CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Por muy
carismáticos que puedan presentársenos los estafadores de gran
pantalla, empieza a irritar un poco la recurrencia masiva a
rostros ya de por sí encantadores para que al público
desprevenido no le quede más remedio que acogerse a la causa del
culpable. Sin necesidad de juzgar sus cualidades
interpretativas, Richard Gere es uno de ellos, y “La gran
estafa (The hoax)” bien podría hacer total honor a su nombre
bajo la forma de un biopic más que encubre, a su vez,
otra inmensa retahíla de biografías filmadas a la luz del morbo,
la historia folletinesca y el periodismo amarillo.
De entrada, no sé muy bien a quién
podría interesarle como fenómeno de vital trascendencia el que
un escritor estadounidense de poca monta creara un bulo
inmenso sobre supuestas entrevistas privadas con el magnate
Howard Hughes, figura que sobrevuela el metraje como una
marioneta más del fondo abstracto y condensado que ofrecen la
mayor parte de los biopics. Asuntos con el mismo morro
se han visto por estos lares y todavía no ha salido ningún
guión sobre el negro de… ya saben. Yendo al caso, Clifford
Irving (Richard Gere) es sólo una excusa para
trazar, una vez más, la interminable parábola de ascenso y
caída que, curiosamente, el cine hollywoodiense lleva décadas
intentando grabarnos en la mollera. De ahí que los aires de
inspiración real y homenaje al más débil, remarcados en los
típicos rótulos-resumen del final, caigan en saco roto cuando
se nota que al guionista William Wheeler, fiel al libro
escrito por el propio Irving, y al director Lasse Hallström
les interesa el personaje por encima de su aprendizaje. Si era
difícil superar –o siquiera igualar– el ejercicio de auténtica
estafa cinematográfica, “Fraude” (1974), de Orson Welles, a la
película ni siquiera se le ocurre plantear el debate sobre la
potencialidad de la ficción y lo real para creer más en una
que en otra. Y es que a cada fotograma la historia no sólo
sufre la previsibilidad de sus cuadrantes morales, sino que no
demuestra el más mínimo esfuerzo por desvincularse de su
dañina factura televisiva, contextual y falsamente coral.
Resultan arduas y distantes casi dos
horas de Richard Gere teñido cuando ya nos habíamos acostumbrado
al eufemismo de que la cana es bella. Aunque dicho personaje
supone un reencuentro con el espíritu caradura de sus años
mozos, “Oficial y caballero” (1982) a la cabeza, el registro
fresco que le podía aportar un tipo dado a la mentira compulsiva
y la sobreactuación termina solapado hacia la segunda mitad por
los últimos roles habituales del actor: el de marido acosado por
sus propios fantasmas, y que emula a su obsesión, Howard Hughes,
sin demasiado acierto –la sombra de Martin Scorsese reapunta en
las fantasiosas visiones de Clifford, y su imitación del acento
del multimillonario deja bastante que desear durante las
sesiones de grabación–. Rodeado por personajes pintorescos, es
fácil que varias escenas terminen focalizadas en un no menos
entrañable Alfred Molina, en la piel de su co-escritor, y
en la maravillosa Marcia Gay Harden como su esposa. Menos
coartada, por motivos de sentimentalismo obvio y redundante,
tiene la presencia de una Julie Delpy que encarna a la
afrancesada amante de Clifford, apoyo completamente
desaprovechado para romper con la imagen de galán que Gere ha
continuado alimentando en comedias románticas cada vez menos
estimables. Un único momento, trufado de luminosos y breves
flashbacks, en el que su mujer pide una sinceridad que, a
dichas alturas, el protagonista ya ha perdido por inercia, deja
vislumbrar la enorme tristeza de un fracaso personal que no
obtuvo bálsamo ninguno en extenderse a la ruina de quienes lo
rodearon. Después, el tramo de mea culpa y los
momentos-escaparate de un hombre marginado que observa el mundo
desde fuera estropean un relato anecdótico transformado por los
medios –ahora también el cine– en una irreconciliable lección de
humanidad y denuncia que deja de lado a la reacción pública,
siempre sometida al shock de descubrir que tras Buddy
Love se escondía el risible profesor chiflado. Aunque el tono se
decanta por la primera lección, hubiese sido igual de
perjudicial que flotase la segunda, ya que en ambos casos el
sarcasmo y la desinhibición que luce el film en su primer tramo
resultarían incompatibles para tomárselo en serio.
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Y ahí nace el
problema de “La gran estafa (The hoax)” y de cualquier biopic
que se tercie: el de otorgar una importancia extrema a sujetos
sobre los que se carece de perspectiva objetiva, generalmente
retratos encubiertos del propio guionista o director, anhelantes
por depositar algo más de lo habitual en sus creaciones. En este
caso sería Clifford Irving quien representaría ese papel con
respecto a Howard Hughes, ese gran desconocido que Hallström
tiene el acierto de no mostrar más que por recursos de archivo,
dotando a la búsqueda del (falso) biógrafo de un encanto de loco
cazador de tesoros, de documentalista enterrado en una pila de
folios que quiso rellenar con sus locuras. Pero ni la cinta
tiene afán documental ni consigue frivolizar del todo con un
escándalo de hace tres décadas: las referencias a
favoritismos practicados por el entonces presidente Richard
Nixon y el eco de los primeros tambores del Watergate son
simples ondas provocadas por débiles piedras sin demasiado
fundamento, una suerte de resquicio que permite al protagonista
respirar entre tanta doblez y al espectador continuar creyendo
en él después de confirmada su vocación destructiva. Sólo el
citado carisma y la inevitable simpatía sentida por quien se
propone dar en las narices a los grandes –como la gigantesca
editorial McGraw-Hill– aguantan este timo al que le sobran
gravedad y ética. No por nada la falsa autobiografía de Howard
Hughes fue simple producto del azar, y de no ser por él quizá
ahora Irving estaría firmando ejemplares de una interesante
Historia de la cerveza y Lasse Hallström preparando unas no
menos prometedoras normas de tasca y cantina.
Calificación:
    
Imágenes
de "La gran estafa (The hoax)" - Copyright © 2006
Miramax Films, Bob Yari Productions, The Mark Gordon Company,
Syndicate Films International y
City Entertainment. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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