásica como a innecesarias canciones
pop que por momentos arriman el film hacia el drama
estadounidense de ebullición hormonal.
No sólo norteamericanas son sus
referencias, especialmente estilísticas y éticas, sino que
“Ladrones” debe su existencia a múltiples referentes franceses,
de “Rififí” (1955) a “Pickpocket” (1959), añadiendo el toque de
Samuel Fuller del maniquí heredado de “Manos peligrosas” (1953).
Como un Antoine Doinel crecidito y todavía defensor de la
rebeldía social, Ballesta interpreta a un saco de boxeo
aparentemente inmune a los golpes hasta que un día caiga al
suelo. Su objetivo –encontrar a su madre– es tan obvio como
inútil, pues dado lo bien que conoce la ciudad le habría sido
más sencillo buscarla por sí mismo que enredarse en las misiones
de un recóndito vendedor de antigüedades (Patrick
Bauchau). El espectador asiste inerme a la lenta
colocación de los obstáculos preparados para interrumpir la
carrera, la persecución de los sueños que ya pertenecen al
pasado y sólo admiten miradas –son múltiples los planos de
Ballesta girando la cabeza hacia el público, como una lenta
despedida–, y que concluirán con una tragedia ineludible...
aunque el tono habría sido más sorteable –no se ha visto un
clímax tan risible desde "Cadena
de favores" (2000) o "Relaciones
confidenciales" (2002)–.
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Ese deseo de
disimular las coordenadas de la acción no libra a la película de
la inverosimilitud de muchas de sus señas policíacas: los coches
patrulla que llegan en segundos, los garitos secretos o los
interrogatorios amenazadores, lo cual no sería un problema si la
relación amorosa ahondase más allá de la excusa que permita al
protagonista descubrir su destino. El pesimismo que rodea a este
planteamiento, reflejado en las atmósferas decadentes de todo el
metraje, se corresponde con las sucesivas renuncias que
desembocan en la redención definitiva, no por temáticamente
necesaria menos plomiza. Lo que rodea a la pareja central, los
adultos, los paseantes, las víctimas, los lugares, los objetos y
billetes robados, son tan efímeros como el olvido de una cara
que quiere pasar desapercibida. Necesitan moverse para ser
distintos al maniquí de prácticas, agitando a destiempo sus
cascabeles de aviso con la correspondiente trampa y caída. Pero
caen con ganas, y eso es algo poco usual en el cine
protagonizado por jóvenes. La pena está en que todo lo demás se
mantenga tan rígido, encasquetado en los recipientes genéricos,
como un muñeco móvil que Marques articula según la cascada de
emociones que le conviene, sólo los ojos relucientes de unos
actores que podrían haber expresado más tras otra óptica que no
fuera tan egoístamente preciosista. Y eso es un robo bien
visible, un golpe de principiante.
Calificación:
    
Imágenes
de "Ladrones" - Copyright © 2007 Pentagrama
Films, Telecinco Cinema y Maestranza Films. Distribuida en
España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos
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