CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
Diga lo que
diga el dominio público, no se pilla antes a un mentiroso que a
un cojo. Y la clave no es que el cojo se haya o no equipado con
una prótesis cibernética –algo fuera de la técnica de los años
que presenciaron la estafa de Clifford Irving–, sino en
el complicado arte o innato don del saber mentir. En su
aproximación a la novela expiatoria de Irving, titulada “The
hoax” (literalmente "La estafa" y erróneamente traducida “La
gran estafa”, por no ser realmente tan grande), Lasse
Hallström pone un pie en terreno de la profesión del
arquitecto del bulo, otro en la del escritor –y del artista en
general–, da la espalda al biopic y mantiene la mirada
fija hacia una larguísima cadena que sostiene una insondable
caja negra sobre el abismo.
Cada eslabón de esta cadena es una
trola como la copa de un pino. Pero como ocurre con lo falso
como antónimo de lo verdadero, no hay ninguna diferencia
sustancial entre la verdad y una mentira excelente cuando se
trata de convencer a alguien –o a todo el mundo–; y esa es la
historia de Clifford Irving. O al menos eso dice él, porque
¿no sería pecar de ingenuidad fiarse de quien ya ha intentado
engañarnos una vez? No hablamos de una mentira piadosa o de un
engaño útil; Irving intentó la mentira egoísta: la estafa.
Consiguió cheques por valor de más de un millón de dólares, al
convencer a McGraw-Hill de que podía escribir la biografía
oficial de Howard Hughes, pongamos el Bill Gates de la época,
cuando apenas le conocía de las revistas de cotilleo. A partir
de esta argolla, que por pesada poco firme puede sostenerse,
Richard Gere empalma cada nueva anilla del fake
de Irving bajo la atenta mirada de todo quien pondría en duda
tal poder. Y, precisamente bajo el beneficio de la duda
–ayudado además por la incomprensible incompetencia de los
calígrafos públicos en más de una ocasión– la cadena llega
hasta la caja hermética que representa Hughes en 1971 y el
asunto llega a cotas de Estado, para después resquebrajarse
desde la base y caer en las zarpas de la opinión pública, el
perro sarnoso.
Pero como el "basado en hechos reales" no
deja de empezar por un "basado", Hallström empalma, junto a su
guionista William Wheeler, un interesantísimo enfoque de
ficción sobre Irving muy generalista: el escritor como jugador
de rol. Lo llamamos ficción por separarlo de lo estrictamente
real, pero bajo criterio puramente formal lo que no es real no
es verdadero y, en consecuencia, es falso. Ningún escritor de
ficción es inocente, bajo este punto de vista, de ser un
mentiroso. Y aplicando las reglas de mercado, ningún escritor de
ficción deja de ser un mentiroso que miente por dinero, la
síntesis del caso Irving. De acuerdo: ningún escritor de ficción
intenta hacer pasar un relato que sólo existe en su imaginación
por algo que existe en el mundo tangible; Clifford Irving era,
efectivamente, un estafador. Pero no hay ninguna diferencia,
como demuestra Hallström, entre el escritor de ficción al uso e
Irving en cuanto al proceso creativo: se trata de congeniar
hasta tal punto con el objeto de escritura que, para poder hacer
que el receptor crea lo que lee, el autor necesita mutar en ese
objeto para creerse a sí mismo. De este modo se explica el paso
a un segundo plano de toda fuente de información fiable sobre la
que elucubrar, y la posterior paranoia que Gere imprime en
Irving, explicada de forma realista con el alcohol y la presión
mediática, pero también desde el punto artístico de la
creatividad como modo de vida, del fantaseador que puede ver el
contenido de la caja inescrutable sin siquiera abrirla.
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Sin embargo,
este fondo se teje sobre tintes cómicos que configuran un
largometraje inocuo: aunque puedan interpretarse los guiños de
Hallström en el robo de documentos vitales para la investigación
sobre Hughes como su puesta en duda –recuerden: Irving no es un
tipo de fiar–, el toque humorístico no pega con el escándalo
pre-Watergate ni con cola. Tampoco los tijeretazos de Andrew
Mondshein para enchufarnos exteriores de archivo, en
contraste con la conseguida puesta en escena, como si los mismos
Hallström y Mondshein hubieran emulado a sus investigadores
análogos en un intento frustrado de documental rocambolesco.
Menos mal que, haciendo ejercicio de autocrítica, las letritas
que nos despiden de la sala con desdén –ya inevitables en todo
lo que se fundamente en trocitos de Historia– bailotean sobre
planos de la desdicha de Irving, ese buen intento de ingeniero
de la patraña. Que lo hubieran hecho sobre el fondo negro, tan
grave como él solo, hubiera añadido aires de pretenciosidad a la
lista de cosas que no venían a cuento.
Calificación:
    
Imágenes
de "La gran estafa (The hoax)" - Copyright © 2006
Miramax Films, Bob Yari Productions, The Mark Gordon Company,
Syndicate Films International y
City Entertainment. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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